Distinción bibliográfica

Tras la publicación de “Serotonina”, su más reciente novela, en la que hace gala de un cinismo superlativo, Michel Houellebecq ha sido distinguido por el presidente francés Emmanuel Macron con la medalla de la Legión de Honor, que es la máxima condecoración que otorga el país galo.



Por J.C. Maraddón
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El prototipo del artista, de los tiempos del romanticismo, se dibujaba con un perfil de rebeldía indomable, un espíritu de confrontación que se traslucía en su obra, tomada por muchos como bandera contra algún opresor. De aquellos añejos prejuicios hemos heredado una imagen prototípica del escritor/músico que, metido de lleno en su insumisión, no tiene tiempo ni para peinarse ni para desarrollar otros hábitos de aseo personal, porque se dedica a jornada completa a elaborar aquello que otros disfrutarán, pero que para él ha sido el producto de un tortuoso proceso de sublimación que, de ninguna manera, consigue apaciguar su ira.
Por supuesto, este creador que desafía a las instituciones y se manifiesta contra lo establecido, ha sido asociado casi siempre con ideas revolucionarias o con la ideología propia de la izquierda política, que a lo largo del siglo veinte reclamó para sí la potestad de cualquier conato de resistencia antisistema. A partir de los años sesenta, con la radicalización de las rebeliones juveniles y las luchas ecologistas y pacifistas, muchos artistas se identificaron públicamente con estas posiciones de progresismo explícito y esto contribuyó a fortalecer aquel arquetipo decimonónico al que no pocos héroes del rock procuraban rendir su tributo.
Pero cada tanto surgían voces disonantes con respecto a este preconcepto. Escritores o cineastas que simpatizaban con regímenes totalitarios, reclamaban su lugar en el concierto del panorama artístico internacional, ante el espanto de quienes valoraban sus aportes en el terreno de la expresión creativa, pero deploraban su militancia ultramontana. En el otro rincón, también aparecían ejemplos que no encajaban con el modelo romántico, porque algunos gobiernos surgidos de revueltas populares ejercían presiones contra la expresión artística y, en consecuencia, engendraban una inesperada disidencia. Se cumplía así el mandato contestatario, pero el objeto de las críticas era un sistema que, se suponía, tenía como meta la liberación.
Tras la caída de la Unión Soviética y la proclamación del fin de las ideologías hace ya casi tres décadas, parecía que esta clase de reyertas culturales había perdido su razón de ser, porque el mundo se encaminaba hacia un anodino monopolio por parte de la economía de mercado. Sin embargo, el resurgimiento de fenómenos como el nacionalismo, la xenofobia y la intolerancia religiosa, han agitado nuevamente las aguas y han renovado la vigencia de la corrección política como certificado de legitimidad para quienes se dedican a la confección de libros, canciones, películas y un largo etcétera.
Pero es allí cuando el arte se ve envuelto en su propia espiral. Y dentro del consenso aceptado por la mayoría y que consiste en apoyar causas como el internacionalismo, la solidaridad y la diversidad, se despiertan voces que no acuerdan con esos términos y que, para colmo, manifiestan la disconformidad a través de su obra. Ese es el caso del escritor Michel Houellebecq, cuyo discurso va a contramano de lo que indican las reglas de conducta para un intelectual de occidente y, sin embargo, recibe un reconocimiento poco menos que unánime por sus novelas, que se venden como el pan.
Tras la publicación de “Serotonina”, su más reciente relato, en el que hace gala de un cinismo superlativo, Houellebecq ha sido distinguido por el presidente francés Emmanuel Macron con la medalla de la Legión de Honor, que es la máxima condecoración que otorga el país galo. Quizás este sea el clásico abrazo del oso, que pretende contener la natural incorrección del autor con un premio que lo instala dentro del canon. O tal vez se trate, como el propio Macron lo ha dicho, de un reconocimiento a la bibliografía del literato, y no a su biografía, que es sin dudas muchísimo menos importante.



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