Folklore que todavía emociona

En estos tiempos en que la música nativa añora una imprescindible renovación, se merece un subrayado la iniciativa que depositó el viernes pasado en El Vecindario a la primera edición de la Peña Federal del Pago Chico, con una grilla variopinta de artistas que se presentaron a sala llena.



Por J.C. Maraddón
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La situación geográfica mediterránea de la ciudad de Córdoba ha sido, a la vez, un privilegio y una condena para esta urbe que vio opacada su trascendencia económica e histórica en razón de la carencia de un puerto. Pero esa misma posición central en el territorio del país la llevó a cobijar una encrucijada de caminos que conducen a todos los puntos cardinales y que, necesariamente, deben atravesar la provincia. Desde los tiempos de la colonia, esta región ha sido de tránsito obligado para muchos viajeros, que llegado el caso decidieron asentarse a la vera del Suquía por razones de trabajo o de estudio.
En los años sesenta, la Universidad Nacional de Córdoba consolidó su prestigio como formadora de profesionales en las más diversas áreas de conocimiento. Y la expansión de la industria automotriz, a través del arribo de capitales extranjeros, empujó a la antigua aldea para que adoptara un perfil de metrópolis moderna. Esas dos puntas de lanza atrajeron a una enorme legión de inmigrantes, que arribaban desde otras provincias (y de países limítrofes), detrás del sueño de una carrera universitaria o de un puesto laboral en las líneas de montaje que, en aquel entonces, demandaban constantemente nuevos operarios.
Al amparo de esas condiciones tan favorables, la cultura cordobesa se nutrió de los aportes de estos agentes foráneos que se afincaron en los barrios de la ciudad y que trajeron en sus valijas todo el bagaje que habían recibido en su tierra natal. Gran parte de la riqueza expresiva que se vivencia en Córdoba tiene que ver no tanto con la cepa autóctona, sino más bien con la sumatoria de todas las capas aluvionales que han ido depositando quienes fijaron su residencia en este lugar y lo dotaron de una diversidad artística que lo distingue con respecto a otras zonas de la Argentina.
En la música (y más allá de manifestaciones tan peculiares como la del cuarteto), ha sido el folklore donde mejor se ha podido apreciar el colorido que caracteriza al panorama local, sobre todo por el afincamiento de artistas de los más variados orígenes. Músicos del noroeste, de Cuyo, del litoral, de la pampa y de los confines patagónicos, han encontrado aquí las perspectivas ideales para desarrollar sus carreras, cerca de los circuitos peñeros y de los festivales veraniegos que sirven como la mejor vidriera. Hasta las últimas grandes camadas de folkloristas, han encontrado en este suelo su plataforma de lanzamiento.
Por eso, en estos tiempos en que la música nativa añora una imprescindible renovación, bien se merece un subrayado la iniciativa que depositó el viernes pasado en El Vecindario a la primera edición de la Peña Federal del Pago Chico, con entradas a precios muy accesibles y una grilla variopinta de artistas que se presentaron a sala llena. El dúo Caballero-Aguilar con sus tonadas, el grupo Coquena con sus sones andinos y Fran Salido como representante de la inagotable estirpe santiagueña, fueron los responsables de insuflar optimismo a quienes todavía esperan que el folklore pueda ser conjugado en tiempo presente.
Con una mayoría de temas propios y un rescate de repertorios no tan transitados, los músicos desandaron un espectáculo que renueva la vigencia de la ciudad de Córdoba como un estratégico vértice del que aún es posible extraer gratas sorpresas. Porque las nuevas tecnologías nos regalan la sensación de que podemos abarcarlo todo y que estamos cada vez más cerca de aquello que alguna vez nos pareció lejano; pero no hay como la presencia real, en carne y hueso, para transmitir e intercambiar las emociones, que son el combustible esencial para los creadores. Y que también son lo más preciado que puede obtener el público.



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