La ciudad en la libreta de un inglés (Primera Parte)

En enero de 1826 pasa por Córdoba el viajero Edmond Temple, que habla y entiende bastante bien el español y viaja con dirección al Alto Perú contratado por la recién fundada empresa minera “Potosi, La Paz and Peruvian Mining Association”.

Por Víctor Ramés
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Edmond Temple hace el recorrido habitual de los visitantes europeos que van de Buenos Aires hacia el Noroeste, y la campaña cordobesa le sale al encuentro al cabo de un largo viaje por la llanura, y luego descubre la capital de Córdoba, como al fondo de un inesperado pozo:

“Por la mañana temprano percibimos el final de una planicie vasta como el océano, sobre la cual habíamos recorrido más de quinientas millas. Grandes montañas azules aparecieron delante de nosotros en el horizonte, y fueron saludadas por nuestro grupo con sentimientos similares a los de aquellos excitados por el descubrimiento de tierra tras un viaje por mar. A medida que avanzábamos, el escenario se volvió de verdad grandioso; y fue animado de repente por la aparición de la ciudad de Córdoba, situada en un profundo valle sobre la orilla de un río, y extendida como un vasto panorama frente a nosotros.”

Temple llevaba cuidadosos apuntes de viaje, un tipo de diario inspirado por la experiencia y la actitud del enorme Alexander von Humboldt, naturalista y viajero explorador que había recorrido las Américas del Sur y del Norte bien a comienzos del siglo XIX. Si Humboldt había comenzado su carrera vinculado a la actividad minera, Temple, por su parte, no tenía la menor idea sobre minas, aun cuando su viaje era financiado por una compañía inglesa empeñada en explotar esos yacimientos de oro y plata potosinos que ya habían financiado guerras europeas, durante el largo dominio español. Parece ser que su única calificación para obtener contrato en el Perú fue su dominio del idioma español. Cabe mencionar que Edmond Temple había revistado como dragón del ejército español y peleado contra los patriotas de estos pagos, durante las guerras por la Independencia. El ahora viajero civil de 1826 publicaría sus anotaciones en Londres en 1830, en la casa de Henry Colburn & Richard Bentley, en dos volúmenes: Travels in various parts of Peru, including a year’s residence in Potosi.



Su estadía en la ciudad de Córdoba fue de una semana y su crónica permite a lectores y lectoras caminar casi a su lado por la ciudad, dieciséis años después de la Revolución de Mayo, y percibir a través de sus ojos las impresiones que ésta le produce. Tras avistar la capital en lo hondo del valle, los viajeros debieron descender “una larga colina empinada, en la que fue necesario apearse, y poco después llegábamos a un hotel en el centro de la ciudad, donde encontramos las comodidades y atención que anhelábamos. El camino, o al menos la huella de Buenos Aires a Córdoba podría, sin mucho esfuerzo, acortarse en casi cien millas (…) Córdoba es una ciudad prolija y respetable, pero no puede compararse con su importancia en tiempos de los Jesuitas, quienes tuvieron aquí sus cuarteles generales por muchos años y adquirieron inmensas posesiones a lo largo y lo ancho de esta bella provincia. Esos padres, ya sea para pomposa exhibición de su religión impuesta o para beneficio de las almas de sus habitantes, erigieron una gran catedral, diez grandes iglesias y varios conventos espaciosos para ellos mismos, para los frailes dominicanos, para los frailes Franciscanos y monjas, así como un importante y extenso colegio para la instrucción jesuítica. Todos ellos estuvieron ricamente dotados, pero en la actualidad son realmente pobres.”

Antes de continuar con su exploración por las instituciones de la ciudad, hace Temple un alto para escribir lo que ha averiguado y visto sobre sus habitantes, en un rico párrafo sobre vida y costumbres: “La población actual de Córdoba puede ser estimada en alrededor de trece mil personas. Sus habitantes son amables y amigables con los extranjeros: el clima es bueno y el estado general de la atmósfera seco, aunque la temperatura está sujeta en ocasiones a grandes variaciones. El mercado está bien provisto de productos y la vida en general es bastante razonable aquí. Una familia de diez o doce personas puede alquilar una casa en la ciudad de Córdoba y vivir de una manera respetable, con un ingreso de tres a cuatro mil libras al año. Esto los habilita a moverse en los círculos más altos de la moda, y a mantener con lujosa añadidura un coche parecido al de un alcalde, dorado cuidadosamente y tirado por cuatro buenas mulas, para que se muestren las señoritas en torno al paseo público, al cual todos los distinguidos de la ciudad asisten en sus ropas más finas para pasar las deliciosas tardes de verano, y donde el más quisquilloso gusto europeo no encontrará nada que objetar, ya sea en las maneras como en la vestimenta de la sociedad, en la que los visitantes a toda hora cuentan con la seguridad de una atenta bienvenida”.

Las inclinaciones intelectuales de Edmond Temple dejan datos sobre el estado de las bibliotecas de la ciudad, que no pasaban por un buen momento: “Durante nuestra estadía de una semana en Córdoba, visité todos los conventos, con la esperanza de revisar libros antiguos, viejos manuscritos e impresos o viejas pinturas, pero sin el menos éxito.  Los propios poseedores no sabían lo que tenían, y lo que quedaba en las bibliotecas (pues hoy son verdaderas ruinas) estaba muy lejos de lo que esperaba, considerando su importancia anterior. En el Colegio de los Jesuitas, revolví una habitación que contenía lo que los actuales poseedores llaman libros antiguos, de arriba abajo, no dejando un libro sin examinar entre cerca de dos mil volúmenes. Lo que pude ver fue que por lejos el mayor número era sobre temas místicos de la fe católica, la Historia de los Santos, y la Vida de Ignacio de Loyola.

En otro orden, da noticia Temple sobre personas esclavizadas de etnia africana en Córdoba, cuando afirma que “durante mi estadía en Córdoba, hice todo el esfuerzo de conseguir un sirviente, y tuve dos o tres esclavos a prueba; pero encontré inútil inducirlos a ceder en sus hábitos sucios y perezosos, a los que me resultaba imposible someterme. Un sirviente aquí te consideraría un monstruo si desaprobases que fume en tu presencia, o que se tome familiaridades que en Inglaterra serían consideradas más que fuera de lugar.”



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