Algo en común

“Burning”, una película coreana de casi dos horas y media de duración que está disponible en Netflix y se llevó el año pasado la Palma de Oro en el Festival de Cannes, logra desarrollar un excelente relato, donde conviven algunos trazos de cine arte con chispas de melodrama hollywoodense.

Por J.C. Maraddón
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Corea se encontraba bajo dominio japonés desde hacía 40 años, cuando los Estados Unidos consiguieron en 1945 que el imperio de Japón capitulara, en lo que fue el epílogo de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, el oprobio para los coreanos se prolongó en el tiempo, cuando la Unión Soviética acordó con el gobierno de Estados Unidos repartirse el territorio de la península de Corea. Tomaron el paralelo 38 como línea divisoria: hacia el norte, se instauró un régimen comunista, en tanto que hacia el sur se impulsó la economía de mercado bajo la protección del gigante norteamericano.
Desde 1950 y a lo largo de tres años, el esperable conflicto bélico entre ambas Corea puso de manifiesto las consecuencias de la Guerra Fría, que enfrentó a los dos bloques triunfantes tras la derrota del Eje. Esa tragedia coreana fue tan sólo el prólogo de lo que vendría después, cuando escudados detrás de preceptos ideológicos antagónicos, el capitalismo occidental y el régimen soviético midieran sus fuerzas durante las siguientes cuatro décadas, en una carrera armamentista demencial y a través de batallas focalizadas que se escenifican siempre en países del Tercer Mundo, entre facciones que recibían ayuda de uno u otro bando.
A la vuelta de los tiempos, aquella situación se ha perpetuado, aunque bajo una apariencia completamente distinta. Lo que hoy enemista a Estados Unidos y Rusia es un desacuerdo más comercial que ideológico, mientras que Corea del Sur se consolidó (al igual que lo había hecho antes el propio Japón) como una potencia industrial, integrada al crecimiento económico del sudeste asiático. En el extremo superior de esa península, Kim Jong-un encabeza por estos días una autocracia que se reclama como socialista y que ha desarrollado un poderío nuclear con el que ha llegado en cierto momento a provocar espanto en Occidente, hasta que Donald Trump le ofreció hacer las paces.
Sin embargo, el arte, que suele renegar de todo belicismo, es capaz de unir las piezas de este rompecabezas geopolítico, para dar resultados dignos del mayor de los elogios. Es así como en 1993, el literato japonés Hanuki Murakami escribió un cuento titulado “Quemar graneros”, que apareció como parte del volumen “El elefante desaparece”, de 1993 y que estuvo deliberadamente inspirado en “Incendiar establos”, un relato publicado por el escritor estadounidense William Faulkner, y en “El Gran Gatsby”, una novela de un autor de igual origen, Francis Scott Fitzgerald.
Esa narración, ambientada en Japón y construida sobre precursores que provenían de los Estados Unidos, sirvió de base a un cineasta de Corea del Sur, Lee Chang-Dong, para rodar una historia en la que conviven el amor, la frivolidad, la lucha de clases y piromanía. “Burning”, una película de casi dos horas y media de duración que está disponible en Netflix y se llevó el año pasado la Palma de Oro en el Festival de Cannes, logra cerrar un excelente relato donde conviven trazos de cine arte con chispas de melodrama hollywoodense, a un ritmo que arranca con lentitud y se acelera a medida que se acerca el desenlace.
En vez de punzar las diferencias que separan a los pueblos y naciones y que son el combustible que alimenta las guerras, el largometraje ahonda en las preocupaciones, las mezquindades, los temores y los placeres que son comunes a cualquier habitante del planeta. Aunque las calles de Seúl sean coprotagonistas de esta comedia dramática con visos de thriller, la capital de Corea del Sur es apenas poco más que la escenografía de un triángulo amoroso entre jóvenes tan desorientados como muchos de sus contemporáneos, más allá de las coordenadas geográficas en que sitúen sus andanzas.



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