La primera genialidad en cuatro años

Pichetto hace creíble el clima de divisoria de aguas que desea imponer el oficialismo, del que sugiere que octubre no es sólo una elección presidencial sino del país que se quiere ser.



Por Pablo Esteban Dávila

Una genialidad. La fórmula Macri – Pichetto es una obra de arte política. Es el primer acierto realmente potente de Cambiemos en sus cuatro años en el poder. Si la jugada Fernández – Fernández resultó ser una movida estratégica, el anuncio del presidente supone patear el tablero. Los ajedrecistas deberán comenzar de nuevo. Y, esta vez, deberán hacerlo con las reglas que acaba de imponer Mauricio Macri.
La inclusión de Pichetto significa la politización de un espacio que siempre había preferido otras carátulas. Con este fichaje Cambiemos adquiere, sin necesidad de impostar un discurso hasta hoy inexistente, un cariz ideológico poderoso, definitorio. Se convierte en la gran coalición republicana, capaz de incorporar a un peronista (sacrificando las aspiraciones de sus propios dirigentes) para impedir el retorno de otra entente de corte autoritaria y populista. En adelante, la dialéctica República versus Populismo será la que prime en el debate, incluso más que la crisis económica. Es una interesantísima inversión en los términos dirimentes de la clásica discusión electoral.
Es cierto que el senador tiene pocos votos, tan pocos como los que podría tener Alberto Fernández. Pero es una voz potente y lúcida (una combinación de la que Elisa Carrió no puede ufanarse), que agrega mucho más valor al armado macrista que un par de puntos en la opinión pública. Confinado por los K a ejercer una suerte de “senaduría por confinamiento”, en los últimos años supo aportar a la gobernabilidad con un estilo que podría calificarse de patriótico, un atributo verdaderamente escaso en la clase política. El vicepresidente de Macri hace creíble, además, el clima de divisoria de aguas que desea imponer el oficialismo, del tipo que sugiere que octubre no es sólo una elección presidencial sino del país que se quiere ser.
Ya con las cartas sobre la mesa puede decirse que la polarización es un hecho irreversible y que no habrá que esperar hasta la primera vuelta para calibrar su consistencia. En las PASO se advertirá su plena vigencia, sin demasiado lugar para los experimentos o para enviar mensajes a la Casa Rosada a través de Roberto Lavagna, Juan Manuel Urtubey o José Luis Espert. Pichetto es el portavoz de esta urgencia, el anticipo de una coalición que, sin dirigentes ni acuerdos, se habría dado informalmente en un ballotage en torno a Macri contra los Fernández.
Esto implica, forzosamente, la desaparición de la ya famosa (y nunca verificada) “ancha avenida del medio”. El tercer tercio, aquél que pareció adquirir un vigor inusitado tras la victoria de Juan Schiaretti hace exactamente un mes atrás, ha dejado de existir prematuramente como posibilidad electoral. El peronismo cordobés, aunque sin renegar de los esfuerzos de Urtubey, ya anunció que presentará lista de diputados nacionales bajo el sello Hacemos por Córdoba, sin contaminaciones nacionales. El tsunami se ha llevado puesto también a Sergio Massa, el vacilante conductor, que de presidenciable ha pasado a reclamar nerviosamente la intendencia de Tigre ante sus inminentes socios kirchneristas. Son los riesgos que se corren al mostrar debilidad en medio de la selva.
El anuncio refleja, asimismo, que Cambiemos ha dejado de ser una pianola con Durán Barba y Marcos Peña como sus únicos ejecutores. La prédica de Alfredo Cornejo sobre la “necesidad de ampliar” la coalición -hasta ayer críptica y de dudoso realismo- se ha visto satisfecha con la incorporación de Pichetto. Esto traerá nuevas tensiones y más densidad política, pero esto es lo que, al fin y al cabo, los radicales requerían, especialmente tras la Convención de Gualeguaychú. No habrá vicepresidencia para ellos; no obstante, tendrán más chances de permanecer en el poder de las que tenían antes de conocerse la noticia. Es de suponer que, en un eventual segundo mandato, Macri los consultará más frecuentemente y considerará con mayor seriedad sus puntos de vista.
Lo ocurrido puede leerse también en clave de revancha de la dirigencia tradicional. En sus orígenes, el PRO se nutrió de una importante cantidad de dirigentes del PJ (Emilió Monzó, Cristian Ritondo, Rogelio Frigerio o Juan Pablo Schiavi, entre muchos más) que reclamaban su preeminencia frente a otros de linaje extrapolítico. Aunque en los últimos años su influencia fue perdiendo peso frente al ala tecnocrática de la fuerza -algunos se fueron, como Schiavi-, la tenacidad de la crisis y los errores no forzados del gobierno impidieron que fueran radiados por completo de las cercanías del presidente. Hoy deben de estar festejando a lo grande sus dotes proféticas. Que Pichetto acompañe a Macri en el duro trance que se avecina es el cumplimiento del viejo vaticinio sobre que sin una pata peronista no se puede gobernar… ¿Y qué mejor que hacerlo con uno que se dice republicano?
A modo de efecto dominó, la inveterada recomendación de Jaime Durán Barba sobre la necesidad de integrar una mujer al binomio ha caído, de la misma manera, en el olvido. Aunque su estrategia de polarización se ha visto reforzada, es probable que su histórica influencia sea recortada por el nuevo cariz que ha adquirido la oferta cambiemita. ¿Estaba en sus planes la dicotomía república – populismo? Es una tensión que, en su fuero íntimo, quizá le parezca demasiado sofisticada para el votante común y poco dúctil para comunicarla en las redes sociales con el estilo amarillo. Deberá recalcular y volver emotivos los nuevos anclajes institucionales del discurso.
Como fuere, el presidente ha reconquistado la iniciativa con gran estilo. Por primera vez desde que se inició la crisis cambiaria en abril del año pasado, su gobierno no está a la defensiva. Los Fernández han perdido el centro del ring y probablemente les lleve tiempo, sudor y lágrimas el recuperarlo. Y, como dato de color, el peronismo ha sido dividido (tal vez no en partes iguales, pero dividido al fin) por alguien que no es peronista, después de haber gozado del usufructo de dividir a tantos otros partidos a lo largo de su historia. ¿Es un cambio de época? La respuesta dependerá de Macri. Y también de Pichetto.



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