Castigo a la memoria

Sumisa y reservada, Isabel sarli –la estrella de cine argentina fallecida ayer a los 83 años- más bien prefirió sostener el recato en su vida privada, como contraste de su fama cinematogáfica, cimentada en sus célebres desnudos. Y esa decisión la sentencia ahora a ingresar en la leyenda.



Por J.C. Maraddón
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Hay artistas que mueren en el pináculo de su carrera y pasan a la posteridad en calidad de mitos, porque se transforman en el símbolo de una época y encuentran su destino en la imagen de los posters, de las remeras y de los tatuajes. Y están aquellas otras figuras célebres que, contrariando ese sino trágico, pagan la culpa de su longevidad al asumirse como una especie de monumento vivo de un tiempo que nunca volverá y al que, en muchos casos, los nuevos paradigmas rechazan por haber sido escenario de relaciones de poder cuya perpetuación hoy se combate.
Atrapadas en un círculo vicioso, estas estrellas sobrevivientes se entregan a la dura tarea de envejecer. Y de ofrecer explicaciones a sus entrevistadores sobre por qué hicieron lo que hicieron y por qué no hicieron lo que no hicieron. Más allá de que continúen o no con la labor que les dio fama, son conscientes de que ya atravesaron su cenit y que deberán dar cuentas de ese pasado mientras dure su existencia, porque así como las mieles de la gloria embriagan a los exitosos, ese mismo fulgor puede volverse en su contra con el correr de los años y golpearlos con crueldad.
Esta parábola acentúa su curva descendente cuando la actividad en la que se destacó ese personaje ha caído en desgracia, como viene ocurriendo últimamente con ciertas prácticas que empiezan a ser pasto de la crítica social. Profesiones que otrora se inscribían al tope de la popularidad, como las de los boxeadores, los toreros o las modelos, hoy ya no cuentan con aprobación unánime. Y eso cubre bajo un manto de sospecha a quienes en otra época ocuparon posiciones de privilegio en esos roles que ahora son señalados como ejemplos de violencia, de maltrato animal o de cosificación de la mujer.
Como parte de esa galería de antiguas celebridades, que poco a poco va tomando el carácter de un museo de cera, las actrices que descollaron por su belleza física y que se atrevieron a exponerla en cámara no logran conservar el aura de superioridad de la que gozaron alguna vez. Aunque se reconoce la audacia y la valentía de sus atrevimientos de aquel entonces, el contexto actual no premia esas cualidades, porque las inscribe dentro de un esquema patriarcal que merece ser erradicado. Las diosas de antaño se han convertido, así, en vestigios de una era a la que se intenta superar.
Isabel Sarli, fallecida ayer a los 83 años, ha sido en la Argentina una de las más conspicuas representantes de esa raza de mujeres que, por sus atributos anatómicos, constituia un eficaz disparador de las fantasías masculinas. Las películas de la Coca asumieron en su momento un desafío a la moral recalcitrante de los sucesivos censores argentinos, cuyas tijeras se mantenían muy afiladas en aquellos años. Y ese mérito le fue reconocido décadas después, cuando la democracia abolió las arbitrariedades de los entes calificadores e identificó a la actriz como un emblema de la libertad de expresión.
Pero la Coca Sarli no acompañó esa osadía de desnudarse en la pantalla de cine con una postura rebelde ante la vida, como hicieron algunas de sus contemporáneas en Europa. Sumisa y reservada, más bien prefirió sostener el recato en su vida privada, como contraste de su fama cinematogáfica. Y esa decisión la sentencia ahora a ingresar en la leyenda, aunque sin acceder a la recompensa de las reivindicaciones post mortem que son tan comunes por aquí. Es algo así como un castigo doble que recae sobre su memoria: el de los valores que estaban vigentes en el pasado y el de los que pretenden reinar en el futuro.



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