Apología del fracaso

Cuando se asiste al desfile de personajes que conforman la plantilla de la serie “After Life” (producción británica estrenada en marzo en la grilla de Netflix), es inevitable experimentar la sensación de que se está ante un catálogo de perdedores que carecen por completo de cualquier hermosura.



Por J.C. Maraddón
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Con el título de aquella novela de Leonard Cohen de 1966 denominada “Beautiful Losers” (Perdedores hermosos), se bautizó durante mucho tiempo a una categoría de personas que, perseguidas por las desgracias, la mala suerte o un destino siniestro, terminaban hundidas en el bajofondo de la sociedad. Su hermosura consistía, entonces, en la autenticidad de su decadencia, por otra parte imposible de disimular, que los tornaba dignos de misericordia y los sacaba de su monstruosa condición para dotarlos de un aura angélica. En un mundo competitivo, donde sólo los ganadores merecían vivir, reivindicar a los derrotados era una epopeya que sumaba puntos.
En esa cruzada se prendió el género literario llamado realismo sucio, que inmortalizó historias de ciudadanos sumidos en problemas que superaban en mucho su capacidad de resolución, y que por eso mismo se resignaban a que nunca conseguirían trepar por los peldaños del ascenso social que tanto ansiaban sus contemporáneos. Gente solitaria, sin trabajo, sin motivaciones, extraviada en pozos depresivos o en adicciones perversas, eran los protagonistas de esas crónicas de locura ordinaria, de las que Charles Bukowski fue uno de los relatores menos piadosos. Estos surfistas del fracaso eran un espejo en el que la humanidad debía mirarse para advertir que se había tocado fondo.
Aun en sus descarnadas descripciones, esta literatura causaba un efecto colateral insospechado: terminaba romantizando a esos personajes marginales, porque al compadecerse de su desdicha, desataba una empatía que hasta entonces nunca había existido. Frente al rechazo que antes suscitaban esas vidas muy poco ejemplares, el revisionismo de estos autores promovió (quizás sin quererlo) un rescate que dotó de sentido a ese martirio: su derrotero contrastaba con el discurso triunfalista de la meritocracia que se había impuesto en Occidente, a partir de un riguroso sistema basado en la metodología de administrar los premios y los castigos.
Los relatos de este tipo alimentaron la bohemia de los lectores que, con los argumentos que extraían de esos volúmenes, se oponían a sumarse a la maquinaria de producción, donde su aplicación al trabajo supuestamente sería recompensada con una existencia envidiable. Siempre cabía la posibilidad de mantenerse fuera de los radares de las estructuras de control, aunque el precio a pagar por esa osadía fuera la descalificación lisa y llana. Y estaban, por supuesto, los que en la carrera por el triunfo cometían un error garrafal, que más allá de su voluntad los condenaba a subsistir en inferioridad de condiciones.
Cuando se asiste al desfile de caracteres que conforman la plantilla de la serie “After Life”, es inevitable experimentar la sensación de que se está ante un catálogo de perdedores que carecen por completo de cualquier hermosura. Esta producción británica, estrenada en marzo en la grilla de Netflix, no nos ahorra depresiones ni desamparos explícitos, diseminados entre los habitantes de una comunidad pequeña, en una epidemia que no repara en clases sociales, profesiones ni grupos etarios. Y cuando tan terrible cuadro amaga con agobiarnos, el virtuoso guion de Ricky Gervais (quien también encarna el rol protagónico) nos saca del bajón y nos divierte con su tono de comedia negra.
Un cementerio, un geriátrico, el consultorio de un psicoanalista y la deprimente redacción de un periódico de pueblo que se especializa en reportar prodigios incomprobables, son los escenarios donde se ambienta la biografía de Tony, un viudo reciente que se aferra a su mascota como última esperanza para seguir en pie. Desde la torre de cinismo que él se construye para mirar todo lo que lo rodea, juzga a los demás con la crueldad del que ya no tiene nada que perder, porque le ha sido quitado lo único que realmente le importaba.
La ferocidad de los planteos que se enumeran en los cinco episodios iniciales de la primera temporada de “After Life”, generan en el espectador suficientes anticuerpos como para sobrellevar un último capítulo que no está a la altura de lo que venía prometiendo. Esa defección no consigue opacar el aterrador bestiario al que hemos sido expuestos, y en el que probablemente hayamos visto reflejadas a personas que conocemos y, por qué no, algunas de nuestras propias actitudes. Porque si fuéramos verdaderos winners, no estaríamos viendo ni comentando una serie de Netflix, sino disfrutando del sabor de la victoria.



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