Descolocada

De aquellos tiempos en que el imaginario del teatro de revistas todavía surtía efecto, proviene Moria Casán, una de las últimas grandes divas que pisó el escenario del Maipo y que ahora se reclama como pionera de un feminismo que hoy no encuentra motivos para reivindicarla.

Como desprendimiento del varieté, la revista porteña dio sus primeros pasos en las postrimerías del siglo diecinueve y gozó de gran popularidad por su tono picaresco y porque, a medida que pasaban los años, las bailarinas se mostraban con cada vez menos ropa. A partir de 1924, el teatro Maipo se erigió como el epicentro de esta clase de espectáculos, cuya vigencia se ha extendido hasta la actualidad, aunque ha sufrido sucesivas modificaciones de acuerdo a las tendencias en boga. De hecho, la temporada veraniega de Villa Carlos Paz suele incluir dentro de su oferta esta combinación entre humoristas procaces y ballets de cuerpos esbeltos. En tiempos en que las mujeres casaderas debían hacer gala de recato y pudor, las vedettes representaban un iestereotipo femenino que se encontraba en las antípodas de lo que prescribía la moral de la época. Rodeadas de plumas y lentejuelas, y apenas cubiertas en su intimidad, eran poco menos que deidades incalcanzables para esa platea masculina que asistía a los teatros y aplaudía sus contoneos. Por el sólo hecho de atreverse a tanto, desataban admiración y aparecían en las portadas de las revistas, aunque se las descalificara por lo bajo y se asociara su trabajo con el mundo de la prostitución. Llegados los años sesenta, el impulso de la liberación femenina alcanzó conquistas como la píldora anticonceptiva, la ampliación del mercado laboral y la universalización del derecho al voto. Pero también se inscribió dentro de ese fenómeno un aspecto que, aunque era considerado algo frívolo, no carecía de importancia: modas como la de la minifalda, los jeans y la bikini abrían la posibilidad de que las mujeres pudiesen administrar qué exposición le daban a su cuerpo, algo que hasta entonces estaba reservado a esas figuras del teatro de revistas y las actrices que osaban rodar escenas atrevidas. Desde aquellos años data esa confusión que hoy se ha hecho más explícita, en la que se interpreta la audacia en la vestimenta femenina como un ansia de seducción que debe ser complementada con galanteos por parte de los hombres. Esa sensualidad antes reprimida, gozaba ahora del derecho a ser expuesta en público, una conquista que muy pronto se volvió contraproducente, cuando muchos la tomasen como un gesto de complacencia para con el acoso. Así como las vedettes se sometían a las groserías de los capocómicos, las ciudadanas comunes debían aceptar que si se vestían de determinada manera, se transformarían en objeto de deseo y sufrirían las consecuencias. De esos tiempos en que el imaginario del teatro de revistas todavía surtía efecto, proviene Moria Casán, una de las últimas grandes divas que pisó el escenario del Maipo y acompañó en sus fechorías a las estrellas del humorismo nacional. Desde la década del setenta, ella viene sentando doctrina sobre la forma en que sus pares deben romper los límites impuestos por la moralina de la sociedad. Alguna vez fue vanguardia, cuando hace 25 años habilitó Playa Franka, un balneario nudista que causó revuelo por su proximidad con lugares tan populares como Mar del Plata. Sin embargo, con sus muy bien llevados 72 años, es probable que Moria no esté hoy a la altura de los valores que propicia la actual lucha feminista. Su discurso, anclado en determinada instancia de la evolución de ese movimiento, termina chocando con algunos preceptos que en estos días son considerados básicos por muchas mujeres. Y así se la ve, definiéndose como pionera de algo que, en su devenir, la ha dejado descolocada. Las vedettes que brillaron bajo las luces del teatro de revistas y estaban un paso más adelante que sus contemporáneas, son un símbolo de un pasado al que el presente no parece querer reivindicar.