¿Es el PJ cordobés un partido provincial?

El peronismo mediterráneo funge en los hechos como un partido provincial, aunque nominalmente sea parte de una de las fuerzas más emblemáticas que haya alumbrado la Argentina contemporánea, y que no está solo en esta inesperada caracterización.

Por Pablo Esteban Dávila

Los partidos provinciales fueron, en los albores de la argentina moderna, algo así como la regla. Julio Argentino Roca fundó su poder en la famosa Liga de Gobernadores los que, cada uno en sus distritos, lideraban sus propias fuerzas políticas. El hecho de que todas fueran conservadoras no obstaba a que se las considerase como entidades autónomas y de coordinación exclusivamente confederal.
Con el advenimiento de los partidos -modernos-, esto es, el socialista y la Unión Cívica Radical, los partidos provinciales conservadores debieron ceder sus identidades hacia organizaciones más ubicuas, de las cuales el Partido Demócrata Nacional fue quizá el más emblemático. La aparición del peronismo en 1945 y, con él, el quiebre de viejas lealtades personales dentro del conservadurismo, terminó de dinamitar aquellas estructuras nacidas en el seno de la República patricia. El último partido en desaparecer de aquel antiguo linaje político fue el Pacto Autonomista Liberal de Corrientes, en el gobierno de aquella provincia hasta finales de los años ‘90.
Luego de la Revolución Libertadora y, con ella, de la proscripción del justicialismo, surgieron algunas fuerzas provinciales neoperonistas, tales como el Movimiento Popular Neuquino y el Bloquismo en San Juan. De ellas, sólo el primero sobrevivió con estilo. El partido fundado por Elías Sapag permanece en el poder después de 67 años de haber sido fundado.
Nominalmente, el hecho de que sólo el MPN sea el único partido típicamente provincial aun vigente tiene una lógica inapelable. Todo hace pensar que este tipo de expresiones políticas son anacronismos. Aunque podría suponerse que tanto el socialismo santafecino como el PRO son, en algún sentido, expresiones locales, anida en ellas la ambición de universalidad que las lleva a intentar mostrarse como alternativas allende sus comarcas electorales. Además, la democracia moderna, con el imperio de la opinión pública nacional y la explosión de sistemas alternativos de comunicación e información, impone agendas globales por doquier. Aunque los partidos se han difuminado en una serie de alianzas con nombres de fantasía establecidos ad hoc, ninguna fuerza que dispute la presidencia puede darse el lujo de no hacerlo en cada una de las provincias del país.
Pero generalizar esta presunción podría resultar erróneo. No porque exista nada parecido a un revival de las fuerzas provinciales sino debido a que, en un país en donde el sistema tradicional de partidos hubo de estallar hacia 2001, no ha existido desde entonces ninguna otra expresión que ordene la vida pública alrededor de estructuras políticas que, en un sentido amplio, puedan ser identificadas como partidos avant la lettre.
Este vacío ha propiciado la desmembración de las identidades nacionales de fuerzas que, al menos desde lo litúrgico, siempre se han reconocido como una. El caso del peronismo es el más evidente. Desde el famoso Congreso de Lanús llevado a cabo a inicios de 2003, sus alas derecha e izquierda nunca más pudieron formular un acuerdo de cohabitación. La reciente militancia de Miguel Ángel Pichetto en las huestes de Cambiemos, en oposición a los que lo hacen al lado de Alberto y de Cristina Fernández, es un símbolo de la lozanía de aquella diáspora.
A esta división transversal, ideológica, debe sumarse otra de corte territorial. A la usanza de los viejos caudillos conservadores, muchos gobernadores justicialistas han optado, en los últimos tiempos, por replegarse sobre sus territorios con independencia de los grandes temas nacionales. El caso del peronismo cordobés es, probablemente, el más visible.
