¿En qué piensa Lavagna?

Puesto blanco sobre negro, Lavagna no tiene por delante una decisión particularmente difícil: o va a las PASO con los federales o se resigna a una elección mediocre e intrascendente. Algo de esto debe estar barruntando por estas horas.

Por Pablo Esteban Dávila

No es una pregunta retórica. Es, en rigor, “la” pregunta. Saber exactamente en qué piensa Roberto Lavagna cuando dice lo que dice y hace lo que hace es la clave de bóveda para entender un pensamiento estratégico que, hasta el presente, tiene bastante poco de racional.
Es evidente que el objetivo del exministro de Néstor Kirchner es ser ungido candidato por aclamación. Aunque no se conozca quienes serían, en propiedad, los aclamadores (un tema en absoluto menor), la pretensión luce como desproporcionada. Lavagna fue un buen ministro que dejó una excelente imagen, pero hace ya quince años de su mejor momento. Su candidatura a presidente en 2007 cosechó muchos votos en Córdoba, pero, a nivel nacional, no superó el 17%. Hay casi una generación que no lo conoce ni disfrutó de sus dotes de economista.
Dicen que esta veleidad es hija putativa de un legendario narcicismo. Que tal idolatría de sí mismo le impide pensar con ecuanimidad sobre la importancia de la hora. Que, dicho con malicia, la fórmula que gustosamente encabezaría sería la de “Lavagna – Espejo”. Todas habladurías. Pero, objetivamente, hay algo en el diseño de su candidatura que no termina de encantar. Ni a las mayorías populares ni a sus potenciales aliados.
Lavagna cree que él tiene la responsabilidad histórica ser el candidato anti-grieta, como si fuera un émulo del Perón del ’73. Tiene todo el derecho del mundo a pensarlo, pero está lejos de ser una visión realista. Basta repasar las matemáticas electorales: un tercio kirchnerista, un tercio de Cambiemos (no obstante que golpeado) y otro tercio potencialmente afecto a algo así como un peronismo republicano. Los dos primeros son refractarios a la idea de Lavagna presidente; no hay que ser particularmente sagaz para entenderlo. Queda el tercio restante. Como todo indica que el próximo presidente de la Nación surgirá tras dos vueltas electorales, sólo tendrán chances los tercios que sobrevivan a la primera, esto es, el primero y el segundo. ¿El tercero? Gracias por participar.
Hasta ahora, las encuestas señalan que la puja presidencial se encuentra entre la fórmula Fernández – Fernandez y Macri – incógnita, lo que equivale a decir que el panorama es más o menos similar a la dicotomía de 2015, excepto porque ahora Cristina será candidata, aunque voluntariamente recluida a la vicepresidencia. Las chances de Alternativa Federal y de Roberto Lavagna es irrumpir, a modo de cuña, entre estos polos opuestos y pasar al ballotage contra cualquiera de ellos. Si esto efectivamente sucediese, la presidencia quedaría a tiro de cañón.
Y aquí está el dilema. Alternativa Federal tiene tres candidatos (Massa, Urtubey y Pichetto) y un cuarto en las gateras (Daniel Scioli). Todos desean competir en las PASO -hay dudas sobre el tigrense- porque, entienden, el que gane saldrá fortalecido. Lavagna, que está solo y espera, no quiere saber nada con medirse contra ellos, sin que exista una explicación convincente para tal solipsismo.
Es difícil explicar de por qué lo que es bueno para cuatro (las PASO) no lo es para el exministro. Su aspiración de ser ungido por consenso ha desaparecido y, si se postula en soledad, todo indica que repartirá votos con sus primos de Alternativa Federal. Puede que, siendo optimista, garrapiñe algún sufragio de los radicales descontentos con Cambiemos o de algunos kirchneristas vergonzantes, pero estos no serán significativos. Lavagna resta del tercer tercio, así como el tercer tercio es restado por Lavagna. A estas alturas, afirmarlo suena a Perogrullo.
Sin embargo, el hombre resiste a esta certeza, como si los federales fueran a declinar a favor suyo, al final de una larga carrera de resistencia, sus aspiraciones antes de llegar a la meta. Si esto sucediese, no sólo harían de Lavagna un candidato rengo sino que, por el mismo precio, terminarían de arrojar los restos del PJ republicano al kirchnerismo. Sólo las PASO pueden solucionar este atolladero. Después de todo, para eso fueron diseñadas.
Lavagna puede perderlas, es cierto, pero también ganarlas. Si esto finalmente ocurriese surgiría realmente fortalecido, se supone que con el compromiso de los perdidosos de acompañarlo en la recta final. Sería, con justo título, el líder del tercio ahora acéfalo, el candidato de unidad con el que siempre soñó el peronismo no kirchnerista y al que adheriría cierto voto útil del macrismo desencantado. No es un tema menor. Tal lógica aplicaría, quizá con menor efusividad, al triunfo de cualquiera de los demás.
Puesto blanco sobre negro, Lavagna no tiene por delante una decisión particularmente difícil: o va a las PASO con los federales o se resigna a una elección mediocre e intrascendente. Algo de esto debe estar barruntando por estas horas, habida cuenta sus recientes y contradictorias declaraciones -pasó de afirmar que “Alternativa Federal es un capítulo que está cerrado” a asegurar que “No hubo ruptura; todos los diálogos están abiertos, las puertas están abiertas”. Es un hecho que no le conviene cerrar las únicas capaces de proporcionarle un futuro político concreto.
Sería recomendable que, durante el tiempo que todavía media hasta la presentación de listas, el economista mudase de lecturas y recalara en la filosofía escolástica. En ella podría encontrar el principio denominado “Navaja de Ockham”, que postula que “la explicación más sencilla es probablemente la explicación correcta”. En su caso no hay dudas: lo más simple es ir a las PASO con Alternativa Federal lo que, adicionalmente, es lo correcto desde el punto de vista político. Todo lo demás es agregar complejidad a un escenario naturalmente refractario a quienes desean quebrar, de buena fe, la lógica binaria entre kirchneristas y antikirchneristas.
Claro que puede ignorar el axioma y continuar vagando como un pastor sin rebaño. Cada uno hace lo que quiere. Pero esto es garantía de anomia electoral, de seguro fracaso. A ningún político, salvo que sea un auténtico diletante, le gusta perder las oportunidades que la fortuna o el mérito suelen depararle fugazmente. Lavagna se encuentra a un paso de hacerlo si insiste en comportarse como el Llanero Solitario de las presidenciales. No estaría de más recurrir, en este supuesto, a otra navaja, esta vez a la de Hanlon: “nunca hay que atribuir a la malicia lo que pueda ser adecuadamente explicado por la estupidez”. No hace falta agregar más nada.



1 Comentario

  1. LAVAGNA piensa …… en varias cosas, piensa en donde están su seguidores a los que el aludió……. haber los seguidores de LAVAGNA avísenle que uds lo andan buscando…….. jajajajajajajajaja – la sombra lo sigue y dentro de poco NO habrá más sombra, el cementerio esta lleno de imprescindibles . me parece que LAVAGNA y SCHIARETTI están GA GA – uno cree que tiene muchos seguidores, pues el otro también cree que poniendo a TINELLI va a juntar muchos votos……..

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