Piruetas de este siglo

Mediante el recurso del anacronismo, la versión de “Dumbo” que dirige Tim Burton, ambientada hace exactamente cien años, actualiza la historia del filme original al trazar una implacable línea divisoria entre las personas que empatizan con los animales y las que no trepidan en castigarlos.

Por J.C. Maraddón
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“El oso” es una de las canciones emblema del rock nacional, que durante décadas se mostró imbatible en los fogones donde hubiera una guitarra y muchas ganas de cantar una que supieran todos. Patentada por Moris en la segunda mitad de los años sesenta, supo encarnar el ansia de libertad que incubaban los jóvenes de todo el mundo; y con más razón, la juventud argentina, especialmente sojuzgada por la dictadura de Juan Carlos Onganía, que consideraba al pelo largo de los hippies como un atentado contra la moral y las buenas costumbres, merecedor de la cárcel como reprimenda ejemplar.
La composición de Moris, escrita a manera de fábula, habla de un oso que vivía “muy contento” en su hábitat natural, donde disfrutaba de la vida salvaje y donde sus días transcurrían de manera idílica. Hasta que un día llegaba “el hombre con sus jaulas” y se lo llevaba a la ciudad, para explotarlo como un número circense. Ante su desesperación por esa nueva e insoportable rutina, un tigre viejo le recomienda que se conforme, porque allí “nunca el techo y la comida han de faltar”. Y le explica: “Sólo exigen que hagamos las piruetas; y a los chicos podamos alegrar”.
Pero el oso quiere volver a ser libre y no se detiene hasta encontrar la oportunidad de escapar. “En un pueblito alejado, alguien no cerró el candado”, nos canta Moris, para cerrar su relato con el animal devuelto a su entorno primitivo. “Estoy viejo pero las tardes son mías”, alega uno de los últimos versos de la canción, que en todo su transcurso juega con el ejercicio de hablar de un supuesto oso, aunque en realidad todo lo que se dice es aplicable a la existencia humana, a los seres domesticados que sueñan con liberarse pero nunca lo consiguen.
Hace cincuenta años, cuando Moris grababa “El oso” y lo incluia en su primer álbum, los circos todavía recorrían el país en sus carromatos, estableciéndose en los baldíos y en los espacios verdes de las ciudades y los pueblos. Y los animales amaestrados conformaban uno de los principales ganchos de este antiquísimo entretenimiento, que sobre todo concitaba la atención del público infantil. Los látigos eran el instrumento que, en manos de los domadores, lograba que las fieras hicieran lo que se les pedía. Y el resto (monos, caballos, perros) era sometido a un riguroso entrenamiento hasta que aprendiera a realizar sus piruetas.
Para entender hoy la pieza de Moris, hay que remontarse a aquellos años en que el maltrato animal estaba socialmente aceptado. Y eso es lo que hace Disney, a través de Tim Burton, para que la historia de “Dumbo”, cuya versión original data de 1941, recobre sentido. Mediante el recurso del anacronismo, la película que se ambienta hace exactamente un siglo, traza una implacable línea divisoria entre las personas que empatizan con los animales y las que no trepidan en castigarlos con tal de alcanzar sus fines. Y en ese punto es donde se produce la manipulación temporal, porque en 1919 no se conocía aún lo que hoy denominamos especismo, esa doctrina que se resiste a considerarnos superiores al resto de las especies.
Según dictan las reglas no escritas que guían la elaboración de un largometraje taquillero, no podían ser sino los niños quienes se embanderen con la causa más noble, que consiste en este caso en defender al inocente elefantito, de las agresiones que recibe de sus cuidadores, del dueño del circo y, finalmente, de un empresario inescrupuloso que monta un parque de entretenimiento a costa suya. Gracias a este detalle, que justifica la utilización de la marca Disney, comprendemos que se trata de un filme infantil, y no otra de las fantasías descabelladas que alguna vez supo aportar Tim Burton.
La historia del antiguo filme de animación se centraba en la crueldad con que un pequeño elefante era separado de su madre, y cómo sus orejotas, que al principio eran objeto de burla, le permitían luego emprender vuelo y erigirse en una atracción descomunal. Pero no había allí un cuestionamiento explícito al empleo de animales dentro del show circense, como sí lo manifiesta la producción recientemente estrenada, que busca así ponerse a tono con los tiempos que corren. Es esa actualización, y no tanto la inclusión de personajes de carne y hueso, la que nos indica que estamos ante una película del siglo veintiuno.