Alerta macrista, pero todavía falta Córdoba

Por lo menos hasta el 11 de agosto, oportunidad que se celebrarán las PASO nacionales y las de la provincia de Buenos Aires, todas las elecciones provinciales programadas serán adversas a la Casa Rosada, con excepción de Jujuy y, con algo de suerte, la convulsionada San Luis.

Por Pablo Esteban Dávila

Las elecciones de Neuquén y Río Negro y la performance del kirchnerismo llevaron algo de tranquilidad política al gobierno nacional, pero cuesta encontrar algún motivo de regocijo en sus resultados. Es un hecho irrefutable que la fuerza política del presidente quedó muy lejos de la punta. En Río Negro, especialmente, su candidata ni siquiera arañó el 6% de los votos. Simplemente, la celebración consistió en comprobar que al kirchnerismo tampoco le alcanza para cantar victoria. Consuelo de pobres.
Mientras más se deteriora la imagen de Mauricio Macri más crece el temor entre sus operadores. Hasta hace poco, la posibilidad de que Cristina Fernández regresara al poder operaba como un eficaz cuco electoral. “Cualquiera menos ella”, repetían sin cesar las clases medias urbanas, aquellas que lo llevaron al gobierno. Pero ahora la estrategia del miedo parece no alcanzar.
Dejando de lado las encuestas que muestran un escenario preocupante en un eventual ballotage (el tiempo en el que Macri ganaba invariablemente en segunda vuelta ya ha pasado y son muchas las dudas que atormentan ahora al oficialismo), preocupa el hecho de que Cambiemos deba transitar, en los próximos meses, una suerte de desierto electoral que, en rigor, no le traerá más que insatisfacciones. Debe analizarse, en este sentido, lo que ocurrirá con Córdoba el próximo 12 de mayo.
Las elecciones mediterráneas se encuentran prácticamente definidas. Salvo que ocurra alguna catástrofe hoy inimaginable, Juan Schiaretti volverá a cantar victoria. Las especulaciones, por estas horas, sólo están centradas en la magnitud de la diferencia que obtendrá sobre sus seguidores y, un tema también interesante, cual será la segunda fuerza al final de la jornada.
Son dos cuestiones que impactarán en el corazón del macrismo y sobre las que deberá practicar alguna racionalización. Si esta se revela luego como capaz de convencer a alguien tanto mejor, pero, una cosa es segura, el desafío dialéctico de lograr una explicación digerible de la debacle será mayúsculo.
El triunfo del gobernador se descuenta desde hace rato y, en otros tiempos políticos, la Casa Rosada no hubiera visto con desagrado que tal cosa ocurriese. Schiaretti es un dirigente cercano a Macri y, por sobre todo, uno de los mejores exponentes del peronismo racional. Cada vez que el presidente le solicitó su apoyo en alguna cuestión de gobierno, el cordobés allí estuvo. No obstante, la coyuntura le ha quitado magnanimidad al oficialismo. Córdoba será un trago amargo, a despecho de las buenas relaciones que se han cultivado.
Es fácil imaginarse el porqué. Electoralmente, la provincia es más que toda la Patagonia junta y, allende los 20 años del peronismo en el poder, el distrito fue decisivo para que Macri ganara el ballotage en 2015. Además, y en esta etapa, la Casa Rosada necesita más que ayuda para garantizar la gobernabilidad, es convencer a sus propias bases de que la reelección presidencial es posible no obstante las dificultades de la macroeconomía. Ha pasado el momento en que daba lo mismo que Schiaretti ganara por el margen que fuese.
Esto remite al otro factor de desasosiego, esto es, la segunda fuerza. Cambiemos concurrirá dividido a las elecciones provinciales y, de hecho, el nombre ni siquiera estará presente en el cuarto oscuro. La coalición local vive una interna que se dilucidará en las generales. Y, aunque el propio presidente haya sostenido, un par de semanas atrás, que tanto Mario Negri como Ramón Mestre son parte de un mismo proyecto nacional, no debe inferirse que cualquiera de ellos le da lo mismo. Al menos para sus laderos, Negri es el bueno y Mestre el malo de la película.
Fácil es imaginarse las lecturas que se harían en el caso de que Schiaretti ganara por un margen considerable y que su escolta fuese el actual intendente de Córdoba bajo la advocación de la Lista 3. La derrota macrista luciría aun más indisimulable, toda vez que sería Mestre -y no Negri- el vencedor de la puja latente. Esto potenciaría la revuelta radical que, en forma más o menos intensa, se está gestando dentro de la entente.
Si esto resultase así, sería el propio partido del presidente, el PRO, el que pagaría las consecuencias más duras. Como se sabe, y a despecho de los deseos de sus principales dirigentes (que preferían a Mestre), el macrismo local fue forzado por Marcos Peña a apoyar la fórmula Negri – Baldassi y, como yapa, al indigerible Luis Juez. Si, como algunos estudios sugieren, el diputado nacional resultase tercero, la fuerza quedaría entrampada en la lógica de la derrota más pura, incapaz de procesar cualquier tipo de proyecto futuro excepto, claro está, la compleja campaña nacional que se avecina. Peor imposible.
Además, y por si fuera poco, también se duda de la homogeneidad partidaria. No sólo porque es lícito especular con un trabajo a media máquina por el éxito de Baldassi y por el de Juez, sino porque muchos de sus principales referentes vienen dando señales ambiguas. El intendente de Marcos Juárez, Pedro Dellarossa, ha dado a entender públicamente que Schiaretti será reelecto pese a que su candidato nominal es -o debería serlo- el postulante Negri, en tanto que Eduardo “Gato” Romero acaba de afirmar que trabaja muy cómodo con el gobernador y que, si él es reelecto como intendente de Villa Allende, continuará en esa misma línea. Ambos son PRO puro, productos insospechados de la alquimia electoral de la fuerza. Ahora, Macri parece no estar de moda.
Existe un último motivo de perturbación: en Córdoba, las huestes de Cristina brillarán por su ausencia. El cándido que pretenda votar por el Frente para la Victoria o por Unidad Ciudadana se llevará un chasco, y también lo hará el oficialismo nacional. Ningún funcionario podrá enarbolar, a modo de premio consuelo, la desarrapada bandera del retroceso kirchnerista. Aquí, los únicos que retrocederán serán los referentes del presidente, una auténtica imagen de la derrota.
Estas son postales deprimentes y la mala noticia es que se repetirán. Por lo menos hasta el 11 de agosto, oportunidad que se celebrarán las PASO nacionales y las de la provincia de Buenos Aires, todas las elecciones provinciales programadas serán adversas a la Casa Rosada, con excepción de Jujuy y, con algo de suerte, la convulsionada San Luis. Es un camino del Gólgota para Macri que, en lo sucesivo, no podrá fingir festejos por la mala racha de Cristina; la suya puede resultar peor que la de su antecesora.



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