Negri, elegido por sus méritos y por el efecto Pichetto

El haberse decantado por Mario Negri habla más del presente del macrismo que de los innegables méritos del diputado.

Por Pablo Esteban Dávila

Tras «ver el VAR», el presidente Mauricio Macri eligió a Mario Negri como candidato a diputado, en
desmedro de Gustavo Santos.

“El que no llora no mama”, sostiene Enrique Santos Discépolo desde el tango Cambalache. El axioma puede ser aplicado con particular justeza a lo sucedido en las últimas horas con Mario Negri; el diputado, finalmente, irá por su reelección a la cabeza de la lista oficialista en la provincia de Córdoba.
Esta vez, Negri no era el favorito de la Casa Rosada. Flojo en lo que a afectos respecta, Marcos Peña parecía decantarse, esta vez, por Gustavo Santos, el eficiente secretario de Turismo del gobierno nacional, para fungir como el candidato. Las razones eran lineales: Santos es un radical que cobró fama como funcionario de los muy peronistas José Manuel de la Sota y Juan Schiaretti, antes de recalar en la administración macrista. Era lo más parecido a un Miguel Ángel Pichetto que podría encontrarse en el distrito.
Sin embargo, y a diferencia de lo ocurrido con el senador rionegrino, la UCR estuvo lejos de entusiasmarse con la idea. Los sufridos radicales mediterráneos no consideran a Santos como del palo, ni tampoco le perdonan su legendaria flexibilidad política. Con la abdicación de Ramón Mestre a postularse para ningún cargo, le cupo a Negri la misión de trasladar a Peña el malestar partidario.
Sus quejas, esta vez, fueron escuchadas. Se presume que, con la elocuencia que lo caracteriza, el diputado hizo valer sus pergaminos y los recientes sacrificios realizados por la causa, convenciendo al jefe de gabinete de la necesidad de continuar contando con sus servicios en el Congreso Nacional. Otras versiones indican argumentos más pedestres. “A mí no me van a ningunear después de haber puesto la cara por ustedes”, habría espetado a su interlocutor, contrastando su supuesto heroísmo con la prescindencia de algunos que, en una coyuntura más favorable que las del 12 de mayo, no dudan ahora en atizar sus propias virtudes.
Negri se salió con la suya y, a decir verdad, no está mal. El gobierno no hubiera hecho un gran negocio prescindiendo de sus servicios. El actual diputado se ha comportado lealmente como presidente del interbloque de Cambiemos y merece continuar como uno de los actores fundamentales dentro del Poder Legislativo. Además, y si alguien quisiera reprochale su magra performance como candidato a gobernador a modo de cortapisa, siempre podría argumentar que el desaguisado cordobés tuvo su epicentro en la propia jefatura de gabinete y que, en definitiva, él sólo obedeció instrucciones con aquilatada lealtad.
Los atributos de Negri, en esta oportunidad, resaltan los que Santos no tiene. El diputado es un político de la tribuna, mientras que el secretario ha ganado fama como un competente tecnócrata. No es que le falten las características de un político tradicional, pero, en rigor, hace mucho que no las ejercita. Además, no es aventurado suponer que Santos tendría dificultades para contener los votos radicales del modo en que Negri efectivamente lo hace, ni que su postulación serviría para convencer a los peronistas bien dispuestos a que jugaran junto al presidente. Insistir con el hombre del turismo hubiera profundizado el cisma que, más o menos explícitamente, mantiene el radicalismo local.
Asimismo, el diputado alimenta el nuevo cariz que ha decidido adoptar Juntos por el Cambio, la nueva razón social de Cambiemos. No es un secreto que la designación de Pichetto como vicepresidente de Mauricio Macri ha revitalizado el ala política de la coalición y reivindicado, a modo de efecto colateral, “la rosca” que Emilio Monzó viene postulando como método de construcción electoral. Dado que Negri está lejos del arquetipo de la nueva política (como lo es el caso de Héctor “la Coneja” Baldassi), su candidatura calza al dedillo con los nuevos tiempos que vive el oficialismo.
En realidad, el haberse decantado por Negri habla más del presente del macrismo que de los innegables méritos del diputado. A diferencia de 2015 y aun de 2017, la fe amarilla ya no descansa sobre actores extrapolíticos o disruptivos. Bastante mal le ha ido con estos experimentos, especialmente cuando Cristina Fernández continúa medrando (y no le va tan mal) con un discurso genuinamente político. En este sentido, la incorporación de Pichetto ha obrado como un antídoto de aquellas tonterías milenaristas que uniformaban a buena parte del entorno presidencial, beneficiando a dirigentes que jamás renegaron de su origen partidario. Los viejos atributos de la política, esto es, la oratoria, el diálogo, las ideas o la plasticidad han sido revalorados dentro de una entente donde, hasta la crisis económica del año pasado, eran menospreciados por quienes debían apuntalar la gobernabilidad.
Será motivo para el psicoanálisis desentrañar los misterios que encierra el hecho de que el redescubrimiento de los Monzó o de los Negri se deba al peronismo más característico, o que Pichetto haya fungido como el ungüento destinado a cicatrizar la brecha que existía entre el decálogo duranbarbista y los mandatos tradicionales del arte político. No obstante, el misterio es bienvenido. En definitiva, el poder es particularmente hostil a los diletantes o los advenedizos, no obstante sus buenas intenciones. La anunciada lista de Juntos por el Cambio rinde homenaje a esta certeza y augura días más apasionantes y sustantivos.



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