Impresiones de un minero inglés (Segunda Parte)

Córdoba aparece como una ciudad con gobierno militar, ultracatólica, chata y empobrecida a los ojos de Joseph Andrews en 1826, aunque el viajero rescata en última instancia cierta belleza de la ciudad y de sus mujeres.



Por Vïctor Ramés
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Una procesión en el siglo XIX.

Joseph Andrews, hombre práctico y con sólidos estudios, capitán de la marina inglesa y hombre de negocios,analizaba en 1826, a su paso por Córdoba, diversos aspectos de la vida en la ciudad y se deteníaa situar el perfil del gobierno de Juan Bautista Bustos, que juzgabaen el medio de una línea entre la anarquía y la democracia: “Hay que tomar en cuenta que en países que acaban de salir de un estado de despotismo, hacia la libertad y sus bendiciones concomitantes, debe pasar algún tiempo hasta que la masa del pueblo pueda entender la situación, y reprimir en sus debidos límites la inclinación a los excesos”. En alguna medida, justificabaasí lo que le habían contado en la ciudad: “En ocasión reciente, al cumplirse el anterior período del mandato trienal del Coronel Bustos, la influencia de la Cámara de Representantes mostró su incapacidad para apoyar a otro candidato,frente a la prepotente exhibición de bayonetas que apoyabanal coronel, en abiertaprovocación a la autoridad representativa popular. Bajo estas demostraciones de sentimientos forzosos, el viejo soldado tal vez actuó sabiamente al aceptar el cargo, pese a la censura del supremo gobierno, así como de muchos de los ciudadanos más respetables.”
En otros apuntes Andrews describe la sectorización ideológica de la clase influyente, empleando metáforas hípicas. “En Córdoba la sociedad es una extraña mezcla. Un cuarto de las personas son amigas de la libertad, en el sentido más pleno del término, incluso hasta el exceso de salvajismo. Otro cuarto se deja llevar a cualquier parte a donde le tire la rienda su partido. Del siguiente cuarto solo se puede decir que tiene puesto el freno entre sus mandíbulas. Y la última porción se halla bajo las espuelas y el látigo, y es manipulado con el viejo bocadode los frailes”.
Muchas páginas de sus apuntes cordobeses, dedica el inglés a lamentar los males del poder de la iglesia en la vida cordobesa. Dice, por ejemplo, que “los dogmas del credo católico se muestran aquí en abierta oposición a la primera ley de la naturaleza, la felicidad de la humanidad. La mente se enferma ante semejante sistema. Un cuerpo superabundante, mantenido por la industria de cualquier comunidad y que no devuelve beneficio ninguno, es una excrecencia que debiera ser cortada de raíz”.
Se toma el tiempo de narrar largos episodios relativos al culto católico. Describe en detalle una procesión religiosa en la plaza mayor de Córdoba, encabezada por la visita del Obispo de La Paz, de camino hacia el puerto de Buenos Aires, y la óptica de Andrews le hace ver una pobre respuesta popular a la ceremonia, y considerar que esto era prueba de una institución en franca decadencia.
“La procesión partió de la catedral con pompa sacerdotal y le tomó casi dos horas rodear la plaza. El tiempo se pasó en la elevación de la hostia por el obispo, en altares erigidos en las esquinas del cuadrado, y ostentosamente decorados con la mitad de las riquezas privadas y públicas de la ciudad. El gobernador, los miembros del Cabildo y otros que seguían al obispo con velas encendidas, parecían mirar esta piadosa pantomima como la última que se exhibiría aquí, la que debía ser juzgada más como un tributo a su declinante grandeza que a cualquier respeto por la ceremonia misma, la que era realmente digna de una era de la más oscurantista superstición.”
También ofreció el minero inglés una detallada descripción de una ceremonia en que se le hacía entrega del velo a una novicia, y manifestaba su rechazo al anacronismo que veía en esta tradición religiosa a la que asistió por curiosidad.
En otras anotaciones sobre Córdoba, referidas al contraste actual con su pasado como gran polo exportador de mulas, que “Córdoba puede ser considerada, en la actualidad, poco menos que la primera puerta de peaje en el camino a Perú. Todo es chato y el movimiento se halla suspendido”. La referencia a la contribución que imponían las provincias por el paso de mercaderías o de viajeros se repite en todo el territorio. Afirma Andrews, referido a Santiago del Estero, que “existe también un fuerte peaje pagado por atravesar un rústico puente sobre el río; por nuestro carruaje y dos o tres mulas cargadas tuvimos que pagar doce pesos, suma que escasamente valía el puente”.
En las páginas ralean los comentarios sobre la vida cotidiana de Córdoba, ya que Andrews discute casi siempre cuestiones políticas o económicas. Como él mismo afirma, “no reclamo como propio el carácter de un escritor viajero. Mi objeto era el negocio, mi viaje fue rápido; mis observaciones eran, por lo tanto, inconexas, a medida que ocurrían”. Para compensar en alguna medida esa carencia, concluimos la selección de textos con su descripción del paseo público cordobés.
“La Alameda está situada en un extremo de la ciudad. Es un paseo de lo más agradable, el mejor que he visto en Sud América. Su forma es cuadrada, con avenidas regulares de árboles y asientos de piedra entre ellos. Hay una linda lámina de agua al centro del paseo, con un templo o pabellón al cual se trasladan personas para hacer picnics. Aparte del número de bellas damas y caballeros que pasean durante las deliciosas tardes eneste bello lugar, hay una diversión extra para el extraño curioso al ver los grupos de mujeres que vienen desde los suburbios en busca de agua. Allí comparten sus ocurrencias y se ponen al día en sus murmuraciones, y luego se alejan llevando sobre sus cabezas en forma elegante, grandes jarras hechas de arcilla del lugar. Aunque están llenas hasta el borde, se las arreglan para no derramar ni una gota.(…) Las damas de Córdoba saben cómo usar sus bellos ojos, con efectos terribles. También practican el antiguo uso del abanico con la misma destreza de sus vecinas porteñas, y tienen en la Alameda el mejor teatro para desplegar toda su competencia en ello. La banda del gobernador toca en la explanada de las cuatro al anochecer en la estación más amable, cuando las veredas se llenan de gente y los bancos, de tan atestados, parecen palcos de ópera.”



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