Argentina 2019, la séptima recesión más profunda del mundo

Desde 1950 el 35% de los años fueron recesivos, pero este promedio no da cuenta de casos puntuales.



Ecolatina plantea que, desde el inicio del año, advierte que la recuperación de la economía no sería rápida. Si bien el motor de la recesión de 2018 fue similar al de 2016 (significativo salto cambiario), la mejora en la actividad no tendría en la apreciación cambiaria el pilar que sí encontró en 2017. Los datos del primer trimestre dan cuenta de esta relación.
Durante enero y febrero la actividad mostró en términos desestacionalizados un crecimiento no despreciable, al mismo tiempo que el tipo de cambio se mantuvo cerca del piso de la zona de no intervención, pero el movimiento cambiario de marzo (11% entre puntas) aceleró la inflación, redujo el salario real e incrementó la tasa de política monetaria secando los brotes verdes del primer bimestre.
Al mismo tiempo, Brasil, del cual se esperaba un crecimiento cercano al 2% en el año, mostró una leve contracción en el primer trimestre, complicando aún más la recuperación local. De esta manera, para marzo el nivel de actividad era inferior al de diciembre.
El dato de marzo (cuyo análisis se encuentra aquí) sorprendió negativamente al punto tal de obligarnos a ajustar nuestra proyección de crecimiento para el año. El ajuste de 0,3 puntos porcentuales implicó pasar de una contracción de 1,4% en el promedio del año a una de 1,7%. El dato es aún más desalentador si se calcula en términos per cápita, en este caso la caída sería de 2.7%, dejándonos prácticamente en el mismo nivel de vida que el de una década atrás.
La contracción de 2.7% en el PBI per cápita nos convierte en el séptimo país con peor performance económica en el mundo de acuerdo a las proyecciones del Fondo Monetario Internacional, sólo superados por Venezuela, Guinea, Irán, Nicaragua, Sudán y Turquía. La pertenencia de Argentina a este grupo no solo es solo coyuntural, sino que es parte de un comportamiento histórico.
“Como argentinos estamos acostumbrados a vivir en una economía extremadamente volátil. Esa volatilidad no sólo es elevada sino que ha sido también un rasgo característico de nuestra economía a lo largo de las últimas décadas”, señala el informe de Ecolatina.
Desde 1950 el 35% de los años fueron recesivos, pero este promedio no da cuenta de casos puntuales. Un argentino de 30 años pasó 40% de su vida en recesión y uno de 20 años pasó casi la mitad de su vida en esa condición. Estos números solo pueden ser comparados con los del Congo, Iraq, Siria o Zambia, países que difícilmente pueden ser llamados economías de mercado. En este sentido, no es descabellado decir que Argentina es la economía más volátil del mundo.
Hace una semana, invitado por el Iaef Córdoba, el expresidente del Banco Central y exjefe del FMI, Mario Blejer repasó las 14 recesiones que tuvo la Argentina desde 1950 y enfatizó que la inversión que hoy se registra en el país es “de las más bajas del mundo”, lo que provoca aumentos en el desempleo, la pobreza y la desigualdad. Planteó también la necesidad de evaluar nuestras ventajas comparativas, “ver dónde somos menos ineficientes y especializarnos en eso”.
“Desde 1950 la Argentina pasó la tercera parte del tiempo en recesión. Somos el segundo país del mundo en ese ranking, sólo nos supera el Congo. Los países con menos tiempo en recesión son vecinos nuestros, Colombia, Chile, Perú. Argentina genera gráficos deprimentes”, describió.
En su tesis, Blejer resalta que hay dos bibliotecas enfrentadas intentando explicar por qué nuestro país no logra crecer de forma lineal. “La primera plantea que nos hemos abierto demasiado, que debemos cerrarnos porque no somos competitivos en el mundo y que los momentos de apertura durante los que pudimos competir luego nos hacen rebotar y generan caídas. Una tesis parecida a la que Donald Trump usa con China, que para mí no es suficiente”.
“La otra explicación, más correcta, es que en los últimos 70 años Argentina no ha logrado ganar mercados sin devaluar, no logramos ganancia de competitividad por factores genuinos. Cuando la pérdida de competitividad es tal quedamos contra las cuerdas y devaluamos. No es que a los gobiernos les guste devaluar, pero no logran generar medidas para mejorar la productividad. Y se termina en procesos de caída de la inversión y de falta de incentivos para producir”, apuntó.



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