La actitud perdida

Para quienes pensábamos que la veta del rock ya no tenía nada sorprendente que ofrecernos, el festival GRL PWR, que se realizó la semana pasada en Córdoba, demostró que hay una reanimación posible y que, si ocurre, seguramente será impulsada por los reclamos de las mujeres.



Por J.C. Maraddón
[email protected]

Hace unos seis años, se materializaba el proyecto que venían desarrollando desde mucho tiempo atrás unos nerds con base en la ciudad de Berlín, quienes se habían propuesto lanzar la primera banda de rock compuesta exclusivamente por robots. El insólito grupo, que hasta llegó a publicar un disco en 2017, se llama Compressorhead, y un video tomado durante un ensayo está disponible en YouTube, donde ha recogido millones de reproducciones. Es asombroso (y revelador) cómo estas máquinas de aspecto humano actúan los yeites de los músicos rockeros, que incluyen sacudir la cabeza al ritmo de la canción que están interpretando.
Además de poner en evidencia los prodigios de la ciencia, lo que consigue Compressorhead es que se devele hasta qué punto se han estandarizado esas conductas que en su momento fueron consideradas rebeldes, para luego caer a la categoría de caricatura. Que las estrellas del rocanrol puedan ser parodiadas por un cuarteto de robots, es el resultado de un proceso de industrialización que tomó como materia prima al género surgido de la mezcla entre rhythm& blues y country & western. En algo más de seis décadas, se ha logrado producir en serie aquello que antes era un fenómeno extraordinario.
Tal vez esa sea la explicación para ese sentimiento de hastío y revivalismo que predomina por estos días dentro de un estilo musical que hace rato muestra síntomas de un agotamiento fatal. La mera repetición de fórmulas que alguna vez fueron exitosas, caracteriza el panorama actual de ese movimiento que se recluye para contentarse con el recuerdo de glorias pasadas, mientras cobija con entusiasmo a los nuevos exponentes que se atengan a lo que se espera de ellos, sin desviarse un milímetro del camino que ya llevó a otros al estrellato y que ahora los conduce a un previsible y poco honroso reconocimiento.
De esta manera, el aullido que puso en alerta a la sociedad a mediados del siglo pasado, se ha convertido en un inocuo ronroneo que apenas si provoca la caricia de los medios de comunicación, donde las peripecias de los ídolos son seguidas como si fueran las trapisondas de los dioses olímpicos. Los ya ancianos pioneros están acompañados en su trono por las sucesivas camadas de artistas que han tomado la postade su cruzada, bajo la premisa de no cambiar las reglas de juego, para que todo siga su curso y las ganancias se sigan multiplicando, aunque la furia de los inicios pase a ser un bien escaso.
Para quienes pensábamos que la veta del rock ya no tenía nada sorprendente que ofrecernos, el festival GRL PWR, que se realizó la semana pasada en Córdoba, a lo largo de dos jornadas, demostró que hay una reanimación posible y que, si ocurre, seguramente será impulsada por los reclamos de las mujeres. Esa actitud que los rockeros parecen haber resignado de forma definitiva, es asumida por las chicas con una enjundia que hacía muchísimo no se veía sobre los escenarios. Y en ese mismo acto, demuestran cuán vetusta ha quedado la estructura del negocio que se monta alrededor del rocanrol.
Por supuesto, las reivindicaciones de género ocupan un espacio preponderante tanto en el concepto del festival como en las expresiones artísticas que allí se conjugan. Pero, como efecto colateral de la iniciativa, bien vale rescatar todo lo que esta vitalidad femenina puede aportar a un movimiento cultural quemanifiesta un patético esclerosamiento. Además de denunciar un estado de cosas que deben cambiar, las mujeres que participaron en el festival GRL PWR asumen un rol protagónico en la batalla contra ese un futuro próximo en que los héroes del rock puedan ser robotizados.



Dejar respuesta