Palabras ya dichas

El cantante Bernard Fowler, corista de los Rolling Stones desde hace más de tres décadas, ha encarado un proyecto insólito, con el que busca destacar el valor poético que tienen algunas de esas canciones rolingas muchas veces subestimadas a raíz de la pose irónica que siempre mantuvo el grupo.

Por J.C. Maraddón
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Cuando toda la histeria del rocanrol comenzó, se decía que ese nuevo ritmo entraba por los pies y que por eso tenía una llegada directa al público juvenil, como ningún otro género lo había logrado antes. La misma forma de bailar el rock traslucía ese fenómeno, porque los danzarines se sacudían y agitaban mientras daban vueltas de acá para allá, como enloquecidos. Se trataba, sin duda, de una música creada para encender el fuego del baile, y no para ser disfrutada placenteramente en una sala de conciertos. Y con esas características, hizo su ingreso al mercado discográfico y se quedó allí para siempre.
En ese contexto, las letras de las canciones sólo oficiaban como distractivo o como una invitación a seguir danzando, mientras deslizaban en el medio esas remanidas historias de amor de chicos y chicas que la pasaban bien al son de la gran novedad rítmica que enloquecía al mundo. Este estímulo para mantenerse en movimiento se percibe en muchos títulos de temas famosos de aquella época, como “Rock Around The Clock”, “Shake, Rattle And Roll” o “Twist And Shout”, que demuestran claramente una vocación de sostener la agitación en la pista, sin otro objetivo que no fuera prolongar el entretenimiento juvenil.
Entre tanto sofocón, aparecía el viejo truco de la lírica romántica, que no era un invento rockero pero que había sido asimilado y reciclado por el flamante género. Bajaba la velocidad, decrecían los decibeles, y las parejas se abrazaban para balancearse, en tanto que las voces que hasta recién se habían desgañitado para hacerse escuchar, se tornaban dulces y susurrantes. Esas baladas expresaban, de una manera simple (casi al límite de la cursilería), los vaivenes del amor adolescente, que tan pronto se encendía de pasión como se desencantaba y cambiaba el rumbo de sus sentimientos en otra dirección.
La influencia del blues, pleno de picardía y sufrimiento, sería la que iba a aportar un poco de pimienta a ese menjunje sonoro, que por fin tendría mayor sustento y profundidad en su mensaje cuando incorporase la carga social y de denuncia que provenía del folk. La temprana fama de Bob Dylan sería el faro inspirador para la camada de intérpretes que, a partir de los años sesenta, torcería aquel norte de frivolidad que señalaba el camino al rocanrol, para convertirlo en un destino que excedía lo estrictamente artístico. El espíritu libertario de la época impregnó aquel repertorio y lo dotó de densidad poética.
Los Rolling Stones, que en su longevidad encarnan el paradigma de la trayectoria rockera, respetaron la tradición de letras fiesteras y agitadoras que proliferaban en los comienzos del género. Pero también asumieron como propio el crecimiento literario que experimentaban los compositores de su generación, y dieron a luz verdaderos himnos donde se manifestaba desde la protesta social hasta el desencanto y el infierno de las adicciones. Estas dos vertientes, sumadas a las típicas canciones de amor, conviven a lo largo de toda su discografía, sobre todo desde el momento en que se establecieron como una formación emblemática.
Para destacar el valor poético que tienen algunas de esas creaciones, muchas veces subestimadas a raíz de la pose irónica que siempre mantuvo el grupo, el cantante Bernard Fowler, corista de los Stones desde hace más de tres décadas, ha encarado un proyecto insólito. Sobre bases rítmicas de índole africana, en su disco “Inside Out” recita letras escogidas de Jagger & Richards, con una dicción y un tono que posibilitan una escucha privilegiada de esos versos. Aunque parezca mentira, una obra tan versionada y conocida como la de los Rolling Stones, todavía admite abordajes que la expongan en un formato inédito.



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