Plan V tiene la tarjeta

La insistencia en una candidatura presidencial de Vidal no tiene mucho sustento más allá de las necesidades de una oposición que no puede hacer pie de cara a las elecciones de octubre.

Por Javier Boher
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Mucho se ha hablado en los últimos tiempos de una posible candidatura de María Eugenia Vidal a la presidencia de la Nación. La mala gestión económica del gobierno, la caída en la imagen del presidente y el crecimiento de otras opciones políticas han generado una especie de clamor por un enroque de figuras que les dé más oxígeno.
Aunque numerosas figuras del oficialismo (incluyendo a los principales protagonistas) han descartado de plano la opción, el rumor no sólo se mantiene sino que también crece. No importa si la gobernadora de Buenos Aires insista en que va por la reelección o que Macri haga lo propio: todos sostienen que ella debería presentarse para ocupar el sillón de Rivadavia.
Algunos creen que la gira de Vidal (que por la veneración de los fieles que la esperan parece una procesión de la virgen) es para sondear su imagen. La lógica de aquellos es que luego de exponerla en las provincias se podría monitorear con sondeos de opinión para definir efectivamente qué estrategia seguir.
Sin embargo -y siempre pensando en términos políticos- aceptar el cambio de candidaturas sería un error demasiado grande (bajo el supuesto de que efectivamente el oficialismo tiene en mente retener el gobierno). Un rápido análisis de lo que se pondría en juego puede ayudar a despejar las dudas.
En primer lugar, y salvo en contadísimas excepciones, cargo cedido es cargo perdido. Si Macri decidiera dar un paso al costado, rápidamente dejaría de ser el hombre más importante dentro del espacio que él mismo creó. Sin un ascendente carismático que le permita aglutinar voluntades, si dejara el lugar difícilmente sería como el Néstor que convivía con Cristina cuando esta llegó a la presidencia.
En segundo lugar, ese ascenso de Vidal significaría pasar por encima de otros elementos del núcleo duro del macrismo que pretenden suceder a Macri en 2023, principalmente Marcos Peña (enemigo político interno de Vidal) y Horacio Rodríguez Larreta (jefe político de la gobernadora hasta que pasaron a compartir rango). Otro anotado sería Rogelio Frigerio, que en los últimos meses perdió fuerza en la puja interna.
En tercer lugar, y quizás lo más importante de todo, el oficialismo perdería tracción en el distrito más importante del país, el que pone y saca presidentes. Si Vidal fuese candidata nacional, ¿quién la reemplazaría encabezando la boleta por la gobernación bonaerense?
Difícilmente Esteban Bullrich pueda tener la misma performance que en 2017, no hay radicales de peso en el distrito y poner al primo del presidente sería inconsistente con la decisión de sacar a Macri de las boletas. No parece haber muchas opciones para reemplazarla, y ganar la Nación perdiendo provincia sería la mismísima definición de una victoria pírrica.
Además, a esto se suma que el peronismo de la provincia de Buenos Aires parece revivir la vieja historia de los campos de los colonos, que a medida que tenían hijos y nietos iban dividiendo la tierra en parcelas que finalmente eran minifundios improductivos. Hoy es la identidad política predominante, pero con tantas expresiones vecinales que parece improbable que sea una amenaza para una reelección de Vidal.
¿De qué manera el peronismo podría soñar con un triunfo en provincia? Sacando del medio a la figura política de mejor imagen en el país convenciendo a los tomadores de decisiones de que es mejor llevarla a competir en otra liga. Por eso el Plan V (como han dado en llamar a este posible cambio) existe sólo en los deseos más profundos de un peronismo atomizado y agonizante.
Con fines didácticos podríamos cambiar los nombres de los protagonistas para entender con un poco más de claridad este escenario.
Con un peronismo nacional que no consigue una figura de peso que además sea digerible, Schiaretti podría ser el candidato que mejor mida. Ahora bien, si hubiese decidido ir por la Nación en lugar de la reelección, ¿a quién hubiese beneficiado más, a Mestre, a Negri o a quién eligiera para reemplazarlo?. Quizás en esa respuesta esté la clave para desentrañar a quién le conviene el cambio de nombres en la boleta oficialista de cara a las presidenciales. Pero, además, podría decidirlo después de 12 de mayo.