El terror a malones o montoneras

Unviajero escocés que atraviesa en diligencia las Provincias Unidas en el año 1826 ve aproximarse con horror una polvareda, que tanto puede anunciar un malón de indios, como una no menos espantosa -para él- partida de montoneros.

Por Víctor Ramés
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Sir Francis Bond Head, viajero del Plata a Mendoza en 1826. Retrato de 1837.

Entre los numerosos viajeros de origen británico que surcaron el territorio argentino, algunos dejaron anotaciones valiosas, una vez publicadas, parauna vívida literatura del pasado argentino. Uno de esos viajeros fue el escocés Francis Bond Head, ingeniero en minas y autor de un libro cuyo título traducido es: “Borradores anotados durante algunos viajes rápidos a través de las Pampas y entre los Andes”. Ese libro conoció una entusiasta recepción al publicarse por primera vez en Inglaterra en 1826, y tuvo sucesivas ediciones. Sir Francis Bond Head llegaría a ser en 1835 Gobernador Teniente de Toronto, en Canadá. Cuando vino al Plata contaba 43 años y cruzó las grandes llanuras de las Pampas para dirigirse a inspeccionar las minas de oro de San Luis y después las de plata de Uspallata. Fueron sus apuntes sobre la figura y la vida de los indios y los gauchos de la pampa argentina los que fascinaron a los lectores ingleses.
Entre los episodios de esas travesías recogidas en su libro, se extrae un tenso encuentro con un contingente que al principio aparece en el horizonte de la llanura como una lejana humareda, luego se transforma en una polvareda cada vez más cercana, y genera el temor de indios que venían al asalto. La esperade los viajeros que atraviesan en diligencia la pampa húmedaen dirección al Este, se va tensando con creciente nerviosismo. El terror a los indios no era peor, en la mentalidad de Bond,a lo que había oído sobre los gauchos montoneros.
Es imprescindible contextualizar el hecho en la época en que se desarrollaba la guerra argentino-brasileña, que los brasileños llamaban Guerra da Cisplatina (nombre con que el Imperio de Brasil -recientemente independizado de Portugal- había anexadola Provincia Oriental). El conflicto armado entre las Provincias Unidas del Río de la Plata y el Imperio de Brasil por la posesión de los territorios de la actual República Oriental del Uruguay y parte del actual estado brasileño de Río Grande do Sul, se extendió desde 1825 hasta 1828.

Lo que sigue es el relato del episodio por Bond Head:
“Mientras me sentaba en el asiento lateral del carruaje, reflexionando sobre las crueldades cometidas en un país que, a pesar de su historia, era realmente salvaje y hermoso, y que poseía un aire de libertad sin restricciones que siempre infunde alegría, noté que el carruaje iba al paso, cosa que nunca me había sucedido en Sudamérica, y, un momento después, paró. «Vea, señor -dijo Pizarro, con semblante duro, cuando se dio vuelta para hablarme-, ¡qué tanta gente!», y apuntaba adelante con su mano derecha, y vi que lo que antes me pareció humo era polvareda, y vi confusamente multitud de jinetes en una especie de arreo militar salvaje; y en ambos flancos, a gran distancia, hombres aislados que, evidentemente, vigilaban para evitar sorpresas. Nuestros caballos estaban aplastados; toda la masa venía hacia nosotros, y, para empeorar el asunto, Pizarro me dijo que creía que eran indios. «Señor -dijo con gran serenidad, y sin embargo, con una mirada de desesperación-, ¿tiene usted armas de fuego?» Le dije que ni una sola sobrante, pues solamente tenía una escopeta de dos tiros y un par de pistolas. «Aquí un sable, Pizarro», dije sacando la empuñadura de un sable por la ventanilla. «¡Qué sable! -replicó con ira; y levantando el brazo derecho arriba de la cabeza perpendicularmente, en una especie de desesperación, agregó-: contra tanta gente», pero mientras su brazo se mantenía en la posición descrita, dijo: «¡Vamos!» con tono de valiente resolución, y dando media vuelta a la mano, espoleó su caballo cansado, que inmediatamente avanzó al paso. El pobre Cruz, el otro peón, parecía ver todo el asunto bajo luz diferente; no decía palabra, pero cuando le eché una mirada, me percaté de que su caballo, lejos de tirar el carruaje, de cuando en cuando, se hacía un poco atrás, pintura exacta de los sentimientos del jinete. No pude menos de admirar un momento la figura de Pizarro, cuando le veía a veces clavar las espuelas en el costado del caballo que nos arrastraba a mí, al carruaje y a Cruz y su caballo; sin embargo, ahora empecé a pensar en mi situación.
Deseaba seriamente no haber venido nunca al país y pensaba cuán poco satisfactorio era ser torturado y matado por equivocación en querellas de otra gente; sin embargo, esto no sucedería. Miré la polvareda y, evidentemente, estaba mucho más cerca. En la desesperación saqué mi escopeta y pistolas cargadas, y, cuando las hube dispuesto, abrí una bolsita de lona que contenía todos los chismes de munición, pues escopeta y pistolas eran de pistón. Arreglé todo sobre el asiento que tenía por delante: polvorín, recortados, balas, cebas de cobre y tacos de estopa; pero el movimiento del carruaje los hacía bailar a todos juntos, y una o dos veces estuve a punto de echarlos bajo el asiento, pues era inútil resistir contra tanta gente; sin embargo, por otra parte, no había esperanzas de perdón, así, fui llevado finalmente a hacer lo mejor de un malísimo negocio.
El carruaje con cuatro ventanillas, una por costado, tenía persianas corredizas que se movían lateralmente. Por consiguiente, las cerré, dejando una rendija de dos pulgadas y luego me senté algunos segundos mirando la multitud que se venía encima.
Cuando estuvieron muy cerca, pues hasta entonces apenas podía distinguirlos por el polvo, vi que no tenían lanzas, y, además, iban vestidos; pero, como no tenían uniforme, supuse que eran montoneros, tan crueles como los indios; sin embargo, así que llegaron y algunos nos habían pasado, Pizarro se levantó y les habló. Era un cuerpo de setecientos gauchos, reclutados y enviados por los gobernadores de Córdoba y otras provincias a Buenos Aires para incorporarse al ejército contra los brasileños; y tenían escuchas a los flancos para evitar sorpresas de los indios que habían invadido el país pocas semanas antes.
Realmente fue un alivio; me agradó todo lo que vi, el resto del día y muchos días después sentía disfrutar un arriendo nuevo de mi vida.”



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