La vara más alta

La ópera rock “Tommy”, del grupo de The Who, cumplió ayer 50 años desde su debut discográfico, y semejante aniversario impulsa a reflexionar sobre las motivaciones que pudieron haber llevado a una banda inglesa de rocanrol a encarar un proyecto de tamaña envergadura.

Por J.C. Maraddón
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Después de haberse asomado a mediados de los años cincuenta como una música divertida y bailable, una década más tarde el rock entró en una espiral ascendente en cuanto a sus pretensiones artísticas, que impulsaron a sus cultores a experimentar más allá de las potencialidades que el género tenía en sus inicios. Muchos de esos mismos chicos que, fascinados con el blues y otros estilos afroamericanos, habían compuesto un repertorio de canciones para que todos cantaran y danzaran, salieron de su zona de confort en búsqueda de nuevos estímulos que encendieran al máximo los motores de su creatividad, a partir de las libertades expresivas que ellos mismos se habían ganado.
Lo más probable es que, llegados a cierto grado de profesionalismo, les haya caído muy poco en gracia que en los círculos más elevados de la cultura se siguiera considerando al rock como una manifestación menor, apenas digna de satisfacer las necesidades del entretenimiento. Mientras tanto, las formas más atrevidas del jazz y los conciertos de música clásica continuaban gozando de un prestigio que parecía reservado a los prodigios indiscutidos, en contraste con los ídolos de rock que cautivaban al público gracias a su carisma y la empatía de los jóvenes con sus letras.
Con los Beatles a la cabeza, incorporando arreglos de cuerdas a sus composiciones y coqueteando con la vanguardia sonora, la comunidad rockera inició un proceso de despegue que la extrajo de sus elementales raíces y le franqueó el ingreso a esa mansión olímpica donde sólo la genialidad tenía cabida. Se redujo la distancia entre la elite y las figuras populares, que también se mostraban capaces de desarrollar improvisaciones a la manera del jazz o que podían abordar composiciones en clave sinfónica, sin perder por ello su estatus de estrellas de moda para la masa juvenil que las acompañaba en su crecimiento.
Así dio comienzo un movimiento que fue definido como “progresivo” y se asimiló como una especie de convergencia entre lo clásico y lo rockero, que sedujo primero a la intelectualidad y a la crítica, para luego vivir un periodo de bonanza hasta que el punk lo demolió hasta sus cimientos. Y como parte de ese fenómeno de canonización rockera, se verificó también una aproximación a un formato como la ópera, tan apreciado por los melómanos de la vieja escuela y en apariencia tan poco accesible para el gusto (y el oído) de las nuevas generaciones.
Aunque todavía sigue siendo frecuentado como recurso creativo, la ópera rock vivió su etapa de apogeo entre finales de los sesenta y principios de los setenta, cuando el atrevimiento de las camadas de nuevos artistas parecía no encontrar límites y el desafío estaba en romper todas las barreras que interrumpieran su paso. Una de las obras más representativas de esa tendencia, “Tommy”, del grupo de The Who, cumplió ayer 50 años desde su debut discográfico, y semejante aniversario nos impulsa a reflexionar sobre las motivaciones que pudieron haber llevado a una banda inglesa de rocanrol a encarar un proyecto de tamaña envergadura.
Inspirado por su propia historia personal, el guitarrista Pete Townshend compuso esta pieza conceptual, en la que cataliza los padecimientos de una niñez traumática y aporta un repertorio que, a esta altura ,ya es patrimonio universal. Sobre una temática tan grave como el abuso infantil y bajo el aspecto insólito de una ópera, en 1969 The Who elevaba un poco más la vara de la evolución rockera y contribuia a la madurez de un género que no mucho tiempo antes apenas si se preocupaba por el ritmo y el magnetismo de los estribillos, para conquistar el corazón de su adiencia.



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