Declive de Alternativa Federal complica al PJ cordobés

Sin Lavagna y, previsiblemente, sin Massa, sus listas a diputados corren un claro peligro. La debacle de Alternativa Federal lo deja sin relato nacional y sin candidato cierto. Ni Urtubey ni Pichetto -hasta ahora, los sobrevivientes del espacio- aseguran un considerable aporte de votos. El fantasma de 2011, esto es, no presentar lista a diputados, es demasiado doloroso como para insinuarlo.

Por Pablo Esteban Dávila

alternativaEl 12 de mayo Alternativa Federal vivió su hora más gloriosa. El gobernador Juan Schiaretti, uno de sus demiurgos, acabada de lograr su reelección con un margen abrumador (el 57% de los votos, conforme el escrutinio definitivo). Muchos imaginaron que el tercio del electorado distante por igual del macrismo como del kirchnerismo tendría, al fin, una expresión que lo aglutinase.

Pero la ilusión duró poco. Apenas seis días después, la expresidenta Cristina Fernández anunció que sería la candidata a vicepresidente de Alberto Fernández. Aunque el asunto olía a mascarada -el tufillo no se ha disipado en absoluto- tuvo un innegable efecto balsámico en muchos sectores del peronismo, logrando que sus pasadas convicciones antikirchneristas se tornasen más relativas.

Este fue un golpe duro dentro espacio originariamente urdido por el propio Schiaretti, Juan Manuel Urtubey, Miguel Ángel Pichetto y Sergio Massa. Ninguno esperaba esta jugada. La primera señal de que las cosas habían cambiado fue la defección de algunos gobernadores que antes los acompañaban. La candidatura de Alberto Fernández los había convencido de que Cristina, después de todo, era peronista.



Pronto vendría otro mazazo. Roberto Lavagna, después de innumerables flirteos y frases a medio decir, aseguró que sería candidato en soledad, un oxímoron para alguien que asegura buscar los consensos, y que no participaría de la interna de Alternativa Federal. Con el exministro de Néstor Kirchner fuera, la posibilidad de seducir a votantes radicales e independientes se evaporó con prontitud.

Como si el ecosistema del armado no hubiera sufrido suficiente, Massa se encerró en una compleja danza consigo mismo. Tras lograr del Frente Renovador un cheque en blanco para hacer lo que le placiere, comenzó un frenético raid hacia ninguna parte. Actualmente no se sabe si irá a las PASO con Pichetto y Urtubey o si terminará acordando con los Fernández. Tampoco si jugará con María Eugenia Vidal en la provincia de Buenos Aires o si presentará candidatos propios. La amplitud de sus posibilidades políticas y de sus indefiniciones rozan lo grotesco. Ya nadie sabe si el tigrense terminará sumando algo, dondequiera termine recalando. Profético, Pichetto afirmó que -si se va con Cristina pierde todo su futuro-. Tiene razón, pero también terminará con sus propias expectativas.

Con estos antecedentes, el asunto pinta feo para los federales y no es sólo un problema de estética. Dentro de este batiburrillo, el justicialismo cordobés es el que se encuentra en la peor posición dado que, luego de su exitosa performance provincial, tiene que vérselas con las elecciones nacionales sin candidato presidencial a la vista.

No es un tema menor. Sin Lavagna y, previsiblemente, sin Massa, sus listas a diputados corren un claro peligro. La debacle de Alternativa Federal lo deja sin relato nacional y sin candidato cierto. Ni Urtubey ni Pichetto -hasta ahora, los sobrevivientes del espacio- aseguran un considerable aporte de votos. El fantasma de 2011, esto es, no presentar lista a diputados, es demasiado doloroso como para insinuarlo. Para sumar tribulaciones, ni siquiera el regreso del gobernador de sus vacaciones garantiza alguna certidumbre; es probable que Schiaretti nada pueda hacer para revertir lo que está sucediendo.

Hubo quien, por lo bajo, reprochó por inoportuno el asueto tomado por el cordobés. Sin embargo, incluso su presencia no podría haber torcido el rumbo de los acontecimientos. Debe recordarse que, horas después de la victoria en la provincia, el gobernador hizo un llamamiento magnánimo a que Lavagna participara de las PASO junto con los demás interesados, descartando que Massa también lo haría. La obstinación del economista sepultó el plan del gran acuerdo, al tiempo que la indeterminación del exintendente de Tigre minó la confianza recíproca de los federales. Schiaretti supuso que, al haber ratificado su preeminencia electoral de la forma en que lo hizo, el resto se allanaría a aceptar sus indicaciones. Se equivocó. Las cosas no resultaron como imaginaba y nada hace suponer que habrían sido distintas si hubiera optado por quedarse en el Centro Cívico en lugar de volar quien sabe dónde.

Tampoco hay margen para la esperanza en función del curso que están tomando los acontecimientos. La fórmula Fernández-Fernández ha contribuido eficazmente al resurgimiento de la polarización, toda vez que hace más plausible el regreso del kirchnerismo a la Casa Rosada. Hasta entonces, los votantes de Mauricio Macri se debatían entre el desencanto y la exploración de nuevos horizontes; ahora las opciones parecen ser más claras que nunca.

Esto, como se ha dicho, también es funcional para el peronismo. Sus dirigentes avizoran la posibilidad de regresar al poder, con una Cristina contrita en la vicepresidencia y con un Alberto Fernández dueño de un pragmatismo exponencial. Se ilusionan con una Cámpora residual que no moleste ni decida y con un gobierno con cuadros propios, sin paracaidistas arrojados desde los cielos del progresismo. Comparado con lo que tenían, es una realidad de ensueño.

El presidente del partido, José Luis Gioja, así lo ha hecho saber. En su última reunión en la sede de la calle Matheu -un exquisito simbolismo- pidió por la unidad de la fuerza rodeado de dirigentes de innegable prosapia justicialista. Fue un mensaje no tan subliminal para los que resisten en Alternativa Federal, asegurándoles un lugar dentro de un pan peronismo reunido bajo las racionales promesas de la fórmula Fernández al cuadrado.

No es un mero canto de sirena. Gioja sospecha que el peronismo tiene chances de ganar en la primera vuelta sólo si marcha unido a las elecciones, pero que las posibilidades disminuyen notoriamente si no logra el porcentaje constitucional para evitar el ballotage. En tal instancia Macri volvería a vencerlos. La suya es, por lo tanto, otra apuesta a todo o nada: mientras que Durán Barba sueña con la segunda vuelta, la conducción justicialista lo hace con el 45%. El premio para quienes contribuyan a lograr este propósito sería mayúsculo. Cada vez son más los que advierten lo poderosa que resulta esta invitación, inclusive entre los díscolos compañeros cordobeses.



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