Los ladrillos también se hacen con bosta

Las listas dejaron mucho para analizar. Es que, en el fondo, no es más que realpolitik clásica, con ganadores y perdedores en la maximización de poder. Ahora hay que ver cuánto aguantan esas mezclas.

Por Javier Boher
[email protected]

Alguna vez lo afirmamos desde estas páginas, pero nunca está de más refrescarlo: la política es un arte en el que se mueven mejor los que no tienen tantos frenos morales, ideológicos o éticos. Es que, en última instancia, lo importante es ganar (porque asegura los recursos para poder seguir en el juego de la política y amasar algo de poder).
Aunque muchas veces se espera que los políticos reúnan aquellas virtudes que escasean en la sociedad, al final del recorrido la cosa es como dijo Nixon: cuando le preguntaron sobre qué valores hacen falta para ser presidente, respondió que hacen falta “aquellos que uno no le enseñaría a sus hijos”.
La política realista, que mide todo en términos de costo y beneficio, no conoce de mayores frenos que las posibilidades materiales. Desconfía de las buenas intenciones y no teme embarrarse para lograr sus objetivos. Mucho de eso se vio en los últimos días.
Por eso no se puede medir con distinta vara la movida de Miguel Ángel Pichetto respecto de la de Sergio Massa. Se podrá comulgar con uno u otro espacio, pero en esencia ambos buscaron lo mismo, la supervivencia.
Por supuesto que es más comprensible la movida en un señor mayor que nunca tuvo peso territorial y al que se le estaba acabando su tiempo en la función pública, que en un candidato joven, que nunca logró más que cargos menores y al que le sobran años para convertirse en líder del peronismo (como lo soñó alguna vez).
Pese a todo, cada uno negoció su incorporación a las filas de un espacio del que renegaron bastante tiempo, demostrando que en la política sólo sirve mantenerse. Por supuesto que negociaron algunos otros favores, y ahí se ve cuánto cobró (o pagó) cada uno por su maniobra.
En el caso de Massa, la derrota es mayúscula. Encabeza la lista bonaerense de diputados nacionales, pero no mucho más. Pese a haber sido el “dueño” de Tigre, ahora no pudo definir quién será candidato allí, a la vez que cedió muchísimos lugares en las listas.
Lo de Pichetto es más o menos similar: no sólo no pudo conseguir lugares para sus seguidores, sino que además él tampoco tiene garantizada la presidencia del Senado, al que podría llegar sólo si triunfara la fórmula que comparte con el presidente Macri.
El mayor logro de Pichetto fue cooptar a Alberto Asseff, el titular del partido que le servía de soporte a la candidatura de José Luis Espert, el economista liberal que amenaza con robar votos del electorado típico del macrismo. Con un lugar expectable en la lista de legisladores bonaerenses de la ex Cambiemos, Asseff abandonó rápidamente el acuerdo previo.
Los pobres liberales criollos (un eufemismo para conservadores) se enteraron de golpe que para ser candidato a presidente hace falta más que un par de miles de ‘Me gusta’ en redes. Además, si ni siquiera pueden conseguir el apoyo de una pyme política para cumplir con los requisitos formales de presentación, ¿cómo piensan fiscalizar la elección?. Entraron de golpe a la política y la política los golpeó lo más duro que pudo.
La intransigencia ideológica de los liberales los empujó a hablar ahora de complots, proscripciones y censuras, en lugar de entender que el voluntarismo sirve para el relato hollywoodense del self-made-man (o el hombre que se construye a sí mismo) pero no para la política que requiere de trenza, acuerdos y concesiones de todo tipo y color para ser exitosa.
Ese es el caso, por ejemplo, del kirchnerismo en casi todos lados. Concesiones a los que no les gustan, imposición de los que no les gustan a otros, recolección de golpeados de otros espacios o convocatoria a personajes que supieron criticarlos. Pino Solanas, Victoria Donda, Mariano Recalde son un ejemplo: todos intentaron despegarse del kirchnerismo, pero hoy terminaron volviendo al mismo lugar, porque las ganas de ganar pesaron más que algunos rencores del pasado.
La política realista, la que se orienta sin pruritos al poder, es la que ha triunfado en este punto. Aunque los discursos destinados a emocionar o indignar a las masas estén a la orden del día, todos aceptaron la invitación de abrir el juego lo más posible con tal de ganar en las elecciones.
Por eso, la realpolitik le da sustento a esa vieja máxima peronista de que “los ladrillos también se hacen con bosta”. Si quedaron duros o si se van a quebrar rápido dependerá de las proporciones de la mezcla. Ya lo veremos a medida que se sometan a las presiones de la campaña.



Dejar respuesta