La dualidad simplifica las cosas

Por Pablo Esteban Dávila

El macrismo ha entrado en modo elecciones. Esto no es una novedad, pero la intensidad que han adquirido sus esfuerzos si lo es. Mauricio Macri no sólo debe un mensaje unívoco de que sólo él es el candidato si no que, además, debe convencer al electorado que sigue siendo el hombre adecuado para conducir los destinos del país.

Este renacer del fervor militante en el oficialismo tiene que ver con ciertas señales de la economía que permiten algún margen para el optimismo. La estabilidad cambiaria augura algún rebote y la inflación cedería un punto en mayo, en tanto que el reciente crecimiento de las importaciones podría marcar el renacer del consumo. Peronismo básico: el órgano más sensible del cuerpo es el bolsillo.

Pero también la política contribuye a cierta expectativa. En este sentido, los movimientos de la oposición son, cuando menos, funcionales a la causa de la Casa Rosada.



Pruebas al canto. El solipsismo de Roberto Lavagna contribuye a debilitar la opción de Alternativa Federal, en tanto que la sinuosa conducta de Sergio Massa alerta sobre sus reales intenciones respecto al kirchnerismo y, por consiguiente, sobre su propia credibilidad. La fórmula Fernández – Fernández, por su parte, no parece haber ganado terreno entre los independientes, pero ha contribuido a reestablecer la adhesión de algunos peronistas que amenazaban con partir hacia otros rumbos. Esto también colabora con las ilusiones presidenciales.

La sensación es que el mapa electoral se encamina a otra polarización y que no habrá lugar para terceros interesados. Es un escenario similar al de 2015 aunque, esta vez, Macri no es el retador sino el defensor del título. La dualidad simplifica las cosas y permite concentrarse en lo importante, esto es, en el pasado que Cambiemos pretende seguir conjurando.

Todo indica que serán elecciones con los ojos en la nuca. Tanto el oficialismo como el kirchnerismo mirarán hacia atrás para justificar sus pretensiones. Unos se afirmarán sobre el recuerdo de la corrupción, la bajísima calidad institucional o las pulsiones autoritarias del anterior gobierno; los otros batirán el parche sobre que las políticas macristas han resultado una catástrofe para el país y que los argentinos estaban mejor con Cristina.

La cuestión estratégica es, hasta cierto punto, previsible, por lo que las preguntas deberán centrarse, especialmente, en aspectos tácticos. ¿Cómo se estructurarán las respectivas campañas? ¿Hasta dónde llegará la publicidad negativa? ¿Qué rol jugará la capilaridad política de ambos contendientes sobre el terreno? Son sólo algunas de las posibles conjeturas.

Por de pronto, Cambiemos trata de reconstituir su tejido de apoyo básico. Las últimas elecciones provinciales, desde Neuquén hasta San Juan, demostraron que al oficialismo le faltan adecuados soportes territoriales. Es como si Macri gobernara un archipiélago de ínsulas desafectas, a modo de un imperio desafecto y sin satrapías propias. Hasta la provincia de Córdoba, tradicionalmente cercana al presidente, acaba de darle la espalda categóricamente a sus nominales candidatos.

El caso mediterráneo, en efecto, fue el principal catalizador de los actuales afanes macristas. No sólo por la derrota inapelable -la que, en rigor, se había descontado- sino porque sus dirigentes han quedado visiblemente disgustados entre ellos y con escaso ánimo de cooperar por la reelección. Esta es la razón por la cual Marcos Peña, probablemente el máximo responsable del descalabro local, haya tomado urgentes cartas en el asunto para recuperar un distrito crucial para las ambiciones de la Casa Rosada.

Las acciones inmediatas ya han sido comentadas: conversaciones con todos los interesados (inclusive con el intendente Ramón Mestre) y la designación de Mario Negri como pacificador de espíritus atribulados. En lo sucesivo serán complementadas con otras de mayor impacto mediático, tales como visitas ministeriales e, incluso, del propio presidente. Será Macri, precisamente, quién tomará mates con algunos vecinos el próximo miércoles, con la excusa de visitar la aeronáutica FADEA. Al compartir estos amargos, intentará beber nuevamente de la medicina que tanto bien le hiciera en sus primeros años de gestión.

Apuntar en este momento los cañones sobre Córdoba es comprensible, pero deja alguna sensación encontrada. Si bien es cierto que lo que se encuentra en juego es realmente importante, no puede negarse una marcada desidia centralista respecto a lo sucedido en los últimos tiempos. Hasta el 12 de mayo pasado, los problemas de la coalición se explicaban por la tozudez provincial en desobedecer disparatadas instrucciones desde Buenos Aires. Ahora, los mismos estrategas que se desentendieron de la suerte de sus referentes se empeñan en convencer a los cordobeses de que, en realidad, Macri siempre los tuvo presentes, allende los recientes desaguisados.

¿Funcionará? Es, en cierta manera, una cuestión de improbable respuesta, porque no estriba exclusivamente de los esfuerzos que se desplieguen en el terreno. Córdoba siempre será un distrito centrista y, por tal razón, permeable a las razones de un gobierno moderado, más allá de los yerros propios y las objetivas dificultades heredadas. Pero, en definitiva, todo dependerá más del miedo que del amor genuino. Si la percepción general es que Cristina pueda regresar al poder, pues aquí se renovará el voto por Macri. Es harto difícil que Unidad Ciudadana o comoquiera se llame termine recalando en la consideración local. Alternativa Federal podría haber tenido alguna oportunidad, pero es complejo mantener esta posición cuando las chances de este espacio se agostan sin remedio.

Sin embargo, la desconfianza con el gobierno puede que continúe hasta octubre. Por más que Macri y los suyos se hayan desgañitado con su afecto por la provincia, hay incumplimientos que sorprenden. La obra de la avenida de Circunvalación es uno de ellos. El compromiso federal era contribuir hasta con un 30% de su completitud. No llegó un peso. En cambio, el apoyo con el paseo del bajo en la ciudad de Buenos Aires fue absoluto. La Nación no escatimó gastos para terminar con esta obra que, no obstante que trascedente, tiene empero el mismo valor que la circunvalación para la ciudad de Córdoba. Es que, en el fondo y a pesar de los innegables esfuerzos por soslayarla, la mirada portuaria que esta administración mantiene sobre la política del país se mantiene imperturbable. Macri no tiene mucho tiempo para revertir esta percepción y los días cuentan; ¿tendrá la voluntad necesaria para hacerlo?



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