De paso por una remota ciudad (Primera Parte)

En agosto de 1855 el marino estadounidense Thomas Page recorrió la llanura de la Confederación y atravesó la provincia y la ciudad de Córdoba a caballo, lejos de su barco llamado “Bruja del Agua”.



Por Víctor Ramés
[email protected]

Thomas Jefferson Page describió su visita a Córdoba en 1855.

Entre 1853 y 1860, según relata en su extenso libro La Plata, la Confederación Argentina y Paraguay (editado en Nueva York en 1859), el capitán de marina norteamericano Thomas J. Page realizó la exploración y relevamiento hidrográfico de los ríos Paraguay y Bermejo, sus zonas costeras y el interior argentino. La historia de ese viaje y sus vicisitudes políticas y expedicionarias ocupan muchas páginas de su obra y dos años de intensas experiencias, y en el capítulo XX el autor refiere su recorrido por tierra desde Buenos Aires y en dirección a Bolivia, y su paso por la provincia y la capital cordobesa. Thomas Jefferson Page pertenecía a la aristocracia del estado de Virginia enclavada en el sur esclavista, justo en vísperas de la Guerra de Secesión en los Estados Unidos, cuando realizó su viaje al mando del Water Witch (Bruja del agua) a la Sudamérica atlántica. La expedición reunía intereses científicos, cartográficos, comerciales y también políticos.
Lejos del mar y junto a otros jinetes surca Page la llanura entre Santa Fe y Córdoba y traspasan la frontera sin certeza de una línea divisoria. Atraviesan las postas intermedias hasta que llegan a la ciudad de Córdoba en agosto de 1855, orgullosos de haber recorrido a lomo de caballo “pese a ser marineros, las distancias que recorre el gaucho”. Con expresión más científica que de viajero, describe: “Córdoba se encuentra junto a la orilla derecha del río Primero (…) en una planicie a 378 metros bajo el nivel del Paraná en Rosario.”
La provincia es “uno de los estados del Oeste de la Confederación y una de ‘Las Provincias Arribeñas’ -una región conquistada y colonizada por los españoles del Perú” que permaneció “como parte del Virreinato del Perú hasta 1776, en que fueron anexadas al de Buenos Aires”, explica el capitán. Y agrega una elucubración personal sobre su población, la que “a falta de datos confiables, debe ser estimada en unas 100.000 almas, de las cuales la capital contiene 15.000. Este estimado está por debajo de lo que le asignan algunos, y sin embargo podría ser considerado excesivo cuando se piensa en los 85.000 habitantes que determinó hace treinta años un censo, en esta parte del país que ha sido desde entonces despoblada por las guerras civiles y la persistente hostilidad de las tribus del Chaco. Mulas y algodón -el último de gran calidad- han sido las únicas exportaciones, pese a que los productos de la región son tan variados como sus características físicas: trigo y caña de azúcar alcanzaron gran perfección, pero las dificultades de transporte han limitado sus cultivos a la demanda de la población local.” Sobre esta cuestión del transporte, recuerda que “la ruta del ferrocarril está siendo tendida desde la ciudad de Córdoba hasta la de Rosario la cual, una vez se complete, no sólo facilitará enormemente el comercio, y hará mucho por el estrechamiento del tejido político, sino que pondrá límite a las incursiones predatorias de los indios”. En otro párrafo expresa su impresión de que “el espíritu de progreso ha alcanzado hasta esta remota región”.
Referido a la ciudad capital, los apuntes de Page señalan que ésta “se tiende según el plan prescripto por las leyes de Indias. Calles rectas y angostas que se intersecan unas a otras en ángulos rectos, formando cuadras de 150 yardas (unos 137 metros) cada una. Las casas mejores son de piedra, de un solo piso y construidas en torno a pasillos hacia los cuales dan las habitaciones”. También alude a su casi nulo contacto con la vida cotidiana de cordobeses y cordobesas: “En ningún momento de mis idas y venidas tuve mucha oportunidad de ver la vida doméstica de estos habitantes. Pero si puedo juzgar a partir de conocer la vivienda del Sr. X, gozan de todos los lujos usuales en ciudades de tamaño similar. En efecto, se veían artículos manufacturados en otros países, cuyo transporte debe haber costado una pequeña fortuna”.
Cierto encanto adquiere su relato de una visita al Paseo Sobremonte: “Acompañé a Madame XX y a sus dos bellas hijas a un paseo a la Alameda, un cuadrado de unas 150 yardas, adornado por un lago en miniatura y hermosos árboles. Una banda de música y una multitud de personas, entre las cuales había mujeres muy atractivas, ofrecían una escena animada. El anunciado acto de botar un barquito en el lago parecía absorber el interés y la conversación general.”
Y se impone a su vista la presencia de la Córdoba religiosa: “Los principales edificios públicos son la catedral y otras nueve o diez iglesias, cada una de unas 150 yardas cuadradas. También hay varios conventos con terrenos detrás de muros de unos veinte pies de alto (siete metros aproximados). Muchos escritores españoles aluden a la ferviente religiosidad de los Cordobeses, un rasgo que tal vez aún conservan; Me dijeron que la riqueza de las iglesias y establecimientos monásticos fue muy grande, producto generalmente de donaciones y legados de mujeres.”
La presencia jesuítica también salta a su relato: “Las posesiones y rentas de los Jesuitas en la provincia fueron vastas. Ahí estaba el Colegio Máximo, por más de un siglo el principal sitio de aprendizaje en el Plata; y también la famosa biblioteca destruida sin sentido y desperdigada al tiempo de su expulsión. La Universidad de Buenos Aires pudo establecerse gracias a los libros confiscados, mientras que la de Córdoba se redujo a la sola existencia de un establecimiento provincial conocida como el Colegio Monserrat. Fui conducido en una visita por uno de los profesores, y quedé sorprendido por la extensión y el carácter imponente del edificio. Tras pasar por varias habitaciones vacías, entramos a la iglesia, cuyo interior mostraba recuerdos de un gran esplendor. El techo lucía ricas pinturas al fresco y las paredes -en realidad todo espacio disponible- estaba cubierto de pinturas, muchas de ellas veladas y afectadas por el tiempo y también por la desidia. Una Crucifixión y una Última Cena estaban en buenas condiciones y eran trabajos de gran mérito.”



Dejar respuesta