El extraño masoquismo que adolece Macri con Juez

El domingo en la noche, mientras el gobernador festejaba su histórico triunfo en la provincia y en la Capital, los mentideros políticos especulaban sobre cuánto demoraría Juez en traicionar, una vez más, al presidente y a lo que queda de Cambiemos.

Por Pablo Esteban Dávila

La inclusión de Luis Juez dentro de Cambiemos siempre se antojó como forzada. No hace tanto tiempo atrás parecía ser una opción decididamente distante del macrismo, especialmente tras sus pasos en la transversalidad kirchnerista o sus coqueteos con el socialismo santafesino en 2011, después de haber militado, brevemente, en las huestes de Pino Solanas. Desde un punto de vista ideológico, hacia comienzos de 2015 Juez estaba en las antípodas del macrismo.

Sin embargo, los estrategas del PRO prescindieron, en aquel entonces, de cualquier consideración política. En su limitada visión gerencial, solo las encuestas eran importantes. Y Juez, pese a su indiscutible decadencia electoral, todavía se encontraba dentro del grupo de los dos dígitos. Era lo único que importaba para los armadores del PRO, empecinados en amontonar dirigentes en Córdoba más allá de sus visibles contradicciones.

A partir de aquellos días fundacionales Macri se transformó en un rehén de este improbable “aliado”. Los radicales cordobeses, cofundadores de Cambiemos, lo detestaban unánimemente (con la probable excepción de Oscar Aguad), pero callaron su tirria. La posibilidad de que Mauricio terminara siendo el presidente los movía a obrar con cautela. Similar talante adoptó la mayoría de los dirigentes del PRO mediterráneo, cultores de la obediencia debida.



Aunque conocedor de los rechazos que lo rodeaban por doquier, Juez no hizo nada por cambiar. Continuó siendo el mismo político impredecible, pendenciero e irresponsable que siempre fue. No sólo profundizó su secular enfrentamiento con el intendente Ramón Mestre sino que, a pesar de todos los ruegos, desoyó instrucciones precisas emanadas de la conducción macrista para que encabezara la lista de senadores nacionales y acompañara la reelección del radical en la ciudad de Córdoba. Lejos de hacerlo, forjó una alianza inexplicable con Olga Riutort (a quién había denunciado por múltiples causas cuando fungía como Secretaria General de la Gobernación) y desafió a Mestre con su propia candidatura que, en términos transitivos, significaba afrontar el liderazgo de Macri.

Cualquier líder tradicional habría trazado una línea después de semejante desplante. Hubiera resultado lícito que Macri le dijese “hasta aquí llegamos”, dejándolo librado a su suerte. No podría haber reproches por obrar de tal modo. Sin embargo, y luego de asumir la presidencia, pretendió ignorar aquel comportamiento y lo hizo embajador de Ecuador, todo un oxímoron. La maliciosa pregunta dentro de Cambiemos, especialmente en el seno de su ala radical, fue a guisa de qué venía semejante premio.

Nadie, por supuesto, se atrevió a reprochar públicamente a Macri este nombramiento tan sin sentido. En los primeros años de su presidencia se respiraba el aire del cambio y los aromas eran lo suficientemente embriagadores como para tolerar ese tipo de munificencia y muchas otras. Pero algo quedaba claro: el presidente parecía disfrutar cuando Juez lo hacía sufrir, un caso de extraño masoquismo político.

La estancia de Juez en Quito, como no podía ser de otra manera, terminó en un desastre. Luego de llamar “mugrientos” a los ecuatorianos, sus anfitriones exigieron de inmediato a la cancillería argentina que llevase de regreso al país a tan exótico embajador. Fue un hecho que la diplomacia juecista duró menos de dos años y que resultó el hazmerreír de las relaciones internacionales.

Después de semejante traspié los detractores de Juez apostaron doble contra sencillo que, esta vez, nadie acudiría a su rescate pero, una vez más, se equivocaron. En marzo de 2018 Macri renovó su confianza en él, nombrándolo presidente del Instituto Nacional de Capacitación Política (INCaP), dependiente del Ministerio del Interior, Obras Públicas y Vivienda. Para los exégetas del pensamiento juecista, la nueva posición era tan inverosímil como lo había sido la de embajador, en tanto que, para la clínica política, fue un indicio de que el presidente padecía una suerte de Síndrome de Estocolmo ante su secuestrador mediterráneo, una de las posibles variaciones del masoquismo.

Luego sobrevino la crisis nacional y, por un tiempo, la política se olvidó de Juez. Pero él no lo hizo. Sin necesidad de hacer nada constructivo con sus nuevas responsabilidades se dedicó a hacer lobby y preparar su próxima movida. Y, nuevamente como en los inicios, su pertenencia al club de los dos dígitos obró como eficaces espejitos de colores ante la escasa comprensión de la política cordobesa que, a aquellas alturas, Marcos Peña y compañía adolecían fatalmente.

Fue así como el exintendente intentó, por segunda vez después de su primer mandato, llegar al Palacio 6 de Julio y, al igual que lo ocurrido cuatro años atrás volvió a fallar, esta vez con el respaldo intermitente de la Casa Rosada y luego de colaborar activamente a dinamitar las relaciones con Mestre. Aunque quedó segundo, la diferencia con Martín Llaryora fue de más de 17 puntos y con Rodrigo de Loredo, el nominal tercero, de apenas dos. Estas distancias revelan que, a la postre, terminó siendo un candidato contra natura, injertado con fórceps desde los despachos nacionales y ante la perplejidad del electorado macrista en su conjunto.

El domingo en la noche, mientras el gobernador festejaba su histórico triunfo en la provincia y en la Capital, los mentideros políticos especulaban sobre cuánto demoraría Juez en traicionar, una vez más, al presidente y a lo que queda de Cambiemos. La pregunta no era si efectivamente lo haría -eso se descontaba- sino cuánto demoraría en hacerlo. La respuestafue dada ayer, a través de un reportaje con Jorge “Petete” Martínez en radio Mitre. Sólo habían transcurrido dos días desde de su derrota:

– (Periodista):¿Se siente dentro de Cambiemos todavía?

– (Juez) Yo me siento dentro de los vecinos de Córdoba, Jorge (…)

– (Periodista) Pero no me contestó. Se que está dentro de los vecinos, pero ¿está dentro de Cambiemos?

– (Juez) Si Cambiemos cree que engordando gobernadores peronistas o creyendo que Schiaretti a la larga terminará siendo funcional, generando un tercer espacio, me parece una estrategia muy floja. Esa política no la comparto.

– (Periodista): ¿Va a trabajar para Macri presidente?

– (Juez)Recién han transcurrido 48 horas de la elección. Vamos a evaluar con nuestro espacio nuestra participación.

No hace falta ser un semiólogo para interpretar sus dichos. Luis Juez se apresta a abandonar el barco macrista. Su lealtad se ha evaporado, como antes se volatilizó con Kirchner, Solanas, Bonfatti o la mismísima Carrió. Y lo que es más curioso: ahora declara, muy suelto de cuerpo, que se sentirá orgulloso de asumir como concejal en diciembre próximo después de haber pasado los últimos años pidiendo licencia para ese mismo cargo y mendigando algún conchabo al mismo presidente masoquista que se prepara a repudiar públicamente.



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