Romper el silencio

Hace cuarenta años, en plena dictadura y en el club Atenas, miles de personas asistieron al debut en Córdoba de Serú Girán, la banda de Charly García qie tuvo de soportes a formaciones locales como Transmutación, Abejorro y Dibujos Animados, además del solista Sergio Barbosa.



Por J.C. Maraddón
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Los esbirros de la dictadura sabían que el enemigo que se habían propuesto “aniquilar” era lo que ellos denominaban “subversión”, pero la concepción de ese término era tan ancha como estrecha según el criterio de quien debiera aplicarla. El foco estaba puesto en las organizaciones armadas y todo su aparato, pero luego la mira podía correrse hasta encañonar a miembros de entidades civiles, sindicales o educativas, y hacia cualquier ciudadano sospechado de simpatizar con ideas que no fuesen las estipuladas en los funestos Estatutos del Proceso de Reorganización Nacional. De esa manera, el terrorismo de la Triple A se potenció luego como política de estado.
En particular, el ensañamiento estaba puesto encontra de los jóvenes, porque naturalmente es la capa de la sociedad que mayor predisposición tiene a generar esos cambios y alteraciones a los que tanto les temían los militares. Por lo tanto, cualquier cosa que representara una expresión juvenil, debía ser sojuzgada, aunque después sobrevendrían matices: si se trataba de manifestaciones frívolas e inocuas, no había por qué reprimirlas. Distinto era el caso de aquellas que promovieran el pensamiento crítico y la reflexión. A esas les cabían las generales de una ley que, desde la ilegalidad, se proponía arrasar con todo.
Al rock nacional, que en 1976 tenía apenas una década de existencia, le tocó atravesar ese periodo desde una ingenuidad que, observada en perspectiva, asoma como conmovedora. Porque, si bien había músicos con conciencia política y capacidad de reflexión sobre lo que estaba sucediendo, muchos de ellos se sentían más cómodos en el rol de artistas sensibles que trasladaban a sus canciones una mirada entre romántica y existencial del mundo. Querían cambiar las cosas desde la poesía y desde el sonido rockero, algo que los incluía dentro del imaginario dictatorial de la subversión, aunque bajo patrones muy particulares.
En Córdoba, donde el accionar represivo adquirió dimensiones espeluznantes, asistir a recitales de rock en esa época implicaba, como mínimo, el peligro de terminar en un calabozo. Y esa tenebrosa perspectiva determinó que entre finales de 1977 y comienzos de 1979 la cartelera de shows se redujera a su mínima expresión. Como el género aún carecía de una masividad que lo obligase a exponerse en demasía, sus cultores se refugiaron en los márgenes y rumiaron su impotencia a la espera de que alguna vez los vientos volviesen a ser favorables.
Con la difusión que procuraba el programa radial “Alternativa”, de Mario Luna, el 22 de junio de 1979, miles de personas asistieron al debut en Córdoba de Serú Girán, la banda que Charly García había armado un año antes. Esa noche, en Atenas, actuaron de soportes formaciones locales como Transmutación, Abejorro y Dibujos Animados, además del solista Sergio Barbosa. El frío y el miedo no fueron obstáculo para que la música de rock volviera a escucharse en vivo, en una ciudad asolada por los grupos de tareas. Con ese concierto, del que se están cumpliendo cuarenta años, el cerco del silencio empezó a romperse y las nuevas generaciones pudieron acceder a una escena que les estaba vedada.
Lo más increíble de todo es que, menos de un trienio después, cuando estallara la Guerra de Malvinas, la dictadura encontraría en el rock nacional un repertorio de canciones en castellano que afloraría como recambio ante la prohibición de que se difundieran temas en inglés. Gracias a esa maniobra, y al talento de los artistas que habían incubado un movimiento artístico desde mediados de los sesenta, los rockeros argentinos saltarían desde la marginalidad al estrellato, sobre todo cuando la democracia hiciese nacer brotes primaverales en el terreno de la cultura. Paradojas de un tiempo inolvidable.



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