Un colono inglés en la pampa cordobesa

En la década de 1860, el inglés Richard Arthur Seymour, su hermano y un amigo, adquirieron un campo en una posta contigua a la de Fraile Muerto, e intentaron asentarse como colonos pioneros en el interior cordobés.



Por Vïctor Ramés
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Fotografía de Richard Arthur Seymour a los sesenta años, en 1903. (De la versión traducida de su libro)

Entre los extranjeros que escribieron crónicas sobre el interior y la capital cordobesa se cuenta Richard Seymour, autor del libro Pioneering in the pampas, editado en Londres en 1869, que llevaba como subtítulo: Lo primeros cuatro años de experiencia de un colono en campos de La Plata. El nombre con que invariablemente figuraba la Argentina en las crónicas británicas era “La Plata”, nombre hidrográfico y argentífero, en sí bastante atractivo.
En 1865, Seymour llegó a Buenos Aires con el propósito de buscar una tierra en la cual asentarse como colono, con el espíritu pionero que exhibe el título de su libro.
El país se hallaba empeñado en un conflicto sudamericano trágico: la Guerra del Paraguay, cuando Seymour iniciaba su búsqueda. Tras averiguar en la campiña de Rosario los precios de la tierra, Seymour y su compañero de viaje Frank decidieron seguir a Córdoba, interesados en los alrededores de la villa que hoy es la ciudad de Bell Ville.
“Tan pronto como Frank y yo decidimos que los campos de Rosario eran muy caros para nosotros, resolvimos ver aquellos que rodeaban Fraile Muerto, para lo cual nos acomodamos en una diligencia, ya que la vía férrea entonces se extendía unas pocas millas. (…) Una diligencia sudamericana es un transporte tan poco confortable como cualquiera conocido. (…) Las rutas sudamericanas no están asfaltadas y son apenas un rastro en la pradera. Caben alrededor de seis personas en esta máquina, más parecida a un viejo carromato. Otros dos pasajeros pueden sentarse junto al conductor. Provistos de diversos accesorios, entre ellos varias pistolas que no eran, por cierto, lo menos necesario del equipaje, salimos de Rosario una mañana temprano, llegando a Fraile Muerto a la tarde del día siguiente, donde descansamos en una pequeña posta.”
La mención a las pistolasilustra un aspecto de aquella aventura pionera: debido a la guerra, el control militar en las fronteras con los pueblos originarios se había debilitado en el sur cordobés, dondelos malones de nativos hambreados eran una amenaza cierta y disputaban terreno a los colonos.
Las tierras en que se asentarían Richard Seymour y su amigo Frank (a quienes luego se sumaría Walter, el hermano de Richard)se hallaba en una zona “con buen regadío, pasturas excelentes para el ganado, en especial aquella franja de tierra próxima al río Saladillo, que nace a unas cuarenta leguas de Fraile Muerto y desemboca en el rio Tercero, próximo a una aldea de la que toma el nombre de Saladillo”. Esas tierras que rodeaban Fraile Muerto habían sido “divididas por el gobierno en lotes de dos a cuatro leguas cuadradas”, y se vendían en remates en Córdoba.
La mirada y el interés de Richard Seymour se detiene un mínimo en la descripción de la ciudad capital:
“Al aproximarse a Córdoba se viaja varias millas por un territorio boscoso, y nada se percibe de la ciudad hasta llegar prácticamente sobre ésta, que yace al fondo de una suerte de pozo rodeado de colinas por todas partes. La vista, a medida que uno desciende a la ciudad es realmente hermosa, ya que hay algunos bellos edificios y varias iglesias, aparte de la catedral y un gran colegio jesuita, al cual los padres han regresado recientemente. (…) Llevábamos una carta de presentación para el Sr. T., prácticamente el único inglés en Córdoba entonces, y tuvimos la suerte de encontrarlo ni bien llegamos. Nos aconsejó hospedarnos en el Hotel de París, administrado por un francés y su esposa, donde nos sentimos muy confortables. El hotel miraba hacia una gran plaza, que solía animarse por las tardes, cuando la gente llegaba atraída por la banda que tocaba allí.
El Sr. T. nos informó de que habría una venta de tierras dos días después de nuestra llegada.”
El inglés les propuso asociarse en la compra de un sitio a diez leguas de la ciudad, por lo cual,“nos pusimos de acuerdo en que Frank cabalgaría a ver ese lugar, mientras yo permanecía en Córdoba para el remate, decidido a comprar la tierra en los bancos del Saladillo, si no pedían por ella un precio excesivo. T. vino conmigo por la mañana al remate, que se hacía justo al frente del Cabildo o suerte de palacio de justicia de la ciudad. Se ofrecieron dos o tres lotes antes que el nuestro, los que se remataron sin mucha oposición al no haber muchos postores. Y nosotros conseguimos el nuestro, cuatro leguas cuadradas de tamaño, a cerca de seis peniques el acre, precio que debía estimarse como muy conveniente.”
El negocio con Mr. T no prosperó, y Seymour y Franktomaron propiedad de su tierra. Su mayor aversión era a la invasión de pueblos originarios. Les dijeron que “los indios se limitaban a incursionar la región una vez al año en busca de los caballos y el ganado que pudieran llevarse. Nos dijeron que no tocarían las ovejas, ya que no podían conducirlas con la premura necesaria en sus rápidas disparadas. En síntesis, nos los representaban más como a una especie de gitanos en un vecindario inglés aislado, que como a un peligro serio”. El consejo sirvió al menos para atenuar losmiedos. Pero, como dirá Seymour en su libro: “aunque no lo creía en ese momento, debo decir que la experiencia me ha enseñado que los temores no eran, de ninguna manera, infundados”.
Instalados en una carpa, tenían diez caballos y un carro, ycontrataron a dos trabajadores (un irlandés cavador de zanjasy un peón criollo). Los dos amigos ingleses dieron inicio al proyecto de fundar y hacer producir la estancia que llamarían Monte Molino, aunque el nombre que perduraría sería el original del paraje, Monte Molina. Algunos de sus vecinos eran británicos, y esto contribuyó a crear un cierto sentido de comunidad.
Durante cuatro años se empeñaron en hacer la estancia productiva, Sin embargo, la falta de mano de obra para el desarrollo de las labores rurales, sumada a constantes incursiones de los pueblos aborígenes, a la invasión de langostas y a largas sequías, hicieron que Richard Seymour y sus compañeros decidieran bajar los brazos y abandonar su aventura argentina,regresando a Inglaterra en 1869.



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