La Corte coquetea con el verdugo



Por Javier Boher
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Con su decisión de proteger a la ex presidenta la Corte deja a la vista que las amenazas de reforma del Poder Judicial esbozadas por el kirchnerismo han sido minimizados por la mayoría de sus miembros.
A partir de las series televisivas y las películas sobre densas tramas policiales, el común de la gente se fue familiarizando con lo que se conoce como Síndrome de Estocolmo. Según la psicología, es la reacción por la cual la víctima de un secuestro empieza a sentir afecto por sus captores, una vez que estos empiezan a mostrar ciertos rasgos de humanidad para con ella.
Este concepto se ha ido utilizando para cada vez más situaciones, las que exceden aquello para lo que se la pensó originalmente. Su popularización permitió una adaptación a las más variadas situaciones, pero especialmente a las que tienen que ver con la política. Es que todos somos, en algún punto, rehenes de los tomadores de decisiones.
Algo de esto es lo que parece verse en la decisión de la Corte Suprema de Justicia de la Nación de pedir el expediente del juicio oral a la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner que debería iniciar el próximo martes. La justificación que brindó el máximo tribunal es que buscarán determinar si existen errores procesales que puedan invalidar el resultado.
La descabellada maniobra ocurre tan solo un par de días después de que numerosas figuras del espacio kirchnerista plantearan la necesidad de una reforma constitucional que limite las atribuciones del Poder Judicial y lo convierta en un apéndice adicto al gobierno de turno, tal como se analizó ayer en este mismo medio.
Por supuesto que nadie desconoce la naturaleza política del Poder Judicial, que vela por sus propios intereses e intenta condicionar la labor del gobierno. Es sabido que nadie asciende en su seno basándose exclusivamente en el mérito intelectual ni en su probada y férrea moral, sino que entran en juego habilidades personales y contactos sociales.
Lo que llama la atención es la forma en la que, como si estuviesen viviendo una especie de Síndrome de Estocolmo antiinstitucional, deciden jugar una ficha en favor de quien está afilando la guillotina mientras espera que las urnas decidan si les toca regresar al poder o mirarlo desde el llano. Es incomprensible la maniobra por la que coquetean con el verdugo.
A esta altura del partido, la decisión del supremo es demostrar el margen de acción con el que cuenta para definir los tiempos de la política. Se sabe que en el sistema republicano de frenos y contrapesos, el Poder Judicial es el que se encarga de poner límite a las más avanzadas iniciativas que pretenden alterar el status quo. Sin dudas, la maniobra del martes pone un freno a los deseos del gobierno de que se avance en las causas contra la corrupción del gobierno anterior.
Afortunadamente, esta vez la Oficina Anticorrupción y el fiscal de la causa elevaron sus reclamos por un elemento que debería hacer desistir a la Corte de su pedido. Es que todo el expediente se encuentra digitalizado, lo que haría innecesario el traslado del expediente físico hacia las dependencias del máximo tribunal.
Las interpretaciones políticas sobre el gesto para con la ex presidenta están a la orden del día. La mayoría de los analistas sostiene que lo que pretenden es evitar la foto de Cristina Kirchner acudiendo a rendir cuentas ante la justicia, toda una inyección de vitalidad para el languideciente proyecto de Cambiemos.
La decisión demuestra, además, que Carlos Rosenkrantz no ha podido hacer pie como presidente del tribunal, por lo que la conducción real todavía se sostiene en Ricardo Lorenzetti (señalado por muchos como el verdadero protector judicial del kirchnerismo).
Este nuevo revés para el conductor formal del cuerpo lo deja expuesto como un individuo sin poder, pero con su nombre grabado en cada jugarreta del estilo, motivo por el que circuló fuertemente un rumor de renuncia a su cargo. Desde su llegada a la presidencia nunca logró imponer la agenda judicial del gobierno.
Por lo tanto, la naturaleza política del Poder Judicial, sumada a las intrigas palaciegas del supremo, han generado esta absurda situación por la cual cuatro de cinco miembros de la Corte Suprema de Justicia han dado su apoyo a quien ya se mostró dispuesta a ponerse el traje del verdugo. Si los responsables de velar por nuestra integridad son incapaces de hacerlo por la de ellos, habrá que prepararse -como en el pasado- para ver a las hordas regocijándose ante las ejecuciones.



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