Ahí va la silueta de Francisco Bedoya (Segunda Parte)

Culminan aquí estas páginas sobre un soldado que defendió a Córdoba con toda su capacidad guerrera y ciudadana, desde la revolución de Mayo hasta su última batalla en 1827.

Por Víctor Ramés
[email protected]

Gobernador y guerrero
Fiereza en tiempos de guerra, capacidad cívica en tiempos de paz. Fueron dos facetas de Francisco Bedoya que sobresalen en diferentes cuadros que definen su identidad cordobesa.
De Río Seco regresó a Córdoba en 1820, al asumir el gobierno el general Juan Bautista Bustos. Bedoya fue elegido diputado y ocupó la presidencia de la Legislatura. Al aprobarse la primera Constitución de la Provincia de Córdoba el 30 de enero de 1821, su nombre figuró en primer lugar en tanto presidente de la Asamblea.
Y en el mismo carácter aquel año asumió como gobernador interino de la provincia, en reemplazo del general Bustos, quien debió salir a la provincia a detener una invasión que preparaba el general chileno Carrera.
José Miguel Carrera había dejado Chile por disidencias con el proceso revolucionario e, instalado en las Provincias Unidas desde hacía un lustro, desplegaba tácticas y alianzas con diversos caudillos federales, interviniendo en las guerras civiles con un pequeño ejército. Carrera y Bustos tuvieron un primer encontronazo en el mes de marzo, en El Chajá, favorable al chileno.
Un par de meses después, las circunstancias le exigieron a Francisco Bedoya (aún ausente Bustos) dejar el sillón gubernativo y tomar el mando debido a que Carrera le puso sitio a la ciudad capital. Bedoya se atrincheró en la plaza y mediante una muy buena táctica, sembró equívocos en el enemigo y logró tenderle una emboscada a Carrera y causarle estragos a parte de su tropa. Carrera logró ponerse a salvo y marchó a unir su milicia con la de Francisco Ramírez en Santa Fé, para juntos intentar una vez más doblegar a los cordobeses. Se unieron para atacar a Bustos, atrincherado en Cruz Alta, pero éste rechazó el ataque y Carrera y Ramírez acabaron separándose. Pancho Ramírez decidió dirigirse a Córdoba por su cuenta.

El choque de los dos Franciscos
Al lanzarse Pancho Ramírez contra la ciudad de Córdoba, dio pie a uno de los episodios épicos a que ha quedado unida la figura de Francisco Bedoya. Al saber que se aproximaba el entrerriano, Bedoya organizó un cuerpo voluntario de milicianos y decidió salirle al cruce. Al mando de sus hombres el cordobés obligó a Ramírez a dar un rodeo en torno a la ciudad de San Francisco, y fue en su busca hasta alcanzarlo en las inmediaciones de Río Seco, el 10 de julio de 1821.
Abundan los relatos sobre este episodio. El más romántico indica que Ramírez logró salir con vida de aquel choque de caballos y hombres junto a su compañera, la legendaria Delfina, flanqueados por un selecto grupo de hombres de su tropa y perseguidos por jinetes cordobeses. Cuando estaban muy cerca de concretar la fuga, flaqueó al parecer el caballo de la Delfina y ésta cayó en manos de sus perseguidores. Viendo el entrerriano a su amor en tan mal trance, se volvió y arremetió contra los jinetes de Bedoya, consiguiendo liberarla. Puesta a salvo la mujer, un disparo cordobés le dio de pleno a Ramírez quien cayó a tierra con todo el peso de su cuerpo y su leyenda.
El nombre de Francisco Bedoya quedó para siempre unido a aquel golpe irrecuperable para la causa federal.
La cabeza de Pancho Ramírez le fue enviada como presente a su enemigo jurado, el general Estanislao López, quien disfrutaba de exhibirla luego de mandarla embalsamar.

Cercado por la gloria
En 1824, otra vez Bedoya aparece ligado a una actividad política, lejos de la milicia, como diputado por Córdoba en el Congreso Constituyente en Buenos Aires, que se proponía restablecer los vínculos entre las provincias “desunidas” del Río de la Plata. Las actas de aquel congreso lo muestran compenetrado con su rol, como cuando objetó que en una carta dirigida al emperador de Brasil se emplease la expresión “pueblo argentino”, sugiriendo en cambio la de “pueblo de las Provincias Unidas del Río de la Plata”. La discusión no era vana, ya que por entonces la expresión “argentino” significaba literalmente “porteño”, un uso ambiguo que excluía a los hombres del interior.
Pero hasta el fin la silueta de Francisco Bedoya será recordada al frente de sus milicianos, yendo allí donde sus jefes lo enviaran a sostener, a apoyar y fortalecer la causa nacional.
Hacia finales de 1826 Bedoya desplegó gran actividad militar, comandando diversas acciones en Santiago del Estero, Tucumán y Salta, para neutralizar los avances del general Facundo Quiroga y del gobernador Ibarra. El 27 de octubre se puso bajo el mando de Bedoya una compañía de 2.500 soldados de diversas provincias, para derrotar a los jefes enemigos. Pero éstos desplegaron una coreografía de avances y retrocesos que comenzó a minar el objetivo de Bedoya. Hostigado por los santiagueños, que lograron echarlo de su provincia, se replegó a Tucumán, en cada vez más difícil situación, rodeado de campos incendiados por sus enemigos, obligado a huir y con una creciente deserción en sus fuerzas.
Un ejército conducido por el general Gorriti, al que se habían sumado las fuerzas colombianas bajo el mando de López Matute, venía sosteniendo ataques para rendir a la ciudad de Salta. Las noticias de la proximidad de Francisco Bedoya y los suyos les decidió a cambiar de frente e ir contra el cordobés. A esa altura, Bedoya sólo contaba con 300 hombres y dos cañones. Las fuerzas de Gorriti y López Matute cercaron a Francisco Bedoya quien ocupaba el pueblo de Chicoana, a 10 leguas de Salta, el 7 de febrero de 1827.
Le intimaron rendición más de una vez, pero Bedoya se negó, pese a la enorme desproporción de sus fuerzas. El asalto final sería furioso, los hombres de López Matute tenían fama de despiadados. “El indomable soldado contestó que las armas de la ley no se rendían. Inmediatamente fue atacado, y tras un combate cuerpo a cuerpo, en donde lucharon cuatro contra uno” hasta el último aliento, quedaron cientos de muertos sobre el suelo. Uno de ellos fue el general Francisco Bedoya, de 43 años. Se afirma que López Matute degolló con sus propias manos a los últimos resistentes en la iglesia del pueblo. Sólo se salvaron once de los doscientos y tantos hombres que constituían la última columna del militar cordobés.



Dejar respuesta