Los exministros K, funcionales a Macri

Por Pablo Esteban Dávila

¿Qué hará Sergio Massa? ¿Continuará en Alternativa Federal -conforme se aseguró recientemente en Córdoba- o terminará jugando con el kirchnerismo? Sus recientes movimientos no sólo desconciertan, sino que también reconfiguran el mapa político nacional.

Formalmente, el Congreso del Frente Renovador lo habilitó para negociar con otros sectores de la oposición a Mauricio Macri sin necesidad de solicitar una aprobación posterior. En otras palabras, le dio un cheque en blanco. Esto supone que, en adelante, lo que haga el Frente Renovador será lo que disponga Massa.

El argumento esgrimido por la fuerza para dotarlo de tal atribución reside en que “la fragmentación de la oposición beneficia únicamente a Macri y contribuye a su reelección”, algo que podría ser cierto de no ser porque Massa, al menos en las apariencias, hace tiempo venía jugando para Alternativa Federal, la marca comercial del peronismo republicano o anti – K. Hasta ayer, la estrategia consistía en fortalecer uno de los tercios electorales que se supone tallarían en octubre, de modo tal de evitar la polarización final entre los tercios del presidente y de los Fernandez.



La jugada no se entiende del todo o, mejor dicho, debe interpretarse en el sentido negativo, esto es, que el tigrense se encamina a romper con Juan Manuel Urtubey, Miguel Ángel Pichetto y Juan Schiaretti. Porque, si su voluntad continuase siendo la de participar en una gran PASO con los dos primeros y, desiderativamente, con Roberto Lavagna, el Congreso simplemente hubiera ratificado ese rumbo. ¿Para que prolongar las expectativas sobre una situación que, al menos en la teoría, ya estaba resuelta?

Esta suerte de post verdad (el afirmar que se hará algo que ya se tiene decidido no hacer) forma parte de un ajedrez esquizoide al que se ha acostumbrado a jugar la clase política. Massa, que luego de su paso por el gabinete de Cristina devino en uno de sus críticos más apasionados, ahora no descarta regresar al redil. Sus coartadas pasan por la imagen civilizatoria que supuestamente brinda Alberto Fernández y, siempre en el afán de justificarse, porque es hora de decirle basta al macrismo, aunque esto signifique abrazarse con quienes, hasta no hace mucho, denostaba.

Este tipo de conductas no son privativas de Massa. El propio Fernández adolece de similares tribulaciones, y muchos gobernadores se han olvidado de sus recientes lealtades al festejar como niños el improbable “renunciamiento” de Cristina. Es evidente que a la ya aburrida crisis de partidos que padece el país se le ha sumado otra, no menos preocupante, crisis de identidad de buena parte de la dirigencia política. Parece lícito, y aún prueba de sofisticado maquiavelismo, coquetear con posiciones antitéticas, jugando a lo Nixon con Mao Tse-Tung. Pero, al renunciar a cualquier tipo de posición de largo plazo, estos garrocheros políticos contribuyen, en forma sorprendentemente efectiva, a fomentar el cinismo con que el elector promedio recibe sus propuestas.

En lo inmediato, el zigzagueo massista tiene el efecto de debilitar el entramado de Alternativa Federal. Este espacio, que surgió con excelentes promesas y que recientemente festejara su apogeo con la reelección de Schiaretti, se encuentra en una encrucijada. Desvanecidas las expectativas de sumar a Lavagna y con el tigrense arropándose en complejas maniobras dialécticas, quedan sólo Urtubey y Pichetto como los últimos gladiadores. Para agravar el panorama, el cordobés acaba de ingresar en modo vacaciones (se anunció que serán convenientemente extensas) con lo cual tampoco estará el armador para ordenar cabezas y pasiones. Las fuerzas centrífugas amenazan la construcción que, veinte días atrás, parecía ser el apósito que cicatrizaría la famosa grieta.

A despecho de lo que pronostica Massa, no es la fragmentación lo que conviene a Macri sino la consolidación de un frente kirchnerista. Si el líder del Frente Renovador termina haciendo sus petates y uniendo sus fuerzas a las huestes de los Fernández, es de presumir que buena parte de su electorado tomará la dirección contraria. Como es improbable que se dirijan hacia los federales por la pérdida de masa crítica que se advierte, resulta verosímil que terminen recalando en puertos amarillos. El presidente observa con delectación los cantos de sirena que atraen a peronistas antes distantes hacia los despeñaderos de Cristina. Para él, cuanto más se refuerce la dicotomía entre el pasado y el futuro, menos gente se verá tentada a votar con la mirada puesta en el presente, demasiado ruinoso como para justificar, per se, su reelección.

Lavagna también colabora con el macrismo. Al persistir en su porfía, insuficientemente explicada, de marchar en soledad hacia la presidencia, contribuye a empequeñecer sus propias chances. La fuerza que lo postula, Consenso 19, es, en sí misma, la expresión de un oxímoron, toda vez no ha podido consensuar nada con nadie. Sin aparato ni dirigentes de nota a su lado, el exministro de Néstor Kirchner parece un globo que se desinfla simplemente porque se olvidó de atar con fuerza su extremo más angosto.

Con Alternativa Federal en una situación compleja, Macri bien podría exclamar que la de este año será una batalla entre él y los exministros de los Kirchner. Ninguna estampita podría resultarle más funcional. Fernández, Massa y Lavagna fueron funcionarios de primera línea del matrimonio santacruceño. Cristina está por detrás del linaje, iluminando con sus tibios rayos de luz a sus portaestandartes, desde atrás y desde lo alto, exactamente la visión de la vicepresidencia de la que imagina para sí. ¿Qué Lavagna no jugará para ella? No importa demasiado: está haciendo todo lo posible para que su postulación resulte intrascendente. Aunque todavía es prematuro, el presidente festeja este minué opositor con la misma intensidad que celebra la actual quietud del dólar.



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