Nunca jamás

El décimo aniversario de la muerte de Michael Jackson invita a reflexionar sobre la fragilidad del edicio financiero que la industria del entretenimiento ha construido alrededor del fanatismo por figuras que, en el fondo, no son más que seres humanos comunes y corrientes.



Por J.C. Maraddón
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Sería muy difícil determinar un origen exacto, pero podemos ubicar dentro de lo que fue la fiebre del rocanrol la entronización de esa cultura del fanatismo que ordenaba realizar cualquier cosa con tal de estar cerca de los ídolos. Los gritos de histeria que tapaban las voces de los Beatles durante sus actuaciones en las primeras giras por los Estados Unidos quizás marquen el punto de no retorno de ese fenómeno al que, más de medio siglo después, nos hemos acostumbrado. Aunque a veces se verifica en otros ámbitos, como el deporte, el cine o la televisión, esa admiración desbocada suele ser patrimonio de la música.
En sus inicios, tal vez pudo haber sido una manifestación ingenua del deslumbramiento que los seguidores de una banda o un solista experimentaban en presencia de su objeto de deseo. Pero muy pronto, quienes manejaban el negocio se dieron cuenta de lo que esa ciega pasión significaba: se trataba de un gran número de personas, casi siempre muy jóvenes, que idolatraban a una figura musical y, como consecuencia, necesitaban asistir a sus conciertos y comprar todos los productos que lanzaran al mercado, para así satisfacer ese ímpetu que parecía arrasar con cualquier impedimento opuesto por el sentido común.
Otro sector que con el tiempo percibió en el fanatismo una vía para obtener enormes réditos fue la prensa, que con solo publicar fotos, entrevistas o chimentos de esos artistas se garantizaba una tirada difícil de empardar mediante otros trucos. Este recurso se hizo extensivo a los medios aduiovisuales, donde además de difundir noticias de los músicos, se les empezó a dar cobertura a las actividades de sus seguidores, prestos siempre a recorrer enormes distancias y a realizar el peor de los sacrificios con tal de estar cerca de esos seres a los que veneraban como si fueran dioses olímpicos.
Hacia los años ochenta, este segmento del mercado que propiciaba la militancia de los fans ya había aceitado notablemente sus mecanismos de funcionamiento, al abrir las puertas del gigantesco aparato del merchandising. En el afán de enriquecer sus arcas, la industria del entretenimiento se atrevió a extender esa cohorte de admiradores hacia otros sectores de la población, como los niños, que empezaban a ser incoporados como una pieza clave de la sociedad de consumo. No se calculó entonces los peligros que entreñaba este proceso de auspiciar el fanatismo infantil hacia los referentes de estilos musicales como el pop, en su pico de popularidad.
Con apenas atender los crudos testimonios que se reproducen en la serie “Leaving Neverland”, estrenada a comienzos de este año en HBO, se vislumbra la punta de un iceberg en cuyas profundidades se sumergen historias atroces. Allí se escucha lo que tienen para contar dos hombres que dicen haber sido abusados en su niñez por Michael Jackson, entre fines de los ochenta y principios de los noventa. Y ambos relatos coinciden en las prerrogativas que, por ser una pop star, se le otorgaban al cantante, incluso por parte de la propia familia de quienes en ese momento eran menores de edad.
Hoy, al cumplirse diez años de la muerte de Jackson, lo natural sería enumerar sus méritos artísticos, que lo llevaron a publicar verdaderas obras maestras del repertorio universal, cuya vigencia ha trascendido a su tiempo para instalarse en la memoria de varias generaciones. Sin embargo, el aniversario invita a reflexionar sobre la fragilidad de ese edicio financiero construido alrededor de figuras que, en el fondo, no son más que seres humanos comunes y corrientes, a los que se deposita en el altar de los impunes, donde pueden llegar a dar muestra de una perversidad que sería condenatoria para el resto de los mortales.



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