Solitarios abstenerse

Como resultado del taller de creación colectiva que impulsó El Carro Producciones, la película “El último cuadro de Luz Belmondo” reúne las inquietudes de un grupo de personas que no se conocían antes de esta experiencia, y que asumieron todas las tareas que requiere elaborar un filme.

Por J.C. Maraddón
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En el medio audiovisual, la percepción del público deriva en una identificación de la obra con los rostros que aparecen en la pantalla, aunque no hayan sido esas personas las únicas responsables de lo que estamos viendo, ni mucho menos. Detrás de esos productos hay un equipo más o menos grande, conformado por expertos en las distintas áreas de las que se requieren elementos para dar forma a una película o a un programa de televisión. Sin embargo, las figuras convocadas para salir en cámara suelen ser determinantes al momento en que el espectador necesita contar con una referencia de esa producción.
En la TV, los conductores de los ciclos, sus panelistas, de la misma manera que ocurre con los actores de las telenovelas, son las caras visibles de esos contenidos y suelen ser sindicados como los responsables de su éxito o su fracaso. Más allá de que las circunstancias los sitúen en un rol central y que popularicen su imagen a partir de esa función que cumplen, rubros como el guion, la dirección de cámaras o la iluminación bien pueden ser determinantes en cuanto al destino que les cabe a estos programas, sin reparar en quiénes son sus protagonistas.
Por supuesto, esta regla tiene su correlato en el cine. Es muy probable que cualquier reseña de un filme vaya acompañada de los nombres de aquellos que desempeñan los papeles estelares de la historia. También es habitual que figure quién es el director y, si el espacio es generoso, tal vez se mencione al guionista. Generalmente, el resto del staff resulta desconocido para la mayoría, porque sus escasas posibilidades de salir del anonimato se reducen a los créditos finales de la película, que suelen pasar a gran velocidad y cuando casi todos se han retirado ya de la sala de proyección.
Son los famosos rubros técnicos, a los que siempre se menciona cuando se cronica la ceremonia de entrega de los premios Oscar, pero que muy pocos tienen en cuenta a la hora de elegir qué van a ver. Que algunos factores (protagonistas, realizador, argumento) incidan más que otros en esa instancia, no debería hacernos olvidar de que el arte cinematográfico, al igual que la industria, son el resultado de un trabajo colectivo, donde se conjugan voluntades y talentos que, al amalgamarse, terminarán conformando una obra digna de nuestro reconocimiento. Esto, que tan obvio parece, queda a veces opacado a raíz de los recursos que se usan para promocionar las películas.
La proyección de “El último cuadro de Luz Belmondo” en el Cineclub Municipal, tiene la virtud de dejar al desnudo esta particularidad del cine, tanto para la platea como para quienes llevaron adelante el proyecto. Surgido como resultado del taller de creación colectiva que impulsó El Carro Producciones, bajo la dirección general de Alejandro Cozza, Inés Moyano y Rosendo Ruiz, el filme reúne las inquietudes de un grupo de personas que no se conocían antes de esta experiencia, y que asumieron todas las tareas que requiere este tipo de emprendimientos, incluyendo la de ponerle carnadura a los personajes.
A partir de una historia que emerge de la rica veta de los relatos familiares, la trama se detiene en las vicisitudes de una pareja que ha decidido entrar en el trance de la convivencia, como parte de un recorrido en el que se develan crisis existenciales, amorosas y vocacionales de muy difícil resolución. En cartel hasta este miércoles, “El último cuadro de Luz Belmondo” es fruto de un proceso de aprendizaje, tanto de la manera en que se confecciona una película, como de la importancia que asume el aporte de cada uno de los involucrados en esa empresa, imposible de concretar en solitario.



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