La estrategia nacional, potencial problema a futuro

La estrategia del gobierno nacional con foco en los rasgos antidemocráticos de su rival pueden convertirse en un dolor de cabeza en un país que debe reconstruir su sistema de partidos.

Por Javier Boher
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No quedan dudas: si hace un año alguien decía que Lavagna podía ser vice de Macri, pocos hubiesen dudado. Si el elegido era Urtubey, tampoco hubiese llamado la atención. Lo mismo aplica a Cristina: parecía más probable que la acompañe Pichetto, su defensor en el Senado, que Alberto Fernández, que venía de armar para Massa y Randazzo.

El cierre de alianzas no dejó lugar para muchas más sorpresas: una tras otra dejaron un escenario que no tiene nada que ver con lo que se hablaba tan solo dos meses atrás.

La confirmación del binomio Lavagna-Urtubey le da entidad nacional a la construcción que permitió la reelección del gobernador Schiaretti, aunque lejos del 57% que en estas tierras permitió la reelección del gobernador.



Todas estas fórmulas demuestran que el sistema de partidos terminó por colapsar después de aquel gran incendio del 2001 que afectó profundamente sus estructuras.

Desde entonces el radicalismo ha estado lejos del brillo de la primera mitad del siglo XX. Pocos gobernadores, derrotas en distritos clave, dirigentes debilitados por la endogamia y la falta de recambio generacional hicieron el resto del trabajo.

Los intentos de alianzas con sectores progresistas (muchos de ellos poco propensos a la institucionalidad) fracasaron hasta que decidieron abandonar UNEN para conformar Cambiemos, su decisión más sabia en 25 años.

Post 2001 el peronismo se convirtió en la fuerza predominante, en el partido que definía y hacía la única política más importante. Esa situación llegó al extremo de la reelección de Cristina Kirchner, en la que el peronismo se encontró sin una oposición articulada, con tres espacios de menos de 15 puntos que sumados no llegaba a balancearlo. A partir de ese momento las fisuras de un edificio que se mantenía en pie comenzaron a agrandarse.

La ausencia de oposición es un mal que aqueja a algunas democracias, que justamente por eso empiezan a perder tal condición. Los gobernantes pierden sus contrapesos, abandonan la eficiencia y se entregan a las pasiones y excesos de los que no encuentran a nadie que les diga que no.

Esa situación fue la que expuso los rasgos más autoritarios de un partido que durante décadas no pudo procesar esa contradicción de ser el partido más importante de una democracia joven sin abrazar con convencimiento las ideas de la democracia liberal moderna, a la que entienden como poco más que un medio para legitimar su dominación.

Finalmente eso llegó a su quiebre definitivo en la víspera de la inscripción de alianzas. Las tres fórmulas de las que más se habla están plagadas de peronistas. Aunque algunos puedan hilar fino y remontarse a los orígenes radicales de Lavagna, al liberalismo de Alberto, al izquierdismo de Cristina o al conservadurismo de Urtubey, ninguno pudo hacer nada por fuera del justicialismo, el único vehículo para las aspiraciones políticas de cualquier individuo con vocación de poder. El único ajeno a esa mecánica fue el actual presidente.

Así, las distintas identidades políticas que permanecen disueltas en el inconsciente colectivo de la sociedad argentina serán atraídas por estos tres espacios, pero principalmente por los dos grandes polos. República o populismo, instituciones o discrecionalidad, capitalismo moderno o proteccionismo agorafóbico son algunas de las cuestiones que se pondrán en juego.

Esa clara divisoria de aguas (tan necesaria para el escenario electoral) puede significar la construcción de un enemigo que todavía no existe. Definir al ocasional rival solo en términos antidemocráticos (aún siendo absolutamente cierto) puede conllevar el riesgo de que a partir de la polarización se convierta en el rasgo definitorio de un espacio que también debe construir una identidad propia.

Hace ya un tiempo planteamos desde estas mismas páginas que nuestra trágica historia reciente nos resguarda del surgimiento de candidatos antisistema que -amparados en el eufemismo de la incorrección política- ataquen las mismas bases del orden que les permite existir para predicar su peligroso discurso.

La jugada del gobierno puede hacer cambiar ese consenso democrático. Quizás no se vea en el corto plazo. Pero hasta que el sistema de partidos pueda continuar lo empezado ahora para rearmarse después del colapso, quizás nos queden algunos sustos y turbulencias que pongan en riesgo lo logrado.



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