Bajos instintos

La creciente sinonimia del poder con el territorio es inversamente proporcional a su identificación con el partido. Hasta mediados de los años ’90 era relativamente inconcebible que los intendentes pudieran decidir sus futuros políticos con independencia de los lineamientos aprobados en los comités centrales o en las juntas de gobierno.

Por Pablo Esteban Dávila

El próximo domingo, más de cien localidades cordobesas elegirán sus autoridades. La mayoría de ellas están gobernados por el radicalismo. Algunas son decididamente mestristas. Es inocultable que han decidido desacoplar sus elecciones para evitar lo que, imaginan, será el efecto arrastre que producirá la candidatura del gobernador Juan Schiaretti el venidero 12 de mayo.

¿Traición? ¿Furia del presidente radical, el también candidato Ramón Mestre? Nadie piensa tal cosa. En definitiva, sus intendentes sólo tratan de sobrevivir en un entorno que anticipan hostil. Obedecen al más primario de los instintos, el de la supervivencia, aunque por esto deban renunciar a otro, también propio de la naturaleza humana, como lo es el de la solidaridad dentro de la tribu de pertenencia.

El recurso a los bajos instintos no es una decisión moralmente objetable. En política, el territorio es poder. Y, en Córdoba, con su estructura municipal tan extendida y jurídicamente autonómica, el poder es algo bien tangible, con presupuestos públicos y votos propios, aunque estos se cuenten sólo por centenares.



La creciente sinonimia del poder con el territorio es inversamente proporcional a su identificación con el partido. Hasta mediados de los años ’90 era relativamente inconcebible que los intendentes pudieran decidir sus futuros políticos con independencia de los lineamientos aprobados en los comités centrales o en las juntas de gobierno. El partido garantizaba recursos, oradores e ideales bajo los cuales batirse en los compromisos electorales locales. Además, no se imaginaba que los intendentes planificasen su futuro ignorando la gran estrategia diseñada por sus líderes provinciales. Los extremos de las boletas, tanto los locales como los generales, debían traccionarse mutuamente.

Pero esto cambió dramáticamente con la reconfiguración de la política observada a partir de 2001 y, también, con el talante postmoderno que predomina en el discurso social. La respuesta estructural al grito del “que se vayan todos” fue el aferrarse a lo conocido, a lo inmediato, de modo tal que conservar una tabla de salvación de proximidad en medio del naufragio de la clase dirigencial en su conjunto. Al mismo tiempo, la relativización de los conceptos de jerarquía, excelencia o autoridad (tan propios en la política clásica) permitieron a los líderes comarcales contar con una hendija de legitimidad para galvanizar sus proyectos personales sin necesidad de probar su valía extraterritorial.

A partir de estas bases, el dicho “pinta tu aldea y pintarás el mundo” se transformó, virtualmente, en la justificación kitsch de los líderes comunales para independizarse de los dictados generales de sus propios partidos, especialmente cuando estos tallan en la oposición. Pero, y aunque pueda sonar muy romántico, el concepto favorece a las tendencias conservadoras: si no hay masa crítica en quienes desafían a los que detentan el poder, lo más probable es que todo continúe como está. Salvarse solo es realismo en estado puro (algo que de ninguna manera es censurable en términos políticos), pero no es un programa homologable a las grandes causas.

Esta limitación es más visible en el radicalismo por la sencilla razón de que muchos son sus intendentes, pero no es exclusiva de esta fuerza. Por ejemplo, el lord mayor de Marcos Juárez -“la cuna del cambio” según la teodicea macrista- acaba de alabar abiertamente al gobernador Schiaretti. El pasado viernes, en su discurso por la inauguración del tramo oeste de la avenida de Circunvalación de aquella ciudad, Pedro Dellarossa le agradeció por haber cumplido con su palabra de terminar una obra que prometió en campaña, asegurándole que “usted es un potencial gobernador por cuatro años más y es un referente político de la República Argentina”. Bellas palabras, especialmente viniendo de un opositor. Marcos Peña debe estar agarrándose la cabeza.

Aunque pueda tener razón y pensar efectivamente tal cosa, Dellarossa no debería reclamar un premio por su sinceridad. Se supone que, en plena campaña, para un hombre del PRO no debería haber nada mejor que la dupla Mario Negri – Héctor “la Coneja” Baldassi, que buenas dificultades ha dado imponerla. El hecho de que esta sencilla pero inapelable máxima política no funcione como se espera es un síntoma de hasta donde el sistema de partidos se ha transformado en un columpio inestable, generador más de vértigos que de certezas. Otros buenos ejemplos de este desconcierto ideológico los constituyen el intendente de Carlos Paz, Esteban Avilés, y el de Mendiolaza, Daniel Salibi, ambos de origen radical pero líberos irredentos en sus derivas electorales.

El más perjudicado por esta situación es, como fácil resulta advertir, Ramón Mestre. El intendente de Córdoba ha cimentado su ascendencia sobre el radicalismo privilegiando a sus colegas del interior como los auténticos triunfadores del radicalismo profundo, aquel que no se ha doblegado frente a los reiterados reveses del partido. Su candidatura, decidida aun en contra de los deseos de la conducción nacional de Cambiemos, fue aplaudida como un gesto de dignidad política de muchos de los que el próximo domingo intentarán retener su poder a expensas de lo que le suceda a su líder en las elecciones provinciales. No deja de ser un acontecimiento frustrante y, para la moral de un buen padre de familia, una conducta un tanto cínica.

No obstante, son las nuevas reglas de la política. A ningún cacique radical le preocupa en demasía una potencial sanción. Territorio mata partido. Siempre es posible reconvertirse en el jefe de una fuerza vecinalista creada al efecto, sin las molestias de los viajes de la Capital o las monsergas de los que aspiran a desalojar al peronismo del Centro Cívico. Como los líderes provinciales comprenden perfectamente esta limitante, semejante autonomía de criterios es tolerada mediante justificaciones relativas a las realidades locales, lo telúrico o el respeto a la voluntad de los vecinos, coartadas que disimulan elegantemente la falta de herramientas prácticas para obligar a los librepensadores de tierra adentro a aceptar las grandes directrices de sus órganos partidarios. En este turno electoral, los bajos instintos territoriales le han vuelto a ganar la batalla a las grandes aspiraciones políticas.



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