Puro chimento

Con Lucho Avilés, fallecido el sábado pasado a los 81 años, se va también una época en que no existían los mediáticos, y los únicos que podían ser objeto de la atención chismográfica, eran aquellos que habían realizado algún mérito más allá de tener la simple intención de ser famosos.

Por J.C. Maraddón
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Una vez que se hubo inventado la farándula autóctona, en aquel entonces conformada sobre todo por las estrellas de la radio y algunas de las figuras protagónicas del cine, apareció la prensa destinada a reflejar sus actividades públicas y, pór qué no, privadas. Después de todo, se trataba de personajes que todos conocían y, por lo tanto, sabían que su vida estaba expuesta a la curiosidad de sus seguidores. Textos pícaros y, especialmente, fotos comprometedoras, empezaron a aparecer en esas publicaciones, que crecieron en su tirada hasta convertirse en un suceso editorial. Radiolandia y Antena fueron, sin duda, las más leídas.
La llegada de la televisión hizo crecer en cantidad a las celebridades, que si bien en algunos casos todavía provenían del ámbito radiofónico, adquirían ahora un rostro reconocible y, por lo tanto, un reconocimiento masivo que antes era mucho más acotado. Con la tele, esos medios que vivían de contar intimidades de los astros potenciaron su caudal de lectores, que en los años sesenta se contaban por miles. Y hasta algunos diarios sensacionalistas se permitieron incorporar secciones para publicar este tipo de noticias, donde convivían los romances, los viajes y los eventos en los que intervenían personas de renombre en el ámbito del entretenimiento.
No tardó demasiado en ser la propia televisión la que tomara la posta de esos periódicos y revistas, al hacerle espacio en su grilla a programas que tuvieran como cometido realizar ese intenso registro de las andanzas de aquellos que, por algún motivo, habían cobrado fama. A los antes aludidos, se sumaban también músicos, políticos, deportistas y modelos, quienes aceptaban (algunos no sin remilgos) este tácito convenio por el cual debían aceptar las invasiones a su privacidad, como resultado de su propia popularidad, que por esa vía también se retroalimentaba y redituaba en su provecho.
Como una especie de especialista en esas lides, el animador uruguayo Lucho Avilés se transformó en el indiscreto farandulero número uno de la Argentina, adalid de un formato televisivo que todavía mantiene su vigencia, con un panel de chimenteros que relata lo que sabe y un conductor que administra esa información y le agrega sus propios condimentos. Siempre al borde de la cornisa, Avilés se preocupó por alimentar la polémica a través de sus ciclos, que supieron generar controversias muchas veces subidas de tono, algunas de las cuales terminaron en los estrados judiciales. Durante unos 30 años, Avilés manejó a gusto y placer la chismografía nacional y no aparecía nadie que le hiciera sombra.
Sin embargo, en un impreciso momento que se sitúa entre fines de los años noventa y principios de los dos mil, se produjo un fenómeno que terminó por dejarlo desubicado. Mientras que la mayoría de las celebridades tomaban esos chimentos como una consecuencia no muy deseada de su trabajo, surgió una nueva raza que, por el contrario, tenía como único objetivo hacerse famosa a toda costa, aunque no se destacara en ninguna otra cosa que no fuera relatar sus intimidades. Rotulados como “mediáticos”, invadieron la pantalla y ocuparon un espacio desmesurado a fuerza de contar lo que otros hubiesen preferido haber callado.
Con ellos como carne de cañón y Jorge Rial, un expanelista de Avilés, como interlocutor de sus confesiones, se abrió una nueva etapa en la TV argentina, que se alimentó de esta fauna y de algunos de los ejemplares que abandonaron el anonimato al participar de los reality shows. Entre Rial y Marcelo Tinelli compartieron entonces la apropiación chimentera, en tanto que el autodenominado inventor de la pólvora tuvo que retirarse a cuarteles de invierno, hasta que la muerte lo sorprendió el sábado pasado a los 81 años. Con Lucho Avilés, desaparece también la época en que la fama no eran tan solo puro cuento.



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