El poder de la edición en tiempos de crispación

La edición muchas veces está subestimada entre los que sólo se dedican a consumir productos en los medios. Olvidan que son empresas que buscan el negocio que las mantenga en funcionamiento.

Por Javier Boher
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De inspiración marxista, los estudios sobre comunicación basados en la Teoría Crítica o Escuela de Frankfurt tuvieron su auge de los 60´s y 70´s, cuando ayudaron a entender el rol de los medios de aquella época, en la que los diarios seguían siendo centrales y la televisión ganaba cada vez más peso.
Aunque sus aportes no deben ser desestimados, los cambios sociales y tecnológicos hacen obsoletos muchos de sus razonamientos. Lo que no ha perdido vigencia, sin embargo, es una de las acepciones del concepto de “industria cultural”: la mayor parte de los medios son, antes que nada, empresas (cuyo interés principal es ganar plata).
La historia de la científica del CONICET que ganó $500.000 en un programa de preguntas y respuestas llegó rápidamente a la portada de los diarios en la web. Decenas de defensores de la inversión en investigación convirtieron a la ganadora en un símbolo de las prácticas a las que deben sometérse los que se dedican a la actividad científica en el país, recurriendo al financiamiento “creativo”, por ejemplo a través de programas de entretenimiento.
Santiago Del Moro (quizás el mejor conductor televisivo del momento y gran conocedor de los tiempos, tonos y registros del lenguaje audiovisual) supo exponer la triste historia de la vocación científica en los tiempos del ajuste. Como en las emisiones de Los Juegos del Hambre, todo se trata de conmover a los que observan desde sus hogares.
La historia se expandió por las redes sociales, donde la gente pudo indignase por la política de ajuste macrista o celebrar que los miembros del “ñoquicet” deban recurrir a esto, unos y otros partiendo desde la simplificación de meter a todo el mundo dentro de la misma bolsa.
La edición y el recorte que cada medio o usuario pueden hacer busca, finalmente, lo mismo. Como en un concurso de popularidad, los canales buscan rating, las cuentas de redes sociales buscan “engagement”, los medios digitales quieren clicks y los militantes quieren votos. Todos quieren su tajada en la historia de la desesperada búsqueda de dinero para financiar una actividad tan importante como la investigación.
El poder de la edición muchas veces está subestimado entre los que habitualmente sólo se dedican a consumir productos en los medios, independientemente de cuál sea la plataforma. Olvidan esta lógica de que son empresas y que -como tales- siempre irán en busca del negocio que les pueda permitir mantener su funcionamiento.
En un año de campaña, los recortes y las descontextualizaciones son moneda corriente. La viralización maliciosa de mensajes privados, la utilización de historias personales o la exposición de los errores en actos y redes no son inocentes y buscan influir en la decisión de los electores, ya que todo es válido en un mercado saturado de oferentes y con consumidores mucho menos fieles que en otras épocas. Con consumidores crispados, qué mejor que explotar ese lado.
Fue cuestión de horas para que los que se desgañitaban en pedidos por la ciencia criolla encontraran que la pobre científica en realidad adhería a ciertas políticas del gobierno nacional en lugar de reivindicar los años de bonanza investigativa del kirchnerato. Con su carnet de kirchnerismo vencido, no podía reclamar por sus derechos sino que debía aguantarse las consecuencias de haber apoyado al gobierno nacional.
Como en aquella escena de 1984 en la que Orwell describe el desfile “infiltrado” por los enemigos del estado, la aliada en la cruzada dejó de conmover y fue puesta en la vereda de enfrente, por la que caminan los enemigos del proyecto nacional y popular. La dialéctica del amigo y el enemigo, otra vez en el centro de la escena.
La frase dice que no hay que matar al mensajero, como si éste solo se dedicara inocentemente a transmitir información con la que no tiene nada que ver. ¿Acaso no hubo una producción que eligió a esta mujer por sobre otros anotados? ¿no se pensó que podía querer exponer sus preocupaciones? ¿no hubo ningún mensaje político ente líneas?.
Tal vez las respuestas sean negativas. Probablemente no había ningún interés político, sino solamente ese que -hace ya tanto tiempo- los teóricos de la Escuela de Frankfurt nos enseñaron que comparten todas las industrias culturales, ¿y qué mejor que buscarlo explotando la crispación?.



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