Vuelta a lo natural

En Edimburgo, Escocia, se realizó el fin de semana pasado el festival de música electrónica Fly Open Air, en el que se prohibió el ingreso con teléfonos móviles, en tanto que la cantante Halsey realizó una función en la que invitó a la gente a no utilizar sus equipos durante el concierto.



Por J.C. Maraddón
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Desde que los teléfonos móviles se transformaron en smatrphones y permitieron, entre otras cosas, sacar fotos y grabar videos, el paisaje de los conciertos musicales cambió por completo. Primero se insinuó una utilización minoritaria de los celulares durante los shows, que luego pasó a ser masiva, como un elemento indispensable para cualquier fan que se precie de tal. Muchos años después, hoy casi no se concibe la realización de un espectáculo musical en vivo que no ofrezca, frente al escenario, una multitud de personas con sus teléfonos en alto, en busca de capturar un registro que después irá a parar a las redes sociales.

Se tiende a pensar que esta costumbre forma parte de los rituales consumistas de las nuevas generaciones, pero a esta altura no parece ser un hábito que se restrinja por la edad, la educación ni la clase social: con sólo asistir a un evento artístico basta para comprobar que una gran parte del público repite este tic casi mecánicamente. De tan reiterado y popular, esto ha sido incorporado casi sin remilgos, como si completara una experiencia que antes finalizaba con los aplausos y los bises, y que ahora recién culmina cuando se comparte a través de un posteo.

Mucho se ha escrito y analizado sobre este fenómeno, aunque en un gran porcentaje de esos enfoques asoma el prejuicio de que todo tiempo pasado fue mejor y que fotografiar o filmar los recitales es tan sólo una expresión de frivolidad innecesaria. Si sólo se intentara tomar fotos y videos de los conciertos, tal vez cabría la posibilidad de sacar conclusiones más simples, pero estamos frente a una tendencia que abarca tanto situaciones públicas como íntimas, por encima del negocio de la música. Las imágenes de los conciertos son apenas un componente de esa exposición indiscriminada que ilustra nuestras biografías. Más allá de las críticas que intentan circunscribir esta práctica a un rito generacional, desde los propios adictos al registro telefónico intensivo han surgido reflexiones que, en muchos casos, los llevaron al extremo contrario, es decir, a apagar su teléfono.

Circulan por la web escritos que se basan en la teoría llamada Dark Forest y la aplican a los celulares. Así como el universo podría ser una especie de bosque oscuro, silencioso pero lleno de vida, donde sólo los terrícolas nos pavoneamos de enviar señales al exterior revelando nuestra existencia, de la misma manera como usuarios de redes ponemos en evidencia nuestra privacidad sin contemplar los peligros que eso podría acarrearnos. La divulgación de estas hipótesis conspirativas se empieza a reflejar en algunas decisiones que han tomado al respecto, no las autoridades ni la policía, sino los propios organizadores de los shows y hasta los mismos artistas, que convocan a los fans a asistir… siempre y cuando se comprometan a no hacer uso de artilugios tecnológicos. En Edimburgo, Escocia, se realizó el fin de semana pasado el festival de música electrónica Fly Open Air, en el que se prohibió el ingreso con teléfonos móviles, en tanto que la cantante Halsey realizó una función en la que invitó a la gente a no utilizar sus equipos durante el concierto. La idea, que en un caso es impuesta y en el otro es sugerida, consiste en volver a experimentar la sensación de apreciar música en directo, sin que las pantallas se instalen como intermediarios entre el escenario y la platea. O sea, tratar de evitar ese elemento artificial que, tras el objetivo de registrar un momento único, termina impidiendo que ese instante haya sido un hecho real, porque el espectador no vio lo que estaba pasando, sino que lo percibió mediante un visor.



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