El día después de mañana para los protagonistas del 12-M

Por Pablo Esteban Dávila

Se descuenta el triunfo de Juan Schiaretti en las elecciones del próximo 12 de mayo. No es un ítem que, a estar alturas, merezca mayor análisis. Ha colaborado a tal consenso su prestigio como gobernante y la ruptura de Cambiemos en la provincia. Alea jacta est.

Sin embargo esto no significa que no existan elementos que merezcan ser seguidos con particular interés. Uno de ellos es quién resultará segundo en los comicios provinciales. ¿Será Mario Negri o Ramón Mestre? Detrás de esta puja entre radicales se esconde un complejo entramado de intereses y proyecciones de mediano plazo.

Negri arrancó siendo el favorito para reclamar esta posición. Es el preferido de la Casa Rosada y de las principales espadas de Cambiemos en un distrito en el que la imagen presidencial todavía muestra alguna esperanza. Además, detrás del sello Córdoba Cambia se arrebuja la mayoría de las fuerzas que históricamente integraron la coalición oficialista con la excepción de la UCR, aunque la innegable condición de radical que ostenta el candidato compensa, en buena manera, la ausencia del centenario partido.

Pero, y no obstante este promisorio punto de partida, las cosas no han marchado bien para su campaña. Tal como se ha comentado en otras ocasiones desde esta columna, la desafortunada “ayuda” de Elisa Carrió y el visible desgano del PRO mediterráneo ha hecho perder fuerza y convicción a sus aspiraciones. Para empeorar aún más las perspectivas, Negri todavía no ha encontrado una razón convincente con la cual reclamar el voto y que, debido a esta anomia, su imagen se ha desdibujado en el devenir de las semanas. Tampoco puede obviarse el hecho de que, a diferencia de ocurrido en 2015, Héctor “la coneja” Baldassi -su compañero de fórmula- se encuentra desaparecido en combate. ¿Revivirá en los próximos días? Nada se sabe al respecto.

Distinto es el caso de Mestre. El intendente siempre ha tenido en claro que quería ser candidato, y que lo sería a despecho de lo que le ordenasen desde Buenos Aires. Por tal motivo, su campaña tiene unidad temática, fuerza conceptual y un desenfado opositor que revela su decisión personal de quemar las naves. Sólo él y la UCR son los protagonistas de esta cruzada. No hay terceros que distraigan su eje, ni justificaciones por los yerros del gobierno nacional. Lo que tiempo atrás parecía como su principal debilidad hoy luce como una de sus fortalezas.

El segundo puesto no es, ni para Negri ni para Mestre, un lugar de consuelo. Define explícitamente quién será el líder de la oposición en Córdoba y cual será la fuerza política que lo sustentará. También colaborará al diseño de la potencial alternancia hacia 2023, el año en que el peronismo deberá abandonar por fuerza la dialéctica impuesta por De la Sota y Schiaretti desde 1998.

Mestre es quién más tiene para ganar. Todavía no llega a los 50 años, maneja con razonable holgura el radicalismo y, si logra derrotar a su correligionario, impondrá sus condiciones a Cambiemos en adelante. También podrá sacudirse de arriba a Luis Juez (a quién jamás aceptó dentro de la coalición) y al propio Baldassi, ajeno por completo a su comprensión de la política.

Las pretensiones de Negri son más tácticas que estratégicas. Necesita ser segundo porque es previsible que sus chances de ser gobernador se agoten en la próxima instancia. Por añadidura, presume que la suerte de Cambiemos, entendida en su perfil fundacional, se juega con su propio y personal destino. Mestre no será generoso con el PRO y con las demás fuerzas si Córdoba Cambia queda relegada a la tercera posición. Negri es la antigualla de un radicalismo orgánico dispuesto a monopolizar a la coalición cordobesa, al igual que Alfredo Cornejo supo hacerlo en Mendoza en los últimos cuatro años.

Otra batalla que se libra detrás del anticipado triunfo de Schiaretti es en la ciudad de Córdoba. El intendente Mestre no ha dejado un sucesor claro; Rodrigo de Loredo es más un emergente que un continuador de su gestión. Esto genera un fenómeno curioso: no hay un claro favorito para ocupar el Palacio 6 de Julio en esta instancia.

Sin un candidato oficialista en sentido estricto, el escenario apunta a una dispersión tripartita y es el peronismo el que mejor hubo de comprender la oportunidad que se presenta. La decisión de jugar su carta más poderosa, el vicegobernador en uso de licencia Martín Llaryora, se inscribe en este contexto.

Como se sabe, los restos del macrismo se decantaron por Luis Juez, una alternativa basada más en las encuestas que en el amor. El exintendente goza de un unánime rechazo entre sus compañeros de ruta (aunque soterrado detrás de la obediencia debida) y, concomitantemente, de una intención de voto que lo convierten en expectable. Es difícil que los radicales voten por Juez, pero también es improbable que De Loredo tenga chances únicamente por el voto radical. En este esquema de mutuos recelos políticos, Llaryora es el único que parece contar con un espacio de apoyos unívocos y no transables.

Las encuestas señalan, de momento, que la cuestión se dirimirá entre el peronista y Juez. Es un asunto de especial interés porque se asume que cualquiera de los dos podría, en el caso de realizar una gestión municipal aceptable, reclamar el derecho a ser el sucesor de Schiaretti en el próximo turno electoral. Es tal supuesto, Llaryora encabezaría un justicialismo invicto, mientras que el exembajador debería, en primer lugar, establecer si compitiera contra Negri o contra Mestre en una interna o si, al igual de lo sucedido en 2007, buscaría el gobierno a través de una tercera vía pulverizando, una vez más, antiguos compromisos políticos.

Así como estos combates, periféricos a la gobernación, prometen generar lecturas apasionantes para el día después de la elección, tampoco debe desestimarse lo que sucederá con Schiaretti o con Mauricio Macri el 13 de mayo. Por ahora, gobernador y presidente han optado por el silencio. El primero no sabe / no contesta sobre los grandes temas del país, suplicando por que el peronismo federal no lo fuerce a definirse en ningún asunto conflictivo; el segundo, haciendo de cuenta que Córdoba se encuentra, por ahora, fuera de la Confederación Argentina, a la usanza de un estado extranjero.

Esta estrategia de la mutua prescindencia puede funcionar un tiempo más, pero no lo hará indefinidamente. Será difícil para la Casa Rosada ignorar la debacle cordobesa (atribuible en gran medida a la impericia de sus operadores) y, para el gobernador, postergar indefinidamente sus responsabilidades nacionales. ¿Cómo asumirán la derrota y el triunfo, respectivamente, hacia el compromiso final en octubre?

Despejada la incógnita de la reelección, Schiaretti deberá retomar sus diálogos con los federales y fortalecer una opción que, por ahora, no ha logrado quebrar la polaridad establecida entre el presidente y su antecesora. Antes que una cuestión patriótica, se trata de defensa propia: si Cristina Kirchner regresa al poder, el tercer mandato no consecutivo del cordobés volverá a hacerse cuesta arriba, al igual que lo fue el primero.

Macri, finalmente, deberá asumir que su provincia favorita les ha dado la espalda a sus vicarios. Esto implicará una mayor influencia de parte de quienes apuestan por una coalición más amplia para mantener el poder y, en cierto sentido, el debilitamiento del estilo gerencial con el cual se ha movido Cambiemos desde su fundación. Es probable que, movilizados por lo que ocurra en Córdoba, el ala radical de la entente adquiera cada vez más influencia, con todo lo impredecible que pueda resultar esta comprobación para la suerte del gobierno.