Viaje por las postas al sur de Córdoba (Primera parte)

El escocés John Miers, de paso para Chile y al regreso, recorrió varias veces el camino del oeste por la pampa cordobesa. Aquí se destacan pasajes del trayecto junto a su esposa Annie, que estaba embarazada, en 1819.

Por Víctor Ramés
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Estampa del libro de John Miers: “Modo de arrojar el lazo”.

La publicación de su libro Travels in Chile and La Plata, en 1826, en dos volúmenes de los cuales el segundo está completamente dedicado a su experiencia chilenas, aportó el registro de su trayecto por tierra desde Buenos Aires al país trasandino, con ricas anotaciones sobre el paisaje, sobre aspectos culturales de lo que veía, descripciones que incluyen aspectos políticos, geográficos, botánicos, ornitológicos, etc. Miers se había casado hacía muy poco con Annie Place, quien la acompañó en el viaje y realmente aparece sólo al fondo del relato. Annie estaba embarazada y debió parir durante el trayecto hasta la cordillera.
Según una publicación de la Sociedad de Bibliófilos de Chile, Miers era “un ciudadano escocés con estudios de química y mineralogía que viajó a Chile a desarrollar proyectos industriales financiados por su suegro, el sastre Francis Place”. Este sastre fue “una de las figuras más destacadas del radicalismo británico del siglo XIX” y había adquirido un gran interés en América del Sur “gracias a la influencia de su maestro y amigo íntimo, el filósofo utilitarista Jeremy Bentham”. Afirma la publicación que Annie Place había sido educada por el historiador, economista, politólogo y filósofo escocés James Mill, y fue enviada por su padre con “su flamante marido John Miers para que siguieran a Lord Cochrane, quien también participaba del proyecto”. Cochrane fue uno de los fundadores de la Armada Chilena.
El viaje de John Miers se extendió entre 1818 y 1825. Sus trayectos entre Buenos Aires y Santiago de Chile siguieron el camino de las postas y pasó en diversas oportunidades por el sur cordobés, visitando también la ciudad capital. Sus apuntes contienen una mirada propia de un “blanco europeo superior” hacia los parajes y los habitantes de la provincia en aquel entonces. Esto no implica un juicio sobre la veracidad de lo referido.Un pasaje que refiere el trayecto por el camino del Oeste hacia Chile se sitúa en Las Tunas (actual departamento de Marcos Juárez) estación intermedia entre las postas de Melincué y de Loboy, hacia el oeste. Escribe Miers:
“La gente se comportaba con el carácter y los modales indios, más de lo que habíamos visto hasta entonces. Su apariencia era muy salvaje y se veían temibles. Son fuertemente adictos al uso de bebidas alcohólicas cuando pueden obtenerlas. Les encanta el baile, son ruidosos y fiesteros; y bastante ladrones y viles. Nuestro compañero de viaje, que ya había pasado por aquí, nos advirtió sobre esas propensiones.”
La presencia de los perros es constante y objeto de anotaciones como la que sigue, siempre en Las Tunas. Habiéndose retirado por la noche a dormir en el coche en que viajaban, para cuidar así sus pertenencias, Miers y su esposa intentaban descansar pese al bullicioso júbilo de los alcoholizados locales en la choza cercana. Y relata:
“A la una y media fui repentinamente despertado por el ruido más espantoso; ningún grito de indios podría haber sonado más aterrorizante. Con el aturdimiento que aún tenía debido a las celebraciones recientes de los nativos, y semidormido, no podía determinar de dónde procedía. Pero al abrir la ventanilla del coche para averiguar que pasaba, descubrí que se debía a los aullidos de veinte o treinta perros que, en diferentes tonos, lanzaban los gritos más discordantes y terroríficos imaginables.”
En el camino de Las Tunas a la posta de Loboy, Miers se queja de la holgazanería con que procedían los peones de viaje: “Viajamos cerca de ocho horas para recorrer treinta y seis millas. Traté de apurarlos, primero con persuasión y luego riñéndolos, pero cuanto más los urgía, más se demoraban, parando a cada momento para cambiar los caballos, acomodar el equipaje, loque les servía de excusa para retrasarse.”
Llegaron luego a Punta del Sauce (que Miers escribe “Puente del Sauce”), hoy La Carlota, de donde partieron y llegaron pronto al Río Cuarto, “una corriente estrecha corriendo en un cauce de cien pies de ancho”. En San Bernardo (hoy San Ambrosio) tuvieron ocasión de apreciar las prendas tejidas que ofrecían a la venta: “Examinamos sus ponchos, uno de los cuales, de fondo azul con figuras coloridas, era muy hermoso. Los precios iban de diez a quince dólares; debiera haber comprado uno, pero mi bolsa se vaciaba más rápido de lo esperado, de modo que temí no aguantaría hasta nuestro arribo a Mendoza.”
Según su descripción, la posta de Río Cuarto era“una sola casucha baja y miserable. La gente allí era muy pobre. El maestro de postas estaba echado – no podemos decir que en una cama- a consecuencia de una herida causada días antes por un caballo, y su mujer se hallaba sumida en la aflicción. Nuestro amigo el doctor le brindó la atención que pudo, preparó una medicina con nuestro botiquín y le dio indicaciones a la mujer sobre qué hacer. Su gratitud estaba a la altura de la adoración que mostraron por él. Lo único que tenían era un pequeño recipiente de manteca que tomaron de entre la paja de la cabaña y se lo dieron a mi esposa. Fue la primera manteca que vimos desde que dejamos Buenos Aires.”
Diferente fue la situación en la posta de Barranquita, unas cinco leguas antes de Achiras. Allí el maestro de posta hizo matar y cocinar una oveja para los visitantes. Sin embargo, Miers y su esposa se limitaron a tomar té. “Esa era nuestra práctica habitual al final del viaje diario, que nos restablecía de nuestra gran fatiga de forma notable y constante. Lo acompañábamos de pan, biscochos e higos, y es fue casi todo lo que ingerimos, rara vez probando carne en todo el viaje.”
El maestro de postas, que según Miers era muy rico, había hecho“una capilla cerca de la casa, a sus expensas, para conveniencia de los campesinos de los alrededores y con un ojo, sin duda, en atraer clientes a la pulpería. El maestro de postas la dotó, a costo considerable, de adornos de plata y toda la parafernalia esencial para el servicio católico, pero el provincial de la diócesis de Córdoba, aunque lo permitió por un corto tiempo, negaba su permiso para realizar allí el servicio religioso.”



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