Más allá del baile

En el festival de Coachella, uno de los eventos musicales de mayor repercusión en el calendario de los Estados Unidos, gozaron de una recepción sobresaliente artistas que cantan en español y que sitúan a la canción latina dentro de otros estándares, como la española Rosalía y la chilena Mon Laferte.



Por J.C. Maraddón
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Hace apenas cuatro años, la canción “Ginza” del rapero colombiano J Balvin marcaba un antes y un después en la legitimación de la música latina dentro del mercado estadounidense, como parte de un fenómeno que ha dominado casi toda de esta década que ya se encuentra transitando sus últimos meses. Sin duda, cuando se evalúe lo sucedido en este segundo decenio del siglo veintiuno dentro del universo sonoro, ocupará un renglón trascendente la irrupción global de figuras que cantan en español, quienes han ido más allá del exotismo de su propuesta para directamente copar los charts que hasta no hace mucho tiempo eran monopolizados por voces angloparlantes.
Sobre todo, esta fiebre latina se canalizó a través de canciones bailables, dentro de una tendencia que fue creciendo hasta desembocar en el “Despacito” de Luis Fonsi, cuya figuración en las listas de ventas de 2017 hizo estallar los sismógrafos. Faltaba un hit de ese calibre para coronar el triunfo de una avanzada que, junto al pop coreano y a las distintas variantes actuales del hip hop, se ha contado entre los favoritos del público juvenil, en desmedro del ya vetusto reinado rockero y del imperio del pop tradicional, que ha sobrevivido gracias al esfuerzo individual de sus estrellas.
Más allá de las cualidades artísticas que puedan adjudicársele (o no) a los estilos hispanoamericanos que se pusieron de moda en todo el planeta, es innegable que la furia de este aluvión se llevó por delante la industria del entretenimiento y provocó una reacción en cadena. Así fue como artistas de origen anglosajon compartieron cartel con los nuevos astros, provinieran estos de Puerto Rico, Colombia, España o de cualquier otro país que tuviera al español como idioma oficial. Estas impensadas asociaciones se comportaron como el indicador de la popularidad que estaba alcanzando en el hemisferio norte este tipo de ritmos.
También los propios artistas latinos establecieron alianzas para ganarse la aprobación de la gente. Sobre todo, nombres ya establecidos como los de Shakira, Enrique Iglesias o Ricky Martin se prestaron a sumarse a esta novedosa ola, para abrirle el paso a quienes rápidamente se iban a convertir en referentes de un estado de situación mucho más actual. Las carreras de Maluma, Bad Bunny, Ozuna -por citar sólo algunos-, tomaron por esta vía un impulso arrollador, con videos que batían récords de reproducciones en YouTube y temas que causaban una verdadera conmoción en las pistas de baile.
Si faltaba algo para demostrar que esta situación no es algo pasajero, ahí está lo acontecido el viernes pasado en el festival de Coachella, uno de los eventos musicales de mayor repercusión en el calendario de los Estados Unidos. Como parte de una programación que se repetirá el próximo fin de semana, en uno de los escenarios montados en ese predio gozó de una recepción atronadora la cantante española Rosalía, que ya había sido objeto de veneración en la edición argentina del Lollapalooza. Con su cóctel de trap y flamenco, ella está conquistando un lugar privilegiado en el concierto de la música internacional.
Como invitado durante el set que presentó en Coachella, Rosalía contó con la presencia de J Balvin, un músico al que los estadounidenses conocen muy bien y que, desde aquel recordado “Ginza”, oficia como símbolo de un poder latino que dista mucho de decaer. Junto a la excelente performance de la chilena Mon Laferte en el mismo festival, el reconocimiento a Rosalía señala, también, el arranque de una nueva etapa dentro de este signo de los tiempos: implica un avance que, sin perder cierto aire fiestero, sitúa a la colonia artística hispanohablante en unos estándares de calidad que van más allá del baile.



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