De íconos urbanos y aguas impuras

En 1877 se había instalado una confitería en el cenador del lago del Paseo Sobremonte. Un periódico abría la polémica en torno a la estética perdida y al uso del lago como baño y vertedero de desperdicios.

Por Víctor Ramés
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Glorieta, templete, isleta, cenador. Al centro del entonces lago Sobremonte se hallaba aquella construcción donde por épocas se comió, se bebió y se bailó, y que acompañó buena parte de la vida cordobesa, hasta que el lago se trocó por una fuente ya en el siglo veinte. El jocoso secretario del Marqués de Sobremonte, don Cristóbal de Aguilar, había dedicado en 1801 unos versos al lago rodeado de arboleda del Paseo público: “El fértil sauce ha crecido / con simétrico primor, / y ciñendo al cenador / su verdor y gallardía, / dan a este sitio, en el día, / hermosura y esplendor”. Y más adelante agrega: “Yo quisiera/ que algún diestro dibujante/ en un plano nos pusiera/ las quatro vistas del quadro,/ el estanque, la arboleda,/ el gran Templete en el medio,/ sus quatro grandiosas Puertas/ de correcta arquitectura,/ y su magnífica cerca”.
No siempre fueron poemas lo que las voces le depararon al templete, y en 1877 el diario El Progreso insistía en señalar que, al haberse instalado una confitería en el centro del lago, se había desplegado allí lo que no describe, sino que califica como un “ramadón”, especie de cobertizo que a su juicio afeaba este ícono arquitectónico urbano, y que posiblemente sirviese para cubrir el espacio circular en torno a la glorieta. No sólo se trataba, sin embargo, la queja del Progreso de una cuestión estética sino también higiénica, como dejaba en claro la publicación.
Tal vez el periódico no estuviese solo en su campaña, o acaso trataba de sumar adeptos, por lo que se puede leer el 24 de noviembre de ese año:
“Varios señores municipales se preparan para hacer moción en la primera sesión del C.D. con el objeto de que se saque en el acto el ramadón que se ha puesto en el senador del paseo Sobremonte.
No se trata ya solamente de la desperfección que ese pegote trae al hermoso paseo Sobremonte, sino de las aguas del lago que llenándose de inmundicias y de toda clase de suciedades, quedan inutilizadas para el servicio del público.
Alguien dice cuando los ojos no ven el corazón no siente.
Pero aun cuando no se vea lo que se hace en el paseo a causa de la confitería en el senador, se adivina, se sospecha y hasta puede probarse.
Sea de ello lo que fuere ¿quién se serviría ahora con confianza de las aguas del lago?”
Al día siguiente, el diario anunciaba la realización de una carrera de regatas en el lago, y no dejaba pasar la ocasión de referirse, con nuevas analogías, al aspecto que presentaba en aquel momento el cenador:
“Muy bien, muy bien; que vengan las regatas, para poder ver la carrera y gozar del espectáculo, es preciso que para ese día haya desaparecido el famoso ramadón, aquella toldería, esa plumería ambulante, esa verruga que desperfecciona el hermoso edificio del lago Sobremonte, y que es causa de la descomposición de sus aguas.”
El concesionario de la confitería no se habría quedado de brazos cruzados, dirigiéndose a otras publicaciones para ejercer una contra presión, de breve pero tal vez efectivo alcance en la ciudad chica. El Progreso se apresuraba a descalificar a dichas publicaciones, mientras reafirmaba su opinión, el 29 de noviembre:
“El empresario del paseo Sobremonte a quien no conocemos, se ha permitido llevar a las hojas sueltas y pasquines su contingente de insultos contra la prensa que ha denunciado que dentro de poco el público no podrá usar las aguas del lago, a causa de la corrupción, por las inmundicias que se arrojan de la confitería que se ha puesto en el ramadón del senador.
Por lo que hace a nosotros, pierde su tiempo el tal empresario, con sus insultos, al contrario, ellos son una prueba más de que es cierto lo que hemos denunciado, pues de lo contrario se habría contraído a desmentir el hecho y probar lo contrario en vez de insultar.
Más arriba de los intereses de un empresario que pone un boliche de confitería, esta la salubridad de un pueblo entero, y la municipalidad no puede, no debe tolerar un día más, que se cometa el abuso de arrojar inmundicias al lago cuyas aguas bebe la mayor parte de la población.
(…)
El que quiera, puede cerrar los ojos y aun apretarse las narices para beber el agua del paseo, pero no podrá nadie decir que esa agua está pura y que no tiene mezcla de toda clase de sustancias.
En nombre del público y de la higiene, seguiremos pidiendo que se quite esa confitería del paseo por más que haya estómagos fuertes que desde que saben lo que sucede, hagan uso de las aguas del lago Sobremonte.”
Un tercero en discordia hizo su aparición en la polémica: el Eco de Córdoba, eterno adversario del Progreso. Como se puede deducir de la lectura de este último la primera semana de diciembre, El Eco se había metido a defensor de la confitería, y al mismo tiempo acusaba a su rival periodístico de que su campaña contra el local instalado en el cenador del Paseo apuntaba a dejar a las mujeres -“el bello sexo” en el lenguaje dominante de la época- sin diversión en un espacio público tan importante como el que se extendía en torno al lago. El Progreso respondía como sigue:
“¿Con que no queremos que el bello sexo se divierta porque decimos que las aguas del paseo están mezcladas e impuras?
¡Estamos frescos!
Pues señor, creíamos que el atacar el abuso que se comete en el paseo Sobremonte no tiene nada que ver con la distracción del bello sexo.
En cuanto a insultar al bello sexo, porque atacamos la confitería de la isleta del centro, ¡esto es sublime! Cualquiera diría que insulta más al bello sexo el que piensa que sin confitería no hay ya diversión para él.
(…) Para divertirse el bello sexo, queridísimo colega, no necesita de la confitería del lago, ¡ni siquiera la habrá caído en cuenta! (…) ¡Pobre bello sexo de Córdoba! Si quiebra Bonaparte y desaparece la confitería del lago, se acabó para siempre la distracción del bello sexo, según nuestro muy estimable y querido colega del Eco.
¡Mientras tanto, las aguas del paseo no son ya lo que fueron! ¡Que las tome el que tenga un estómago a prueba de cien vómitos de emético!”



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