Un plan Marshall para Cambiemos

Después de haber soportado sin inmutarse una seguidilla de derrotas en diferentes provincias, de las cuales Córdoba resultó la más resonante, los operadores presidenciales parecen estar saliendo del letargo.

Pablo Esteban Dávila

Después de haber soportado sin inmutarse una seguidilla de derrotas en diferentes provincias, de las cuales Córdoba resultó la más resonante, los operadores presidenciales parecen estar saliendo del letargo. Este revival es fácil de explicar. A la Casa Rosada sólo le interesa octubre y los distritos que les son afectos, esto es, la provincia de Buenos Aires y la Ciudad de Buenos Aires. Desde el presidente de la Nación hasta el último de sus funcionarios se juegan la cabeza en este trance.
En esta clave debe entenderse la reunión que Marcos Peña mantuvo ayer con Mario Negri. La convocatoria al diputado fue para conversar sobre el futuro de Cambiemos, esto es, sobre cómo deberá reestructurarse el espacio para servir de plataforma, otra vez, a las ambiciones de Mauricio Macri.
No es casual que haya sido Negri el primer convocado. Fue el candidato predilecto del poder amarillo en una provincia nominalmente macrista. Sin embargo, su nominación terminó en un fiasco mayúsculo, con una inapelable derrota a manos de Juan Schiaretti y, de yapa, con la libanización de los cambiemitas mediterráneos.
Todo indica que la reunión con Peña fue la antesala de un próximo cónclave con Macri, con quien Negri deberá profundizar el asunto. Pero esto no significa una preferencia excluyente. Ramón Mestre también sería de la partida, aunque, seguramente, con una diferencia de algunos días. El presidente necesita recomponer puentes con el intendente de Córdoba de cara a los desafíos electorales que se aproximan.
Ni Peña ni Macri consideran que estos encuentros sean una buena ocasión para la autocrítica. Lo pasado pisado. Por el contrario, la consigna es cómo reconstruir Cambiemos, tanto en Córdoba como en el resto del país. Esto supondrá rondas de conversaciones más amplias, que deberán incluir, forzosamente, a otros dirigentes de los partidos consociados.
El problema de esta estrategia reside en que la reconstrucción que se pretende supone, previamente, la reconstrucción de la UCR. Sin el radicalismo, Cambiemos regresa a su previa condición de fuerza vecinal porteña. Los radicales conocen perfectamente esta debilidad del oficialismo y, en la próxima convención nacional de la fuerza, explorarán al máximo las posibilidades que tienen por delante.
Una de ellas es romper con el presidente y sus adláteres. Aunque no parece ser la posición mayoritaria, los que proponen esta alternativa han ganado espacio en relación directamente proporcional a la caída en la imagen de Macri. Dos años atrás plantear el asunto era una quimera; hoy ya no lo es tanto.
Adicionalmente a las dificultades del gobierno, debe sumarse el hecho de que nadie en el círculo íntimo del presidente hizo gran cosa, desde diciembre de 2015, para contener a sus aliados. No es una novedad afirmar que los radicales se han sentido convidados de piedra en lo que a asuntos del poder se trata. Por citar sólo una de las pruebas de confianza fallidas, ninguno de los intentos por conformar una auténtica mesa política ha funcionado. Para ellos ni Macri ni, mucho menos, Peña, se han preocupado por el bienestar de sus socios durante estos años.
Es por esta razón que los intentos de contención que se despliegan por estas horas son recibidos con alguna disonancia. ¿Recién ahora el radicalismo es importante? ¿Porqué debería colaborarse en la reconstrucción que se proyecta cuando, hasta ahora, el propio gobierno no ha hecho gran cosa para contener a sus dirigentes?
Negri es el representante de la posición más proactiva, la que se dispone a apoyar activamente los propósitos presidenciales en la Convención. Mestre, en cambio, se enrola dentro del ala más escéptica, aunque dispuesto a aceptar transacciones debido a su reciente traspié. Ambas posiciones, fácilmente extrapolables a los convencionales de las demás provincias, podrían lograr que quienes pugnan por salir de Cambiemos queden en una inquietante minoría. Todo dependerá, en definitiva, del poder de persuasión del sector político del gobierno, de momento bastante devaluado.
Es interesante observar que no sólo la crisis ha impactado negativamente sobre los espíritus radicales, sino que también lo han hecho las acciones -y no únicamente las omisiones- del macrismo. Piénsese únicamente en el horizonte electoral. Ya desde la elección neuquina, el gobierno hizo saber que sería relativamente prescindente de lo que ocurriera tierra adentro y que sus aspiraciones centrales giraban en torno a las presidenciales de octubre. Aceptables o no, eran las reglas de juego que se pusieron sobre la mesa.
El gran problema es que no se cumplió con este apotegma voluntario. Sin plan ni estrategia territorial, sus operadores se inmiscuyeron torpemente en realidades territoriales en las que sólo la UCR podía tallar. Córdoba es el ejemplo más vívido, pero también Horacio “Pechi” Quiroga podría lamentarse estas improvisaciones amarillas. Todavía produce vergüenza ajena recordar el ridículo tour de Elisa Carrió respaldando a Negri y sus consecuencias para la entente local. Si el propósito era concentrarse en la “gran octubre”, ¿a guisa de qué terminaron entormetiéndose en asuntos políticos que sólo concernían a sus socios?
En resumidas cuentas, el gobierno tiró una bomba dentro de la coalición y ahora pretende restañar las heridas con una suerte de Plan Marshall pocos días antes de la Convención radical. Parece una jugada bastante torpe (lo es), pero no intentarlo tampoco sería prudente. Es mucho lo que está en juego.
Los destinatarios de esta repentina benevolencia tienen algunas opciones entre manos, pero, puestas sobre la mesa, tampoco son tantas. Básicamente se reducen a tres: permanecer en Cambiemos, irse con Lavagna o presentar candidatos propios para las presidenciales. La tercera estaría descartada: el recuerdo de la suerte de fórmula Moreau – Losada es imposible de hacerse a un lado. La segunda tiene sus defensores, algunos importantes, pero el exministro de Néstor parece demasiado entornado por el peronismo federal, lo que potencialmente sugiere el nombre de Schiaretti. Queda la primera como la más realista.
Y es aquí donde las aguas se bifurcan. Algunos dirán que debe aceptarse la candidatura de Macri como el mal menor, pero otros, sin renegar de esta posibilidad, reclamarán porque se habiliten las PASO para que, por ejemplo, Martín Losteau pueda participar. Esto salvaría el honor del partido sin liquidar a Cambiemos. ¿Aceptaría el presidente esta opción? ¿Juzgarían sus principales espadas aceptable asumir este riesgo ante la perspectiva de una catástrofe si la UCR abandonase el barco? El macrismo deberá esforzarse mucho en las próximas horas para despejar las susceptibilidades que, con particular constancia, se ha esmerado por inocular dentro del centenario partido.



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