Viaje por las postas al sur de Córdoba (Segunda parte)

John Miers atraviesa la provincia en dirección al límite con Mendoza, se horroriza ante la depredación masiva de las langostas y ofrece una descripción poco entrañablede la ciudad de Córdoba.



Por Víctor Ramés
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Ilustración de John Miers: “Modos de viajar entre Mendoza y Buenos Aires”. 1826.

Cuando en 1819 viajaba a Mendoza junto a su esposa Annie -quientraía un embarazo muy avanzado-y recorría el sur cordobés, John Miers anotó en sus páginas las impresiones de un encuentro -que no era el primer- con una gran manga de langostas que azotaba la zona en una vasta extensión:
“Anduvimos una tarde trece leguas entre el Arroyo de San José y la Esquina de Medrano y debimos atravesaruna ráfaga constante de langostas que volaban a buena velocidad contra el viento, yendo en dirección contraria a nuestro curso, que alcanzaba a unas doce millas por hora; volaban en una densa masa ininterrumpida, como a veinte pies sobre nuestras cabezas y el aire daba la impresión de estar ocupado por grandes copos de nieve que caían. Pero la distancia de la llanura parecía cercada por una densa niebla que oscurecía literalmente el horizonte. Las miríadas y miríadas de insectos que debemos de haber pasado aquella tarde están más allá de todo cálculo. A la mañana siguiente el suelo estaba cubierto por ellos y a lo largo del día continuaron los vuelos interminables de estos insectos.”
La generalizada presenciade ese enemigo mortal de las plantaciones mostraba asimismo huellas en la ciudad, sobre las que da noticias el siguiente párrafo de John Miers:
“La ciudad de Córdoba también había sido asolada por ellas: los jardines totalmente destruidos, las blanqueadas paredes ocultas tras los enjambres que las cubrían. Entraron a las casas, devorando alimentos de todo tipo -nada estaba a salvo de su voracidad-. Cortinas, ropas, y muebles fueron atacados en mayor o menor medida. Se enviaron a esclavos a barrerlas de las paredes de los cuartos, y a asustarlas todo lo que fuera posible. Los insectos estaban tan hambrientos que antes de dejar el lugar comenzaron a devorarse unos a otros, y millones quedaron muertos en el suelo. La tela de las cortinas que habían sido atacadas por las langostas se veía cribada por pequeños orificios cuyos bordes se habían teñido de un marrón indeleble, como si hubiesen sido quemaduras de varias chispas de fuego.”
Miers se centra luego enaquella ciudad capital a la que había llegado junto a los demás viajeros, sobre la que renuncia a darnos muestras de proximidad, omitiendo sus posibles observaciones sobre los habitantes y la vida cotidiana de Córdoba, para limitarse areferencias de índole geográfica, política, económica y social, con base en el pasado.
“La provincia de Córdoba se jacta de una ciudad del mismo nombre, un lugar próximo a Buenos Aires por su importancia. Bajo la autoridad española, Córdoba fue un lugar de considerable peso. Tenía una extensa población y personas más inteligentes que de las que pudieran presumir las otras ciudades de la colonia española. Fue realmente considerada un foco de la literatura sudamericana; su universidad se formó para la educación de los criollos más eminentes. Aquí reinaron los Jesuitas en plena autoridad; fue su centro de poder, de influencia y de comercio. Fue sede del obispado, lo que añadió considerable importancia al lugar.
Una de sus principales ramas mercantiles era el comercio de mulas, las que se enviaban a una feria anual en Salta. El transporte que exigían las operaciones mineras en aquellas elevadas e inhóspitas alturas sacrificaba cada año un increíble número de mulas, y se afirma que solían enviarse de Córdoba 80.000 mulas a la feria de Salta. Pero este tráfico cesó por completo desde los eventos de la revolución, ya que los capitalistas españoles retiraron sus fondos de las empresas en las que se hallaban embarcados, y cesó el trabajo en las minas. Por todas partes en que la influencia patriota se extendió hubo propietarios que cayeron víctimas del nuevo orden de cosas, y sus propiedades fueron confiscadas. En todos los departamentos se observó malas administraciones y deshonestidad de las autoridades públicas, especialmente en las provincias de más arriba. Toda influencia quedó en manos de unas cuantas familias criollas ricas, las que establecieron un tipo de privilegio exclusivo del que hicieron partícipes a sus dependientes quienes, sin experiencia ni educación, fueron manipulados por medios tiránicos, ignorantes, egoístas, y valores deshonestos.”
La mirada de Miers y sus juicios intentarían,sin duda, ser todo lo objetivos posible a medida que desarrollaba su viaje y juzgaba lo que se presentaba a sus ojos y a sus oídos. Enumera algunas ventajas potenciales de Córdoba para un futuro desarrollo económico:
“El territorio incluido en esta provincia es mayor que el de Irlanda, y sin embargo no contiene a una población mayor de 30.000 habitantes, pese a ser la más populosa de todas las provincias contiguas. Todo el territorio se adapta al propósito de criar ganado, especialmente mulas y ovejas. Es la llave a todas las provincias de más arriba, de manera que todo su comercio debe pasar por esta ruta. La mayoría de los propietarios de carros dedicados al tráfico entre el Alto Perú y Buenos Aires residen en Córdoba. Un plan largamente acariciado, que será realidad un día, es el de establecer un transporte por agua entre Córdoba y Buenos Aires. El río Tercero, que desemboca en el Paraná, es navegable de seis a ocho meses por año, a la altura de Punta de Gómez, a no ser por dos obstrucciones o rápidos que podrían ser fácilmente resueltos, ya que su extensión es pequeña y el río permanece seco por tres meses al año.”
Elúltimo párrafo que compartimosaporta una impresión poco halagüeña de la capital:
“La ciudad de Córdoba se organiza en espacios rectangulares; es un lugar sombrío; las casas están construidas en su mayor parte con piedras redondas traídas del lecho del río. Las calles no están pavimentadas y la arenosidad del suelo produce un aire caluroso y sofocante. La ciudad también, construida bajo los empinados bancos de las colinas, a la altura del lecho del río, se ve siempre inmóvil e insalubre. Algunos de los edificios públicos son buenos, acordes al estilo morisco; pero resultan pesados y burdos para nuestro gusto.”



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