Previsibles imprevistos

Recientemente, la industria estadounidense del disco anunció un incremento en el presupuesto destinado a los programas de asesoramiento, hospitalización o rehabilitación de músicos con problemas de salud mental, ante la sucesión de casos que terminan de manera trágica.

Por J.C. Maraddón
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Desde hace casi treinta años, la organización MusiCares se encarga, en los Estados Unidos, de velar por la salud de los artistas musicales, en especial la de aquellos que ingresan en tratamientos de recuperación por adicciones. Evidentemente, para que exista semejante entidad con un propósito como ese, debe haber una cantidad proporcional de casos en los que la vida de los músicos se convierte en un infierno, debido a excesos que se tornan incontrolables y que ponen en riesgo su existencia. La sucesión de ejemplos de situaciones en que estos derrapes tuvieron un final trágico, es un alerta insoslayable acerca de la dimensión del problema.
Y es que todo lleva a pensar que es la propia maquinaria que mantiene en marcha a la industria discográfica, la que sitúa a los intérpretes en instancias incómodas, aislados por la fama y mareados por el éxito. Inexpertos, en razón de la precocidad con que alcanzan la gloria, caen en pozos depresivos o en euforias desmedidas, que tienden a ser compensadas mediante artificios estimulantes o calmantes, según la ocasión. El uso indiscriminado de estos recursos, con la finalidad de que el ídolo no detenga su marcha, deriva en una dependencia a la que la rutina de trabajo le da impulso, en lugar de presentarle combate.
Parece que la adicción es una enfermedad laboral que afecta particularmente a los músicos, si nos remitimos a los fines específicos que dice atender MusiCares. Gente que generalmente se desempeña de manera independiente y que, por lo tanto, no cuenta con aseguradoras de riesgo de trabajo ni delegados que reclamen por sus derechos. Carne de cañón, joven y entusiasta, que suele estar enceguecida por sus ansias de triunfar y que, si consigue su objetivo, se zambulle en una espiral de descontrol, sin preocuparse por la manera en que ese modo de vida pueda afectarla.
Cada vez que un nuevo episodio fatal sacude al negocio de la música, como sucedió con Chris Cornell, Lil Peep, Chester Bennington y Mac Miller entre 2017 y 2018, se intentan ajustar un poco más las clavijas de este sistema, aunque sin atacar las razones profundas que llevan a tantas jóvenes (y no tan jóvenes) promesas a terminar de la peor manera. Recientemente, la industria estadounidense del disco anunció un incremento en el presupuesto destinado a los programas de asesoramiento, hospitalización o rehabilitación, que ya el año pasado había experimentado un incremento de 20% con respecto al periodo anterior.
Cifras publicadas esta semana en la revista estadounidense Billboard replican una encuesta realizada por un sello sueco entre artistas cuyas edades van de los 18 a los 25 años. Resulta alarmante que el 80% de los encuestados haya reconocido que las exigencias de su carrera profesional causan efectos negativos en su equilibrio psicológico. Y dentro de los que informaron de manera específica sobre síntomas de alguna patología, solo un tercio de los consultados admitieron haber buscado tratamiento profesional, en tanto que la mitad de esos jóvenes asumieron que buscan mitigar sus padecimientos a través del alcohol y otras drogas.
Cualquier artículo de divulgación científica acerca de temas sanitarios, resalta la importancia de la prevención como manera de atacar las enfermedades y como estrategia para asignar mejor los recursos financieros de los que se dispone para ese fin. Sin embargo, MusiCares ha optado por promover salidas individuales, como que algunas discográficas aporten el dinero para que sus artistas reciban la atención que corresponda. Tras décadas de soportar este mal endémico, tal vez sería hora de preguntarse qué es lo que se puede hacer para evitar que los músicos caigan en esta pendiente, en vez de ocuparse de ellos cuando ya su salud mental se encuentra deteriorada.



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