Otras canciones

A diferencia de algunos astros resonantes de la música argentina (como Sandro o Palito Ortega) que coquetearon con el rock, el cantautor Alberto Cortez, quien falleció la semana pasada a los 79 años, se mantuvo siempre en sus trece y coronó su carrera sin desplazarse un ápice de su trayecto.



Por J.C. Maraddón
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La histórica separación entre la música culta y la música ligera, que planteaba hace un par de siglos la diferencia de las piezas más simples y populares con respecto a las formas complejas de composición, tuvo una insospechada continuidad a partir de finales de los años sesenta. El rock, que había nacido como un género liviano y masivo, empezó a complejizar la estructura de sus obras y asumió aspiraciones de reconocimiento en los círculos más elevados de la cultura, que reunían por aquel entonces a los melómanos que preferían los clásicos o que simpatizaban con las vertientes más audaces del jazz.
En la Argentina, el rock nació ya con la chapa de marginal y alternativo, lo que llevó a sus referentes y a su público a sentirse diferentes del resto, y a poner distancia con respecto a otros estilos musicales, a los que se etiquetaba como conservadores o comerciales. Que algunos de los músicos que intervinieron en las formaciones pioneras del rocanrol criollo fuesen sesionistas en las grabaciones de bandas beat armadas como un mero negocio, no impidió que a la entonces llamada “música progresiva” se le subieran los humos a la cabeza y empezara a discriminar sin ton ni son.
En el afán de forjar una identidad propia, el rock nacional tuvo la necesidad en su origen de distinguirse con respecto a la nueva ola impuesta por el Club del Clan. Y esa urgencia por no ser confundidos con los supuestos simuladores, los transformó en una elite que reclamaba un tratamiento privilegiado por parte de la crítica, basándose en la elaboración que tenían sus canciones y en el talento vocal, instrumental y compositivo de sus cracks. Los rockeros se reclamaban como consumidores de alta cultura y despreciaban a aquellos que se dejaban llevar por las tentaciones del éxito fácil.
Sin embargo, al rock también le llegó su momento de expansión después de la Guerra de Malvinas, cuando se produjo un boom que catapultó a sus exponentes a la idolatría y los acostumbró a llenar estadios y a vender cifras millonarias con sus discos. Esa plenitud puso a los rockeros a la par de las estrellas a las que tanto habían despreciado: los situó en la tapa de las revistas que antes eran consideradas “grasas” y los sentó en el living de los programas de televisión que supieron ser el foco de sus críticas. Sin embargo, no podían disimular el desprecio que sentían por las figuras a las que percibían como “de otro palo”.
Entre esos nombres rechazados por las huestes del rocanrol, ocupaba un importante sitial Alberto Cortez, el cantautor pampeano que se inició como intérprete folklórico, para luego amasar un extenso repertorio de temas melodiosos y entradores, que emocionaban a la gente común y sonaban con insistencia en la radio. Después de ser estigmatizado por el rock debido a su veta simplista, en 1998 fue rescatado por el grupo Attaque 77, que en su disco “Otras canciones” aportó una versión de “Callejero”, como parte de un álbum que se plegaba a la tendencia, entonces en boga, de reverenciar lo kitsch.
Sin embargo, a diferencia de otros astros resonantes de la música argentina (como Sandro o Palito Ortega) que coquetearon con el rock, Cortez, quien falleció la semana pasada a los 79 años, se mantuvo siempre en sus trece y coronó su carrera sin desplazarse un ápice de su trayecto. Entre otros exabruptos imperdonables para el paladar negro del rocanrol, Alberto Cortez reivindicó siempre su amistad personal y afinidad artística con el guatemalteco Ricardo Arjona, un trovador romántico que sólo es citado por los rockeros para mofarse de sus rimas.



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