El socialismo pedalea a la deriva

De las muchas fórmulas que se conocieron el miércoles, la de Lavagna-Urtubey consagra la irrelevancia política nacional del socialismo, ninguneado en la elección de los nombres del espacio que integra.



Por Javier Boher
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Sin lugar a dudas el cierre de alianzas dejó mucha tela para cortar. Con siete frentes anotados, todo el arco ideológico está representado. Desde la extrema derecha filonazi de Alejandro Biondini hasta la extrema izquierda clasista del FIT que sumó al MST.
Hay opciones más liberales, como la del economista José Luis Espert (estrella tuitera de la resistencia durante el kirchnerato) o más conservadoras, como la de Juan José Gómez Centurión (ex combatiente de Malvinas y ex funcionario de Cambiemos).
Después, al medio, peleando por los votos del centro menos ideologizado, las tres fórmulas que han concentrado toda la atención, en las que no hay ningún candidato radical, sólo una mujer y cinco peronistas. Parecen las instrucciones para construir algún tipo de guión de un cuento de suspenso o una revista como las de Sofovich.
La lucha por esos votos del centro abarca, indefectiblemente, a un electorado que se inclina genéricamente por postulados muy difusos: algunos pretenden más libertad económica, otros más intervención estatal; algunos piden legalizar las drogas, otros endurecer las penas; algunos se pintan de verde y otros de celeste. En ese grupo del medio hay tanta heterogeneidad que es imposible saber quién es el distinto.
Sin embargo, hay un grupo que se encuentra especialmente dolido por los nombres de las fórmulas (que, en rigor de la verdad, pueden no ser definitivos). El socialismo, ese espacio político virtualmente arqueológico, sintió el dolor de la decisión de Roberto Lavagna, un joven candidato presidencial que eligió a un compañero decididamente conservador sin siquiera llamar por teléfono a Lifschitz, Bonfatti y compañía.
Tanto quisieron correrse hacia la izquierda para alejarse de Macri y Cambiemos que terminaron llegando a un espacio cuyo candidato a vicepresidente salió del Partido Renovador de Salta, fundado y conducido durante años por el dos veces gobernador (de facto y electo) Roberto Ulloa, que construyó su poder durante la última dictadura militar.
La deriva del socialismo es una clara muestra de la debacle del partido fundado por Juan B. Justo hace más de 120 años. De protagonismo variable a lo largo de la historia, nunca pudo procesar el surgimiento del peronismo: enfrentarlo o abrazarlo, la gran cuestión que lo marcó.
La reunificación de principios de los 2000 fue casi cosmética. Muchas agrupaciones provinciales que decidieron unificar la marca, como esos corralones de barrio que se suman a alguna red de proveedores que les da cartelería y nombre nuevos, pero que ni siquiera revisa que adentro pasen la escoba.
La primer pérdida fue de los socialistas de provincia de Buenos Aires, que declararon devoción por Cristina y fueron expulsados del partido. Tiempo después fue Rubén Giustiniani (artífice de la reunificación, candidato a vicepresidente de Bravo y Carrió en 2003 y 2007 y uno de sus cuadros más lúcidos) el que dejó el partido por diferencias con la conducción.
Así llegaron a hoy, que a menos de una semana de las elecciones en Santa Fe -su principal bastión electoral- se ven envueltos en una fórmula que no representa en nada las ideas de gran parte de su electorado. El dogmatismo camuflado en pragmatismo los terminó llevando a una alianza que tiene poca potencia electoral y que sólo los usó como prestasellos, poniendo en riesgo la elección provincial ante un peronismo unido.
Ayer se conoció, en medio del ataque de nervios y depresión de muchos simpatizantes, que Roy Cortina -histórico dirigente del socialismo porteño- cerró un acuerdo con Rodríguez Larreta en la Ciudad de Buenos Aires. Ahora bien: ¿con quién debería haber arreglado? ¿Donda? ¿Recalde? ¿Luis Zamora?. Si lo que define al socialismo es ser democrático, las opciones que abrazan ese ideal no son las que abundan.
Cada corralón parece estar olvidando las pautas de marca que se comprometió a llevar. Por eso no lograron construir una alternativa real de proyección nacional desde aquella campaña de la ilusión que en 2011 encabezó Hermes Binner. Así y desde entonces, en cada distrito terminaron como en Cosquín: pedaleando arriba de la bicicleta a la espera de que algún partido mayoritario decida darles un envión con el auto.



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