Lo paradójico de este caso es que Juan Schiaretti, encaramado sobre su amplio triunfo en la provincia, tuvo un fuerte consenso para organizar la vertiente republicana del peronismo más o menos a su antojo. Sin embargo primaron sus instintos locales, aquellos que le sugerían al oído -a la usanza del esclavo que le recordaba al César su mortalidad- de que no debía abandonar la legitimidad recientemente revalidada por una aventura nacional de final incierto. Esto selló su destino como el articulador de una tercera vía, sin restarle méritos a la patética superficialidad de Roberto Lavagna frente a los desafíos que decidió no enfrentar.
Schiaretti, atrapado en una lógica nacional bipolar que no supo romper (es, después de todo, el forzoso corolario de contar con votos provenientes de diferentes extracciones) debe enfrentar el próximo compromiso electoral con una -lista corta-, esto es, con candidatos a diputados sin una fórmula presidencial, con los riesgos que esto supone. Probablemente no sea el único que deba echar mano a este recurso: al menos otras cuatro provincias adoptarían similar talante. Puede que sea un mal de muchos.
Las vicisitudes de Schiaretti y de otros de sus colegas son ahora aprovechadas por el oficialismo macrista, recientemente envalentonado con el fichaje de Pichetto. Con la certeza de una polarización irreversible en marcha y de la parálisis de buena parte de los mandatarios justicialistas, Rogelio Frigerio -el ministro “compañero” del gabinete- ha salido a la caza de los peronistas republicanos a lo largo y lo ancho del país. El anunciado reclutamiento de Zulemita Menem para que integre las listas riojanas debe ser inscripto dentro de esta estrategia de cooptación.
Cuesta creer que el PJ cordobés deba enfrentar tan pasivamente la coyuntura después de sus recientes logros, pero no tiene otra escapatoria. Tomar partido por los Fernández está fuera de todo cálculo, pues destruiría la reputación de su conductor. Hacerlo por Macri tal vez fuera menos grave, pero pondría en entredicho la legitimidad peronista de la que gusta hacer gala Schiaretti y privándolo, por añadidura, de su rol de opositor racional que tantos dividendos le ha proporcionado. Lo de Lavagna, finalmente, es vía muerta. Apoyarlo sería, para el gobernador, un precio electoral insoportable, más aún cuando Antonio Bonfatti, uno de los más entusiastas apoyos del economista, acaba de perder en Santa Fe.
Debe afirmarse, en consecuencia, que el peronismo mediterráneo funge en los hechos como un partido provincial, aunque nominalmente sea parte de una de las fuerzas más emblemáticas que haya alumbrado la Argentina contemporánea, y que no está solo en esta inesperada caracterización. Permanecerá en tal estado mientras existan tendencias antitéticas dentro del justicialismo que no puedan ser resueltas institucionalmente y en tanto Schiaretti no adopte una clara militancia nacional, del tipo de la que intentara llevar adelante su antecesor, José Manuel de la Sota.
¿Deberá aceptar Schiaretti y, junto con él, los que insisten en permanecer en una tercera posición, de que Néstor Kirchner tenía razón al fin y al cabo? El expresidente afirmaba (o al menos así lo decían sus corifeos) de que la Argentina necesitaba una gran fuerza de centroizquierda y otra de centroderecha, con él liderando la primera facción. Era el fundamento de su transversalidad y, por consiguiente, de su sistemático ninguneo al peronismo oficial, por aquel entonces aun permeado por el menemismo y sus supervivientes. Si aquella lejana visión finalmente se hiciera realidad (las próximas elecciones puede que sean un anticipo) el peronismo deberá definir en cual de las dos veredas se enrola, a menos que decida seguir comportándose como una gran iglesia nacional cuyos sacerdotes se nieguen a obedecer a cardenal alguno bajo la excusa de que sus feligreses prefieren seguir a sus pastores locales y creer en sus propios catecismos.



2 Comentarios

  1. Buenos dias! Simplemente para dejar constancia de un error histórico en la nota de Pablo Dávila ( por lo demás muy interesante). El Bloquismo sanjuanino NO es un desprendimiento del PJ sino de la UCR, de hecho que el Bloquismo existió antes de la aparición en la escena política del General Perón

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