Nueva era en la cultura

En los últimos días, un titular impactante fue reproducido por los portales de noticias, donde se da cuenta de que la empresa que se había hecho cargo de la financiación de la edición del cincuentenario del festival de Woodstock, ha resuelto no realizar el evento debido a la falta de fondos.

Por J.C. Maraddón
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Por convención, alguna vez se decidió tomar como referencia a determinados acontecimientos trascendentales (por ejemplo, la toma de Constantinopla o la caída de la Bastilla) para que oficien de bisagra entre una edad histórica y la siguiente. Bien es sabido que los cambios sociales y políticos de gran magnitud se manifiestan a través de largos procesos y que de ninguna manera podría considerarse que suceden de un día para el otro. Pero, así como se aceptó la arbitrariedad del sistema métrico para dimensionar las longitudes, de la misma manera se fijaron las fechas precisas en que la humanidad saltó de una etapa a otra.
Después, vino el eminente pensador británico Eric Hobsbawn a compartimentar la edad contemporánea, que transcurrimos desde 1789 sin que nadie se haya atrevido desde entonces a ponerle el punto final, para que arranque una nueva. En sucesivos volúmenes, trazó límites para separar las eras de la revolución, del capital y del imperio, que abarcan hasta la primera guerra mundial. Y a mediados de los años noventa, publicó un nuevo libro en el que definía a un “siglo veinte corto”, que se extendía entre 1914 y 1991, fecha esta cuando se produjo la debacle de la Unión Soviética.
Sin embargo, años después este tope fue puesto en debate por la importancia que pudo haber tenido el atentado terrorista contra las torres gemelas de Nueva York en 2001, al que se ha llegado a considerar como el hito que indica el auténtico comienzo del siglo veintiuno. Ni siquiera Hobsbawn, cuya teoría histórica apuntó a renovar las perspectivas de esa ciencia, resistió a la tentación de asentar sobre un determinado día el peso de una transformación global que jamás podría ser reducida a una precisión calendaria, porque responde a factores que actúan a lo largo del tiempo hasta desencadenar el colapso.
Estos emprendimientos que se centran en determinar etapas en la evolución de la historia universal, también se han verificado en el ámbito de la cultura; y un claro ejemplo de eso es la colosal obra de Arnold Hauser, “Historia social de la literatura y el arte”, donde recorre siglos de producción artística, desmenuzándolos en etapas que no sólo están determinadas por razones estéticas, sino también por causas vinculadas a los vaivenes sociales de cada época. Aunque anclado en preceptos de su tiempo, este libro influyó notoriamente sobre quienes estudiaron la evolución de las artes de allí en adelante.
En los últimos días, un titular impactante fue reproducido por los portales de noticias, donde se daba cuenta de que la empresa que se había hecho cargo de la financiación de la edición del cincuentenario del festival de Woodstock, había resuelto no realizar el evento debido a la falta de fondos. Y aunque el responsable de la organización del evento salió a desmentir luego que el espectáculo, previsto para el próximo mes de agosto, se haya cancelado definitivamente, los analistas consideran muy dificultoso que pueda conseguir nuevos inversores, cuando faltan apenas tres meses para el fin de semana festivalero, encabezado por Jay-Z, The Killers y Santana, entre muchos otros.
Quizás esta información pueda sonar como algo anecdótico, pero su importancia simbólica la traslada a otra dimensión. Hace 50 años, en el apogeo del flower power, cientos de miles de jóvenes se convocaron, con los pocos medios que existían entonces, para un festival al aire libre en el que se proponían celebrar el amor y la paz a través de la música de rock. Que en la actualidad, con los avances tecnológicos de los que disponemos, no pueda repetirse esa inicitaiva, parece hablar a las claras de que hemos entrado en una era cultural diferente.



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