El angosto camino de la boleta corta

Schiaretti hubiera cometido un pecado de lesa política acordando con el macrismo. Esto nunca estuvo siquiera en análisis.



Por Gabriel Osman

Después del arrollador triunfo de Juan Schiaretti el 12 de mayo, Córdoba fue el foco de atención de la política nacional. El 73% que obtuvo Macri en el balotaje de 2015, el 57% que logró el gobernador para su reelección (récord de 1983 a la fecha) y la acreditación necesaria para ser el epicentro desde donde se lanzaría el “peronismo federal”, justificaron sobradamente que la provincia se transformara en la Meca de la peregrinación de la dirigencia nacional. Fue un veranito que duró una semana. Cristina y su audaz fórmula Fernández-Fernández sorprendió con el primer golpe. Después la tercera vía superadora de la grieta, en el imaginario delasotista, demoró un par de semanas más su agonía hasta transformarse en la esperpéntica fórmula Lavagna-Urtubey.
Ahora, por motivos diametralmente opuestos, Córdoba vuelve al centro de la escena. Esta vez, por la neutralidad que supone la lista corta, todos quieren un mordisco. El kirchnerismo se desespera por una tajada del 30% y el macrismo quiere retener por lo menos un buen bocado de su capital electoral. Por estas horas ha devenido de distrito decisivo en botín electoral. Un periplo poco reconfortante para el orgullo mediterráneo, pero probablemente inexorable luego de que el único intérprete del “cordobesismo”, José Manuel de la Sota, saliera de escena.
La expresión fue lanzada en la noche del 7 de agosto de 2011 por De la Sota en los festejos de su triunfo para el tercer mandato a gobernador. No se entendió bien esa noche aquella expresión y, con justeza, no hubo mucho tiempo para escudriñar en su significado: fue aplastado por el 54 por ciento de Cristina y su “vamos por todo”.
De la Sota hablaba de un proyecto de poder, y acreditaba el atrevimiento de un acuerdo con Cristina por haber sido su principal víctima. Su fórmula no era inédita. La había estrenado en 1998 cuando después de varios intentos de destronar al radicalismo en la provincia, lo ensayó con su archi enemigo Carlos Menem, quien puso como prenda a Germán Kammerath como compañero de fórmula y meses después como intendente de la ciudad Capital. Fue un ensayo exitoso y por duplicado, confinando al radicalismo a la intemperie hasta 2011, cuando Ramón Mestre volvió al Palacio 6 de Julio.
Este proyecto de poder quedó trunco en una banquina de la ruta 36 la noche del 15 de septiembre de 2018. A Sergio Massa, competidor en las PASO pero aliado a De la Sota en 2015, a quien el tigrense llamaba un “sabio de la política”, aquel proyecto le podría servir como coartada si tuviera el recato de intentar explicar lo inexplicable. Pero, cierto, su salto al kirchnerismo no necesita pretextos. Ya no tiene ni la Municipalidad de Tigre y, contando incluso con su juventud, le hubiera sido difícil sobreponerse a dos terceros puestos en la competencia presidencial. Lo suyo es un brinco para sobrevivir. Una metamorfosis parecida al insecto de Kafka en su Metamorfosis, una ajustada metáfora en escala y calidad.
Lo que ha pasado con Masa a nivel nacional es lo mismo que sucede, aunque menos esperpéntico, con los saldos y retazos que quedan del delasotismo en Córdoba: oportunismo puro y la sensación de tibieza de sentarse cerca del poder –y de la caja-, entreviendo un triunfo de la fórmula FF.
Juan Schiaretti es un personaje político muy distinto a De la Sota. Nunca acunó un proyecto nacional. Siempre quiso ser lo que es, gobernador. Los que usan un cargo como trampolín para otras pretensiones de alzada –la inmensa mayoría- advierten un defecto, aunque en público digan exactamente lo contrario. Amadeo Sabattini, el nombre que está en la cumbre del Panteón radical de Córdoba, nunca siquiera intentó volver a ser electo después de su paso por la Gobernación (1936-1940) y rechazó la invitación de Juan Perón de acompañarlo en la fórmula presidencial en 1946.
El angosto camino de la lista corta es casi sin alternativas. Aun conociendo el peronismo en carne propia este experimento que utilizó de 2011 con una lista que sacó el 7% en el estreno de las PASO. La encabezó Carlos Caserio y después en las elecciones generales fue retirada de la competencia. Fue costoso porque en el tercer gobierno de De la Sota la provincia llegó hasta el fondo de la grieta cuando le negaron hasta recursos de coparticipación, restituidos cuatro años después por el gobierno de Macri, fallo de la Corte Suprema mediante.
Schiaretti hubiera cometido un pecado de lesa política acordando con el macrismo. Esto nunca estuvo siquiera en análisis. Pero suscribir a la fórmula kirchnerista camuflada por Alberto Fernández es mucho peor que ir con la “resaca K”, sus palabras y su límite cuando incorporó kirchneristas dispersos a algunos cargos provinciales. Usando lenguaje del ajedrez, como conviene a un diario que se llama Alfil, su situación en el tablero es de zugzwang: si mueve, pierde.



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