Río Tercero y la Casa Rosada, recientes símbolos radicales

El radicalismo arrastra, desde hace muchos años, un déficit de dirigentes indiscutidos a nivel provincial. La debacle de las últimas elecciones profundizó esta sensación de desamparo. Ni Negri ni Mestre pueden reclamar pleitesía o distinciones tras el 12 de mayo.

Por Pablo Esteban Dávila

radicalesEl domingo pasado en Río Tercero, cuando Marcos Ferrer festejaba su triunfo en las PASO de aquella ciudad, Mario Negri llegó para felicitar al ganador. El recibimiento, tal como da cuenta Alfil en su edición de ayer, resultó ser frío, al punto tal que, a poco de haber llegado, fue invitado a retirarse por un iracundo concejal mestrista. El diputado, al fin y al cabo un dirigente correcto, comprendió que sus correligionarios preferían celebrar la victoria en forma comarcal. Tan discretamente como pudo emprendió la retirada. Ninguno de los locales lo escoltó hasta su automóvil, pese a que, más tarde en la noche, ensayaron las disculpas del caso.

Ayer, un grupo de intendentes radicales autoconvocados visitaron a Marcos Peña en la Casa Rosada. El encuentro fue gestionado por el ministro Oscar Aguad, quien nunca cejó en su devoción macrista. En las postrimerías del cónclave, el propio presidente Mauricio Macri pasó a saludarlos y compartió con ellos algunas impresiones. Las fuentes señalan que los alcaldes estaban particularmente locuaces. Tras afirmar ritualmente que “podían contar con nosotros para la campaña”, pidieron la igualdad de trato en el reparto de los ATN con los intendentes del PRO y aconsejaron concurrir a las inauguraciones de las obras municipales que se financian con recursos de la Nación. Señalaron, pícaramente, que ante la ausencia de funcionarios nacionales son los peronistas los que posan para las fotos, dando la impresión de que es Schiaretti y no Macri el que pone los morlacos. Una lección de política básica que, aparentemente, no había llegado a oídos del jefe de gabinete.

Los episodios de Río Tercero y la Casa Rosada, aparentemente inconexos, se encuentran, sin embargo, vinculados por los lazos de la rebelión. Son un símbolo reciente de la realidad radical. En ambas escenas los protagonistas o festejan solos o cabildean con el presidente sin padrinos. Aguad, en este escenario, no cuenta: fue un amigable componedor, sin pretensiones de reciprocidad con los intendentes.



¿Es esta una señal de que el radicalismo está incoando un nuevo tipo de dirigencia, surgida desde el interior? No sería la primera vez que sucede. En 2003 hubo un intento de arrebatar la conducción partidaria a los correligionarios capitalinos, pero la decidida voluntad de Ramón Javier Mestre por hacerse del poder interno abortó la intentona.

Siempre ha formado parte del folclore político (no sólo de la UCR) el considerar que existe una suerte de mayoría moral en el interior, idílicamente despojada de mezquindades y ambiciones personales. Pero este es un mito. Probablemente desde los tiempos de Amadeo Sabattini no se verifique la existencia de un caudillo que, residiendo tierra adentro, haya orientado eficazmente el rumbo de la fuerza. Eduardo Angeloz, riotercerence de origen, construyó su liderazgo desde la ciudad de Córdoba y no desde su lugar de nacimiento. Esto ha impedido certificar la supuesta superioridad política de los que detentan tal condición.

No obstante los mitos, aunque inexactos, suelen motivar fuertemente a los que efectivamente creen en ellos. Y, a decir verdad, en todos los dirigentes del interior, especialmente quienes han ganado alguna elección local, les gusta pensar de sí mismos que si estuvieran en la conducción provincial las cosas serían diferentes, lo que equivale a decir que serían mejores. No es aventurado suponer que, en el actual contexto, tal presunción se haya fortalecido.

Es natural pensar en tal sentido. El radicalismo arrastra, desde hace muchos años, un déficit de dirigentes indiscutidos a nivel provincial. La debacle de las últimas elecciones profundizó esta sensación de desamparo. Ni Negri ni Mestre pueden reclamar pleitesía o distinciones tras el 12 de mayo. Fuera de la Capital, sus correligionarios hacen cuentas y tratan de reestablecer algo parecido a un relato partidario al que adherir ante la evidente ausencia de un macho alfa.

Ciertamente no la tienen fácil. Creer en el mito del interior es, hasta cierto punto, lícito, pero esto no significa que pueda homologarse automáticamente ante la dura realidad de la política. Quedarse sin referentes no es una solución para el relanzamiento de la fuerza, sino un auténtico problema. Luego de la frustración mestrista no hay un primus inter pares entre los intendentes radicales, como tampoco queda ninguno entre sus diputados, legisladores o concejales. Es complejo suponer que una confederación de alcaldes construida ad hoc pueda dar origen a un líder de repuesto que reemplace eficazmente a los caídos en acción.

De cualquier manera, los episodios señalados muestran a las claras que este grupo no necesita de mediadores para reunirse con Peña ni a quién dedicarle sus triunfos. Que no tiene jefes naturales a los que halagar ni que está dispuesto a reconocer en nadie el atributo de la infalibilidad política, tan necesaria para mantener expectativas y convencer a los escépticos. Tal vez algún anarquista radical (si es que existiera tal cosa) podría celebrar la coyuntura como una suerte de movimiento comunero, lleno de horizontalidad y democracia. No obstante, estaría equivocado: las mayorías no necesariamente saben lo que quieren. Esta desorientación es especialmente peligrosa en un partido que hace rato no fatiga las entrañas del poder.

Es de prever que este tipo de manifestaciones autonómicas se multipliquen de aquí a fin de año. Seguramente remitan un tanto en el fragor de la campaña nacional por venir, dada la necesidad logística que entraña la unidad de comando y de la unificación del discurso, pero estos serán parámetros que vendrán formateados desde los cuarteles generales de Cambiemos y no desde la Casa Radial. En rigor, el partido ingresará en el letargo táctico que tanto Peña como Jaime Durán Barba se encargarán de asegurar dentro de Cambiemos de modo tal de mejorar las chances de la reelección presidencial. Solo lo que sucederá después de este obligado intervalo señalará si el ímpetu del interior por librarse de la tutela capitalina es realmente una vocación duradera o forma parte de la inevitable ciclotimia política que surge tras las derrotas.



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