Pop clásico

Hace 40 años, justo en el momento en que los dinosaurios del rock sinfónico empezaban a caer por su propio peso, la Electric Light Orchestra daba un golpe maestro con la publicación de su álbum “Discovery”, que incluía “Last Train To London” y coqueteaba con la música disco y la new wave.

Por J.C. Maraddón
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Fueron los Beatles quienes, a través de la sabiduría del productor George Martin, empezaron a introducir arreglos de cuerdas en sus canciones, que así cobraron un vuelo que las llevó mucho más allá de lo que hasta ese momento había sido la sonoridad rockera. Temas como “Yesterday” o “Eleanor Rigby” cambiaron de manera radical la imagen que había trascendido en un principio del cuarteto de Liverpool, famoso en todo el mundo por su “yeah, yeah, yeah”. Esas sutilezas, sumadas al acompañamiento orquestal que incorporaban en “A Day In The Life” o “Something”, rompieron las barreras que separaban a ese género juvenil e irreverente de la música clásica.
Por ese gran portal ingresaron a partir de entonces numerosos artistas de la época, como los Rolling Stones, los Beach Boys o Procol Harum, que lograron conciliar las convenciones de la alta cultura con el bullicio propio del rocanrol. Se verificaba así un salto cualitativo del nuevo estilo, que cada vez hizo más manifiesta su pretensión de ser aceptado por el canon artístico de ese tiempo, cuyos parámetros parecían inalcanzables para esos jóvenes que a duras penas habían conseguido dominar sus instrumentos para lanzarse a componer e interpretar los que iban a ser los éxitos de moda.
Por detrás de esta oleada innovadora, asomó lo que luego sería denominado como rock sinfónico, que ya tomaría una dirección mucho más definida en cuanto a empardar sus estructuras con aquellas que habían sido características de los compositores de siglos pasados. Discos conceptuales, canciones de más de 10 minutos de duración y un virtuosismo instrumental inusitado, fueron el denominador común de esta vanguardia que llegó a su máxima expresión durante los años setenta, para luego caer en desgracia en virtud de lo aparatosa que resultaba su propuesta para las nuevas generaciones, que preferían a todas luces la simplicidad.
Mientras algunas bandas se introducían en ese intrincado camino de la complejidad, hubo quienes prefirieron volver a los orígenes y rescatar ese modo original con que los Beatles habían buscado aunar la majestuosidad orquestal con el gusto popular. Desde David Bowie a Elton John o Queen, hubo artistas que realizaron notables aportes a ese vertiente que podría ser catalogada como pop sinfónico y que dejó como legado un catálogo de canciones que sonaron en todas partes, más allá de que habían sido concebidas bajo el amparo de una instrumentación que no era lo que se consideraba como estrictamente rockero.
Entre todos los nombres que ahondaron en ese terreno por esos años, hubo uno particularmente exitoso: el de la Electric Light Orchestra, una formación inglesa que ya desde su nombre se reclamaba como perteneciente a un espacio híbrido y que incluía entre sus miembros estables a cellistas y violinistas. Al comando del cantante Jeff Lynne, sembró aquellos años de hits radiofónicos como “Can’t Get It Out of My Head”, “Livin’ Thing” o “Telephone Line”, que no aspiraban a convertirse en obras aceptadas en los círculos de la maestría rockera, sino en productos comerciales que perforasen los récords de ventas.
Hace 40 años, justo en el momento en que los dinosaurios del rock sinfónico empezaban a caer por su propio peso, la Electric Light Orchestra daba su golpe maestro con la publicación de su álbum “Discovery”, que incluía “Last Train To London”. Lejos de la pompa de aquellos que venían cuesta abajo, se sintieron libres de mimetizarse con la música disco y la new wave, en un acierto discográfico fenomenal que todavía es recordado con nostalgia. Aunque lo que hicieron después nunca logró estar a la altura de esta proeza, no hay nada que reprocharles: al mismo tiempo que otros bajaban del pedestal, ellos se encaramaban en la cumbre de los clásicos… del pop.



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